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La victoria de un 'Público' vencido

De todas las enseñanzas que nos deja el fútbol, esa metáfora de la vida contada con un balón de por medio, me quedo con la épica de la derrota. Me agarro a esta idea para encontrar consuelo al cierre de la edición en papel de Público. En mi desconsuelo pienso que este periódico recién clausurado es al periodismo lo que la Hungría del 54, la Alemania del 74 o el Brasil del 82 al fútbol.

Cito a los tres perdedores más famosos y reconocidos de la historia de los Mundiales, tres selecciones que hicieron bella la derrota, que forjaron su memoria en el dolor, pero a los que el paso del tiempo acabó otorgando el mejor de los títulos: la victoria sobre el olvido.

Inolvidable es la selección húngara que perdió la final del Mundial de 1954. Fue un equipo que alcanzó la excelencia. Puskas, Czibor, Kocsis, Bozsik, Hidegkuti... Jugadores que reiventaron el fútbol con el llamado "cuadrado mágico", ese 4-2-4 que desarmaba a los rivales, y cuyo juego veloz y exquisito embelesaba al espectador. La mala suerte, los postes y el carácter de una Alemania tocada por una varita mágica arrebataron a Hungría el título una tarde aciaga en Berna. Y aunque ahora el trofeo de 1954 acumule polvo en la sede de la federación alemana, la admiración, el recuerdo y la gloria pertenecen a los húngaros.

Casi veinte años después, en un país sin apenas tradición futbolística hasta entonces, surgió otro puñado de jugadores que revolucionaron el fútbol. La Naranja Mecánica, el fútbol total, la Holanda de Cruyff, Neeskens, Rep, Krol. Unos visionarios que transformaron el concepto del juego con una incensante permuta de posiciones, donde todos jugaban de todo y que vencían por aplastamiento. Perdieron dos finales del Mundial ante los respectivos anfitriones —Alemania y Argentina—, pero pudieron haberlas ganado: así es la vida.

El Brasil del Mundial del 82 practicó un fútbol exquisito, basado en el toque y la técnica. Otro grupo de jugadores excelsos dirigidos por Sócrates, el gran demócrata.  Agrupados en torno a los principios inquebrantables del jogo bonito, los Zico, Falcao, Toninho Cerezo, Junior o Eder creaban jugadas de una manera ingeniosa, atrevida y fluida. Deslumbraron incluso el día que perdieron ante una competitiva Italia en un partido memorable que nunca merecieron perder.

Público tiene mucho en común con estos tres equipazos: también vencerá al olvido.

Y todo ello —siguiendo con el símil futbolístico— jugando con siete jugadores mientras el resto jugaba con once.

La derrota nunca fue tan inmerecida.

Yo, al igual que Enric González, prefiero la victoria de los vencidos a la soberbia de los vencedores.