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¿A qué se debe la extraña fijación de los dictadores con las pelis de Disney?

20 Jul 2015
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Jaime Noguera

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«Le voy a regalar al líder dieciocho películas de Mickey Mouse para navidad. Está muy ilusionado». Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda

Cuenta Sánchez Piñol en su libro Payasos y monstruos que cuando el ejército de Tanzania echó al caníbal ugandés Idi Amin del poder, bajo la cama del sangriento dictador se encontró una caja que contenía granadas de mano y películas de Disney. Así, Amín pasaba a formar parte de ese extraño club formado por dictadores admiradores de los animalitos parlanchines creados por el imperio Disney.  ¿Qué produce esta fascinación en un grupo de hombres capaz de cometer los crímenes más abyectos?

La opinión del psicólogo y politólogo Javier Gallego es que «los dictadores encuentran en Disney una zona de confort en la que regresar a atmósferas psicológicas relacionadas con la infancia, una zona en la que encuentran comodidad, calor maternal, y estímulos que inducen a la relajación».

Esto podría explicar quizás que muchos de ellos encontrasen su mejor refugio en el mundo mágico Disney y en sus personajes.

Franco y Cenicienta

Hasta el mundo del cómic estadounidense llegó el aparente interés de Francisco Franco por los personajes de Disney. En el número del 17 de mayo de 1939 de la biográfica Private Lives (1938-1943), el dibujante Jack Bliss realizó una breve retrato del futuro campeón del anticomunismo (así lo llegaría a calificar el presidente estadounidense Lyndon B. Johnson) en el que aparecía la siguiente información: «Puede mandar a centenares de personas al paredón, pero es un fan de las cintas de Mickey Mouse y dejará cualquier asunto de estado para ver una».

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Franco había ejercido como crítico en revistas militares antes de la guerra y lo haría como guionista (bajo el seudónimo Jaime de Andrade) cuando escribió Raza. Pese a su supuesta devoción hacia el ratoncito Mickey, no todo el monte era orégano y en 1938, había vetado un cortometraje de Disney: La historia del toro Ferdinando que mostraba la muy peculiar aventura de un lánguido bóvido que prefería tumbarse bajo un alcornoque y oler flores por el campo antes que lanzarse a pelear contra el capote de un torero. Se descubrió a la primera el vil contubernio pacifista judeomasónico y los censores pusieron fuera de la circulación este tierno cortometraje que se ha convertido son el paso del tiempo en símbolo para el colectivo anti taurino, para el pacifista y para la comunidad gay. A Hitler, por cierto, tampoco le había gustado, y la Alemania nazi lo censuró también.

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Walt Disney, que era otro feroz anticomunista, no le tuvo en cuenta el feo al Caudillo. El 26 de enero de 1952, en una de las frecuentes sesiones cinematográficas en El Pardo, se proyectó la película Cenicienta. En la tarjeta que venía con los rollos de celuloide venía escrito “Facilitada por deseo expreso de Walt Disney para ser proyectada a SS EE» para el visionado de su nieta María del Carmen, hija de los marqueses de Villaverde. Quedaba casi un año para la firma de los acuerdos con EEUU que sacarían del ostracismo diplomático a España, la Cenicienta europea, rechazada y despreciada por las naciones avanzadas, pero destinada a ocupar un trono moral como reserva espiritual de occidente.

Hitler y Blanca Nieves

Hitler era fan acérrimo de todo lo relacionado con los efectos especiales y las nuevas tecnologías, también del cine de animación siendo su película favorita Blanca Nieve y los siete enanitos a la que llegó a considerar “la mejor película jamás realizada”.

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Otra evidencia histórica que tenemos acerca de la fascinación de Hitler por la obra de Disney es que, entre los títulos de su filmoteca privada en Obersalzberg, se encontraban algunos cortometrajes de Mickey Mouse que, entre otros niños, visionaba fascinado el hijo del arquitecto y Ministro de Armamento Albert Speer mientras su padre trataba con el Führer sobre futuras rotondas y avenidas para Berlín.

En 2008, un funcionario noruego llamado William Hakvaag atribuyó al líder nacionalsocialista unas acuarelas que encontró en el archivo del museo que gestionaba. Aparecían firmadas por un tal A.H y mostraban a Pinocho y a alguno de los enanitos de Blancanieves. El tipo, quizás buscando sacarle una pasta interesante a su hallazgo, se mostró muy seguro de la autoría llegando a declarar: Hitler quería impresionar a su novia Eva Braun y decirle: Mira lo que también sé hacer.

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Mussolini y Pinocho

Francesco G. Manetti, en su artículo Fascismo, fumetto e cartoné animato, relata el encuentro entre el creador del fascismo y el creador del ratón Mickey. En 1935 el matrimonio Disney se pegó un viajecito por varios países Europa que les llevó a Venecia, en cuyo legendario festival había obtenido un premio su cortometraje El concierto. Luego se dirigieron a Roma, donde los Disney fueron agasajados por el Ministro de Propaganda Galeazzo Ciano.

