La imbecilidad puede ser contagiosa y otras sustancias que te hacen ser diferente a lo que eres

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Solemos creer que nuestra personalidad es algo unidimensional y estable en el tiempo. De hecho, quienes cambian de forma de ser acostumbran a estigmatizarse: eres un veleta, por ejemplo. O como cantaba Alaska: "Yo soy así, así seguiré, nunca cambiaré."

Pero solo las personas que sufren algún desequilibrio psíquico tienen una única personalidad estable. Las personas sanas disponen de un amplio abanico de personalidades que se adaptan no solo a las circunstancias y a las personas que nos rodean, sino que incluso se alteran debido a cambios neuroquímicos derivados de la ingesta de determinadas sustancias o la invasión de algunos parásitos.

Ya lo decía Carl Jung: "En cada uno de nosotros hay otro al que no conocemos". La investigadora Rita Graham, en Multiplicidad, sugiere que al menos anidan en nosotros hasta ocho personalidades distintas. Así que la próxima vez que os contempléis en el espejo estad dispuestos a que el reflejo especular os devuelva una imagen multifacetada, como si la superficie estuviera resquebrajada por un golpe.

El virus que te hace tonto

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Cuando uno mira a su alrededor solo puede concluir una cosa: la oligofrenia campa a sus anchas. Incluso la estupidez, el garrulismo y la sinrazón parecen contagiarse de unos a otros. Miradlos, todos bailando el último éxito musical del verano (probablemente algún subproducto de Georgie Dan).

¿Por qué hay tanta estupidez y parece contagiarnos a todos? Investigadores de la Universidad John Hopkins y de la Universidad de Nebraska mantienen una hipótesis: un virus podría ser, en parte, el responsable. Un virus de la estupidez localizado en la garganta de algunas personas.

Y es que quienes tienen este virus suelen obtener un rendimiento más bajo en los exámenes para medir el cociente intelectual. El virus, cuando se inyecta en ratones, también provoca que se equivoquen más al tratar de salir de un laberinto.

Ya tenemos una excusa, al menos, para nuestra incompetencia: papá, sí que he estudiado, pero he suspendido el examen por culpa del virus, ya sabes.

La personalidad depende de un golpe en la cabeza

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El caso más célebre en el mundo de la neurología a propósito de lo endeble que es nuestra personalidad, y hasta qué punto cualquier factor externo, por muy diminuto que sea, puede cambiarlo radicalmente, es el de Phineas Gage. Este minero, el 13 de septiembre de 1848, tuvo un accidente con un cartucho de dinamita. La explosión hizo que una varilla de metal le entrara por debajo de su ojo izquierdo y le atravesara el lóbulo frontal izquierdo.

Gage sobrevivió, pero no su personalidad: de ser una persona apocada y trabajadora, se volvió tremendamente impulsivo, irreverente y, en ocasiones, soltaba unos tacos y blasfemias que aludían a todo el almanaque zaragozano.

Otras sustancias cambia-mentes

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Las personas que sufren encefalitis por herpes simple acostumbran a tener lesiones cerebrales que les incapacita para usar y entender el tiempo pasado de un verbo irregular. El Pramipexole, una medicamento para combatir el Parkinson, puede volverte ludópata. Si tomas demasiada digital, un medicamento usado para determinados tipos de enfermedad cardíaca, verás las cosas de color amarillento. Y si abusas del Viagra, las verás de color azul.

Apenas 17 átomos de carbono, 4 de oxígeno, 21 de hidrógeno y 1 de nitrógeno pueden cambiar tu forma de ser de forma radical, porque lo que estás ingiriendo es cocaína.

Cientos de microorganismos, como virus y bacterias, pululan por el mundo dispuestos a entrar en nuestro cuerpo y manipular nuestra personalidad y nuestra percepción de las cosas, añadiendo aún más caos a nuestra personalidad múltiple de serie. Para asimilar hasta qué punto esto es así, echemos un vistazo al virus de la rabia, que explico así en el libro El elemento del que solo hay un gramo:

El ejemplo paradigmático es el virus de la rabia, que es capaz de llegar al lóbulo temporal del cerebro de su huésped propiciando que se comporte de forma agresiva y, en consecuencia, que muerda a otros huéspedes. A través del mordisco, el virus pasa a través de las glándulas salivales del primero hasta el segundo. Todo este complejo ejercicio de marionetista lo lleva a cabo una criatura cuyo diámetro es apenas la setenta y cinco mil millonésima parte de un metro, es decir, veinticinco millones de veces más pequeño que el huésped que está manipulando.

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Sergio Parra es responsable, hasta que se demuestre lo contrario de El elemento del que solo hay un gramo.

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