España sólo logra buenas palabras de Europa

Debió sentirse como Grecia la ministra Bibiana Aído cuando constató que lo máximo que Europa quiere hacer por la igualdad y contra el maltrato es dar su “respaldo político” a las ideas con las que España quería dejar huella en este semestre de presidencia de Unión Europea. Como Grecia, que cuanto más apoyo moral recibe de los miembros de su club, más lejos ve la posibilidad de financiar su deuda pública sin recurrir al Fondo Monetario Internacional.

Ni habrá euroorden para perseguir a los maltratadores, ni se creará el publicitado observatorio europeo contra la violencia de género. Adiós a una de las medidas estrella de la presidencia española. Los Veintisiete valoran y respaldan las políticas españolas antimaltrato, pero de ahí a remangarse y adoptar un criterio común sobre un problema común, que permita un diagnóstico común y soluciones comunes…

Una vez más, esta Europa (el problema va más allá de la ineficaz presidencia española) decepciona a los que la conciben como un espacio en el que igualarse por arriba a los demás países, un lugar en el que crecer en libertades y derechos de ciudadanía.

Las políticas de igualdad son las últimas víctimas de una máquina que sólo parece funcionar engrasada para alimentar el libre flujo de capitales. Demasiado dispuesta a recortar derechos y libertades de las personas (endurecimiento de las condiciones para la inmigración, intento de invadir la intimidad de los internautas que descargan, incremento de trabas a la circulación de personas justificado en la lucha antiterrorista…) y escasamente comprometida con la instauración de políticas comunes de las que provocan orgullo ciudadano.