Ya en Villa Torlonia (residencia del dictador italiano) tuvo lugar un encuentro del californiano (aunque algunos aseguran que Disney en realidad se llamaba José Guirao Zamora y que nació en Mojácar, Almería) con el mismo Benito Mussolini. Según recordaría en alguna entrevista posterior el hijo Romano Mussolini “el encuentro fue ·cordialísimo, hablaron de Mickey (que en Italia era Topolino), Minnie y de Donald” El Duce era también un fan de la película de Blancanieves, un film que vio varias veces, y solía cantarle a sus hijos la canción de Los Tres Cerditos.

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Años más tarde, Mussolini se mostró gratamente impresionado por un nuevo film de Disney, Fantasía (1940) y defraudado por otro (basado además en un libro del florentino Carlo Collodi) Pinocho. El dictador escribió dos cartas a Disney en los que criticaba el film, especialmente el aspecto del famoso niño de madera por poco italiano.

A) Ojos rubios (algo grotesco). B) Sombrero tirolés (soy aliado de Alemania, pero no tanto); una nariz que parece una salchicha de coktail.

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¿En serio? ¿Con una guerra mundial en ciernes y Mussolini analizando la curvatura semítica o no de Pinocho en una carta que iba dirigida a “Querido Rey Disney”?

Dice mi amigo el guionista y realizador César Sabater que Disney nos afecta a casi todos y los dictadores no iban a ser menos; porque a través de su fascinación hacia unos dibujitos supuestamente inocentes (que no lo son, no) vemos al dictador niño, casi de teta. Y es que por muy totalitarios y crueles que sean, todos tienen una pequeña brecha cerebral por donde entra Mickey Mouse sin llamar. Eso refleja su lado más humano y, curiosamente, más terrorífico. En lo de la brecha cerebral, le doy toda la razón.

Sadam Hussein y el Pato Donald

En 2003, el reportero Chris Hugues alucinó al encontrarse en una de las lujosas residencias del dictador iraquí una colección de ocho figuras de Mickey Mouse y el Pato Donald de dos metros y medio de altura. Muy probablemente se trataba de parte de la parafernalia decorativa de Entertainment City, el parque temático del emirato de Kuwait que las tropas de Sadam habían expoliado tras la invasión de 1990.

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Kim Jong-un y el ratón Mickey

En julio de 2012 los organizadores de un acto en honor del nuevo líder norcoreano, Kim Jong-un llenaron el escenario del acto de los personajes favoritos del clon de Psy. Unos actores vestidos con disfraces de Mickey y Minnie Mouse, Winnie the Pooh y Tigger que por sus hechuras habían sido comprados en algún rastro local, realizaron una danza monguer frente al ‘Comandante Brillante’ y sus generales gran para sorpresa del público del escenario y diarrea salvaje de los analistas de la CIA. No, al final será verdad lo que dice la la agencia de noticias norcoreana KNCA de que Kim «tiene un plan grandioso para provocar un giro dramático en la literatura y las artes». Un momento…quizás ahí esté el quid de la cuestión…en el drama.

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¿Supone el visionado de películas de Disney un ejercicio de búsqueda de la redención , aunque sea diferida? ¿Les proporciona momentos de catarsis, de evasión absoluta? ¿Intentan todos estos hombres duros, impíos y crueles conectar con su niño interior mediante el visionado de Bambi o La Sirenita?

Sobre la niñez de Hitler han corrido ríos de tinta: desde que sus abuelos eran hermanos a que el maltrato de su padre era tal que el pequeño Adolf sufría de pesadillas. El progenitor de Francisco Franco llamaba al futuro caudillo ‘Paquita’ y le propinaba unas palizas antológicas que al parecer le provocaron un serio complejo de Edipo. El padrastro de Sadam Hussein le odiaba, pegándole constantemente y de Kim Jong-un se cuenta que aprendió a conducir su propio Mercedes a la edad de siete años, y que a los catorce bebía botellas enteras de vodka.

Alberto González, uno de los autores del libro Dictadores en el Cine, opina : «Los dictadores necesitan por unos instantes volver al paraíso y redimirse. Se hacen proyectar películas de Walt Disney llenas de fábulas reconfortantes donde el malo es un malo de mentira, un malo de película. En ellos proyectan la suciedad de sus almas y se liberan. Vuelven al paraíso. Ellos no son malos. Cabe también la posibilidad de que no tengan conciencia y duerman perfectamente cada noche. Entonces surge el horror, el espanto, porque cabe la posibilidad de que estos monstruos se hagan proyectar películas de dibujos animados para hacerse pasar por humanos.»

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Con información de Hitler en el Cine , El País, Hyperion, Ereticamente y La Reppublica,

Jaime Noguera odia a Mickey Mouse y da caña en su novela ‘España: Guerra Zombi‘.

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