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Cuando la peste se curaba con pis, plumas y alcanfor

05 Feb 2015
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Imagina el ungüento: el olor de la orina, el tacto de las plumas, el espíritu del alcanfor…  ¡Ahora, úntatelo! ¿Notas mejoría?
El muerto asiente…El fantasma del armario no es un capítulo de Cuarto Milenio, ni el espectro de Rafaela Carrá, ¡ay, qué dolor!, ni Rajoy, son… las bolitas de alcanfor con cuyo oloroso espíritu se combatían la peste y el cólera. En su defecto, se podía beber  orina; dejar que te practicaran una sangría, la costumbre de sangrarnos para purgar los males es un clásico; invocar a Santa Rosa de Palermo o ponerte en manos de un exorcista.

Las curas prodigiosas son muy demodé, pasan y vuelven. Pero, la peste, el mal de males,  durante siglos sinónimo de muerte y horror, se lleva la palma en explicaciones y remedios  bizarros. El  Siglo XIX es rico en ejemplos:  varios brotes de peste y cólera volvieron a asolar Europa, matando a millones de personas y haciendo proliferar todo tipo de teorías, remedios y tratamientos. Este es un catálogo de las curas más sorprendentes, desde ingerir veneno de serpiente a tocarseun pezón mientras se salta a la conga.

 

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Beber pis, un clásico

Durante las plagas de peste, desde el medievo, curanderos y médicos recomendaban su ingesta como sanación y profilaxis. La orina podía beberse recién miccionada, calentita, o  dar un tiempo a que enfriase, también se aplicaba directamente en picaduras, heridas y masajes. Hoy, sigue vigente la orinoterapia, según la cual, las ‘aguas menores’ tienen un sinfín de propiedades beneficiosas para la salud. Sin discutir otras capacidades,  a la peste la ‘agüita amarilla’ la dejaba fría.

Apestados y apestosos

Posesiones demoniacas, castigos divinos, envenenamientos masivos, el aire contaminado por los temblores de tierra o por el paso de un cometa… Alineación de estrellas, la influencia de Marte, el evaporaciones del aire del fondo de la tierra, ventosidades del planeta. Expertos de distintos pelajes señalaban las causas y recetaban pócimas, sortilegios, conjuros, elixires, medicinas milagro… con o sin bata blanca, la sangría de muertos espantaba.
El miedo a la peste fue tan brutal, dejó tanta huella, que su presencia sigue siendo referencia de horror en el inconsciente colectivo Por peste, morimos en Venecia, vagamos por la Ciudad de Alegría en los tiempos del cólera, a lo Camus o a lo Ken Follet. La enfermedad negra, desatada y mortífera, sigue poniendo los pelos de punta.

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Aunque se llama así a un conjunto de males, la peste es el nombre propio de una enfermedad infectocontagiosa de las feas. Con una sintomatología similar de inicio: mucha fiebre, nauseas… mareos, tiene luego distintas evoluciones muy fáciles de reconocer: te hinchas, te salen tumores del tamaño de un huevo, por ejemplo en las axilas, toses sangre, te tiñes de negro azulado… Y ya te mueres. Fulminante en acabar contigo y expeditiva en el contagio masivo. Un primor.

Durante siglos se desconoció su causa, por lo que proliferaron todo tipo de interpretaciones en el diagnóstico y la curación. Castigo divino fue de las más extendidas, pero hubo otras. Antonio Carreras Panchón, catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Complutense, recoge algunas de ellas en su trabajo sobre los aspectos médicos de la peste negra. Junto a la peste, el cólera protagonizó las pandemias más mortíferas del siglo XIX.

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Para la peste y las canas

También podemos encontrar deliciosos ejemplos de estos remedios en el antiguo Epílogo de maravillos y experimentados antídotos contra la peste. A saber,  las píldoras de Wandamasen, que además de prevenir la peste evitaban las canas masculinas, de tal forma que si no llegaban a salvar de la muerte, dejaban un cadáver con lozana melena, ‘porque tú lo vales’ . Una enumeración de propiedades en la que cabía todo;  por algo eran  gloriosas, las pildoras, como las arias, las yemas de Santa Teresa o algunas revoluciones.

El veneno de serpiente, recién muerta, también se utilizaba como antídoto, y se oficiaban ceremonias a la luz de la luna para ahuyentar a los malos espíritus del aire. Se popularizaron los vapores aromatizados de ramilletes y especias que, si bien no curaban la peste, con el tiempo dieron lugar a los ambientadores.

Gloriosas, milagrosas, únicas, poderosíssimas, todo con con muchas eses.  Palos de ciego… Hasta que en 1894 el microbiologo suizo Yersin aisló un bacilo, Yersinia pestis, y demostró así  la relación entre la enfermedad humana y la de la rata. Comenzó una nueva era.

El descubrimiento no contó con un apoyo entregado de partida. No faltaban quienes denunciaban que ésta no era sino una estratégema política para cambiar la relación de poderes en el mundo, o una afrenta a Dios.

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Las figuras enmascaradas representan a los médicos y las medidas de protección que utilizaban para acercarse a los ‘apestados’. Los trajes son los precursos de los actules ‘uniformes de seguridad’ sanitaria. Su eficacia era baja, eso si, trasmitían una tranquilidad…

Las bolitas de alcanfor

Mención explícita merece el alcanfor. En verdad, tiene muchas propiedades médicas, según la wikipedia «posee acción rubefaciente, antipruriginosa, antiséptica y ligeramente analgésica…» pero carece de cualquier poder sobre la peste, negra o de cualquier otro color.  Sin embargo, se usó profusamente para purificar el aire y el cuerpo, untado o ingerido. Los médicos lo recetaban y los sanadores prepararan elixires con las hojas del alcanforero, árbol al que se atribuyen desde antiguo amplios poderes. Pero, la peste le quedaba grande.

