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Mourinho, el teatro y los Ultra Sur

El entrenador del Real Madrid, José Mourinho, pronunció ayer en la rueda de prensa posterior al partido contra el Osasuna la siguiente frase: "Quiero agradecer a los pocos que estaban detrás de portería, porque si no fuera por ellos yo pensaba que el campo estaba vacío". Esos "pocos" a los que se refiere Mourinho son ni más ni menos que los Ultra Sur, ese grupo de delincuentes que aún campa a sus anchas (con zona propia delimitada por vallas de cristal) por el Bernabéu. Esos que ayer coreaban "Euskal presoak, cámara de gas", entre otras lindezas.

A Mourinho le molesta que el estadio del Madrid se parezca más a un teatro que a un campo de fútbol. Tiene sentido si tenemos en cuenta que el portugués viene de disfrutar con las aficiones inglesa e italiana, mucho más pasionales que la que visita cada domingo Chamartín. No le quito la razón al entrenador blanco, pero con sus palabras rinde pleitesía a esos "pocos" (que no son tan "pocos") y suma otra más a su lista de declaraciones y actos desafortunados.

Lo triste del asunto es que Mourinho no es el único ni será el último en venderse a quienes domingo tras domingo enarbolan banderas preconstitucionales, símbolos nazis y rompen el silencio del Bernabéu con cánticos amenazantes que rozan lo delictivo. Cannavaro les dedicaba un saludo fascista antes de cada partido. Otros jugadores como Van Nistelrooy, antes de irse del club, han pasado por su zona para despedirse, como quien pasa por caja.

Son los ultras, esa lacra que sufren muchos equipos en diversos lugares del mundo. En Madrid representan a la extrema derecha más violenta y cavernícola, y cuentan con el beneplácito de los clubes que les acogen y les permiten hacer cuánto desean. En otros lugares del país cambia la ideología pero no su carácter violento y mafioso.

La suerte que tenemos en España es la que no tienen, por ejemplo, en Argentina, donde las amenazas se cumplen porque allí la situación ha llegado hasta el límite. Las llamadas 'barras bravas' son grupos organizados y mafiosos que chantajean a jugadores, directivos y presidentes para no perder su posición de privilegio. Se usa el fútbol y la pasión por los colores para obtener poder y los que mandan en este deporte les abren la puerta como ha hecho Mourinho. El problema es que una vez abierta, son ellos los que te ponen el pie y no te dejan cerrarla.