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Cuando esnifar momias machacadas era la última moda en Europa

15 Oct 2015
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Jaime Noguera

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A partir de la visita de Napoleón a tierras egipcias, se desató en Europa un interés por todo todo lo que tuviese que ver con las pirámides, los faraones y las momias. En un siglo XIX sin internet ni televisión por cable, la aburridísima aristocracia flipaba con el esoterismo y la mitología de los antiguos habitantes de la cuenca del Nilo. Se puso de moda el coleccionar artefactos de esta civilización, asistir a charlas sobre ocultismo egipcio, a sesiones de desvendaje de momias, e incluso el esnifarlas una vez machacadas y convertidas en un fino polvo.

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El uso de momias con fines curativos se produjo a raíz de la confusión de la palabra persa “mummia” que significa »betún», un producto mineral derivado del alquitrán natural. Los viajeros que visitaban Persia, allá por el siglo XII, contaban que la mummia tenía propiedades milagrosas, sirviendo para curar las heridas y soldar en pocos minutos los huesos rotos. Cuando los comerciantes de distintas partes del mundo llegaban a la tierra del Nilo y veían los cuerpos embalsamados de las momias egipcias cubiertos por una sustancia negra similar a la mummia, confundieron estas sustancias resinosas oscuras con el betún persa. Con el tiempo el error se agudizó, pues se asignó la palabra mummia no sólo al revestimiento del cadáver, sino al propio cuerpo. El polvo de mummia se había convertido en el polvo de “momia”.

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El anhelado producto se presentaba en forma de polvo (producto nada sutil del machacado de la momia) o directa y pintorescamente en trozos del cadáver embalsamado, a los que se daban multitud de usos farmacéuticos tales como curar la diarrea, la artrosis, las lesiones de la poliomielitis o recuperar la líbido. Así el cuerpo de una princesa de Sheb es Ka Ef o de un escriba tebano de la XI dinastía se podía ver convertido en una primitiva y polvorienta Viagra por culpa de tan patético malentendido.

Momias falsificadas

Al abrirse esta macabra oportunidad comercial, el cuerpo de una momia se convirtió en una cotizada mercadería , llegándose a crear una industria de falsificación de momias mediante el robo y falso embalsamado de cadáveres frescos (normalmente de esclavos) que se vendían como momias originales. Éstas eran conseguidas bañando los cadáveres en natrón, siendo después estos secados y vendados. Incluso las de animales, que además de dar menos reparos, eran más fáciles de conseguir.

Eso sí, según consejos hechos por Pierre Pomet, autor de Historia General de las Drogas (1694), si querías meterte un tirito faraónico en condiciones, el buen polvo de momia era aquel que venía de momias de color negro, sin polvo o arena, las que “olían bien”: a quemado, no a resina.

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El célebre médico galo Ambrosio Paré, considerado uno de los padres de la medicina moderna,  denunció ya en el XVI el polvo de momia como un fraude pero sus contemporáneos pasaron olímpicamente de él. Francisco I de Francia llevaba siempre encima un saquito con picadura de momia y la reina de Inglaterra recibió como regalo del príncipe de Persia, en una fecha ya tardía como 1809, la todavía entonces apreciada medicina.

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Las momias, sus sarcófagos o su polvo eran tendencia. Como comentaba el padre Gérambt a Mohammed Ali en 1833 “es poco respetable, una vez ha retornado uno de Egipto, presentarse sin una momia en un brazo y un cocodrilo en el otro.” De hecho, se tiene constancia de que hasta 1972 se incluía el polvo de momia como remedio en algunos libros de medicina y aún hoy todavía se encuentra a la venta en las tiendas de especias cerca de Bab Zuweila en Egipto.

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Este mercado (nunca mejor dicho) negro, creó su propio anecdotario. Por ejemplo, el comprador de una momia en Asuán descubrió con estupor a su regreso a casa que el cadáver embalsamado pertenecía a un ingeniero inglés que había muerto en Egipto hacía no mucho tiempo.

En el libro La Marca de la Momia (editado por la Semana de Cine Fantástico de Estepona), se comenta  que, ante la escasez de materia prima, comerciantes ingleses buscaron nuevos yacimientos  donde hacerse con material para abastecer las ávidas narices europeas. Encontraron uno bastante lejos de Egipto, nada menos que en Tenerife, donde se hicieron con muchas de las miles momias guanches halladas en las cuevas de Arico y Guimar procediendo a su “procesamiento” y venta.

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Sin duda, más de uno de aquellos expoliadores ingleses sufrieron de alguna pesadilla a pesar de la pasta gansa que iban a sacar de machacar y vender las indefensas momias de indígenas canarios.

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Con información del libro La Marca de la Momia y el site de Raul E. Melo.

Jaime Noguera anda entre muertos en su novela España: Guerra Zombi.

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