A pesar de su nulo efecto y su toxicidad a dosis altas, el alcanfor no fue de los peores remedios. Cómo siempre en estos casos,se habló de envenamientos masivos, de rencillas políticas, de brujas…
Durante el brote de 1834, se produjo en Madrid la matanza de varios frailes acusados de envenenar las aguas , en un episodio que tuvo más que ver con el enfrentamiento entre carlistas y liberales que con la enfermedad en sí. ¡También había quien creía que el brote de 1865 en España fue un castigo divino por el reconocimiento de Italia! ¡¡ Garibaldi!!

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¡Huir como de la peste!

Junto a los remedios y sortilegios, a los sanadores y a los buhoneros, a las avances en higiene y a los preparados médicos fallidos, había otra técnica de lo más usada: la huida. Ahora hace cien años que Madrid se vació. Y Burgos. Como otras  grades ciudades de la España decimonónica. Peste y miedo son sosías. Muchos salían corriendo a un campo que se antojaba más libre de muerte. En las calles y carreteras, matasanos y santeros vendían sus pócimas.

El escritor Benito Pérez Galdós recoge estas epidemias en momentos de sus Episodios Nacionales y tiene, además, un breve relato titulado  Una industria que vive de la muerte; episodio musical del cólera, muy recomendable.

En uno de sus escritos, Galdós narra el encendido debate entre “las lumbreras de la ciencia sino también las medianías, y tras estas han venido también los charlatanes y curanderos. Sobre lo descubierto en las facultades: Gracián, con apariencia de no creer mucho en ellos (… )Eminencia médica o sabio, deformando un tanto sospechosamente la incidencia, llega a afirmar que el cólera es bueno (que) nos trae el incalculable beneficio de descargar a la humanidad de todos los individuos débiles y raquíticos y de los ancianos que después de un período epidémico, hay siempre una salud inmejorable y que nos trae el beneficio… de aligerar la población donde es excesiva y de favorecer su ulterior desarrollo con gran lozaní»

Para Juan José Fernández Sanz, profesor de la Universidad Complutense, y galdosiano,  «ningún otro  escritor ha realizado un tratamiento tan completo de la pandemia, en todos sus aspectos». ¿Cómo habría descrito Galdós el episodio hispano del ébola con sus ramificaciones, el de la hepatitis C y su tratamiento o la crisis de la Gripe A?

«Para que el cólera fuese un encanto no le faltaría más que añadir a estas ventajas (las señadas por Gracián) la de extender sus caracteres de selección al orden moral, expurgando a la humanidad de todo lo malo, hiriendo no sólo a los débiles y raquíticos, sino también a todos los perdidos, vagos, tramposos, a los conspiradores de oficio, a los adúlteros de ambos sexos y, en suma, a todos los que no sirven sino para estorbo. La experiencia, iayl, dice que no debemos esperar del microbio ningún acierto en la elección de sus víctimas ni en el orden moral ni en otro alguno” – Benito Pérez Galdós

 

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 Bálsamo de Fierabrás

“Una cura para todo es ese bálsamo”, relataba Don Quijote a Sancho. Porque la humanidad lleva vendiéndose curaciones prodigiosas lo mismo que sufriendo apocalipsis. De ser cierto, habríamos resucitado tantas veces como muerto aplastados bajo los cascos de los cuatro caballos. Quizás, sea así

En Medicinas prodigiosas, José Miguel Borja ha reunido una selección de anuncios de fármacos portentosos, publicados entre 1849 y 1928 en periódicos y revistas españolas. Una panorámica, entre hilarante y patética, de un mundo expuesto a todo tipo de productos y tratamientos imposibles. Especialmente en España, que seguía en su aislamiento secular de Europa. Junto a las enfermedades, abundaban los reclamos de belleza y las píldoras mágicas para adelgazar.

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Hace cien años la vida media en España no superaba los treinta años. No hace tanto,  conocimientos que hoy damos por supuestos brillaban por su ausencia. Durante el siglo XIX, no existían, ni existía la intención de tomarlas, determinadas medidas de higiene que hubieran salvado millones de vida, porque en verdad hasta casi hace cien años se ignoraba casi todo sobre los gérmenes.

Una ya antigua columna de Rosa Montero cuenta los ímprobos esfuerzo de Ignaz Semmelweis (1818-1865),  ginecólogo húngaro, para que su colegas aceptasen que el no desinfectarse después de tocar cadáveres era una vía de contagio de determinados males. Ignaz fue expulsado del colegio médico y llegó a ingresar en un psiquiátrico. Durante una salida del manicomio, en 1865, hundió un escalpelo en el cadáver de una parturienta ‘infectada’ y luego se hirió a sí mismo. Tres semanas después moría con los síntomas del cadáver… Las medidas de higiene que reclamaba aún tardarían cincuenta años en implantarse.

Cerrazón y estulticia no son exclusivas de buhoneros en curaciones ‘alternativas’. Charlatanes e ilusos hay por doquier.  Lo que cambia es el método.

Fuentes: Benito Pérez Galdós, Antonio Carreras Panchón,  el Epílogo de maravillos y experimentados antídotos contra la peste. el libro ilustrado Medicinas prodigiosas, Angoria

Pepa Ramos es periodista, documentalista y nieta de curandera, ¡a mucha honra!

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