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Un hombre sin familia escenifica su propio funeral para ver cuánta gente asiste

05 Abr 2016
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Sixty-six-year-old Zheng Deyang climbs into his tomb at a funeral for himself in a village in Rizhao in east China's Shandong province Saturday Feb. 6, 2016. Zhang, who had no children, held a funeral for himself to see whether his relatives and villagers will pay tribute to his death in the future. Zhang is only 1.4-meter tall and did not marry and is not sure whether others remember his good deeds to the village. Photo via Newscom

No hay nada mejor que morirse para recibir una oleada de piropos y buenas palabras. Al fin y al cabo, siempre se van los mejores y tú eres ese vecino que siempre saludaba, buen profesional de lo suyo y mejor persona. Deseoso de recibir tanto cariño sin necesidad de estirar la pata, Zhang Deyang decidió simular su propio funeral.

Este peculiar vecino de Shandong, en China, tiene solo 66 años y, hasta hace unos días, una inmensa curiosidad por saber de primera mano qué éxito tendría su despedida de este mundo. Para salir de dudas, Deyang no escatimó en gastos a la hora de organizar su falso funeral: gastó 16.000 yenes (algo más de 2.200 euros) para montar un tinglado que, en realidad, no era sino una trampa para sus escasos parientes.

Zhang Deyang nunca se casó y no tiene hijos. Sin familia directa, su mayor preocupación a estas alturas de la vida no es otra que su propio poder de convocatoria cuando pase a mejor vida. Sus temores estaban justificados. A la hora de la verdad, de los 60 parientes lejanos a los que invitó acudieron 40. Con los 20 que se escaquearon ya ajustará cuentas cuando él esté de verdad en el más allá.

“Organicé esta ceremonia porque quería distinguir a la gente que se preocupa verdaderamente por mí y quiénes eran falsos y separarlos de mi vida”, explicó el propio Zhang en una entrevista.

Sin embargo, Deyang se llevó una sorpresa. A su particular ‘show’ acudió un nutrido grupo de vecinos de su localidad y de aldeas cercanas. Teléfono móvil en mano, nadie quiso perderse el numerito del falso muerto, que se arrastró por la tierra del cementerio representando su propio entierro.

En realidad, la preocupación del futuro difunto iba mucho más allá del simple número de asistentes al funeral. Si en España lo máximo que se hace es ir al cementerio a llevar unas flores una vez al año (si eso), la tradición en el gigante asiático pasa por visitar de forma regular la tumba del fallecido, echar un rato y quemar incienso a su lado para ‘alimentar’ su espíritu.

La boda cadáver

A los fastos funerarios de Deyang no les faltaron detalle. Además de una lápida y un ágape para los falsos dolientes, el entierro estuvo precedido de una boda con una mujer muerta: este sexagenario no parece tener esperanzas ni ganas de encontrar ahora a su media naranja y no quería irse al más allá sin haber contraído matrimonio.

Lo sorprendente es que la excentricidad de Deyang no es, ni mucho menos, única en el mundo. En principio, nadie con la cabeza bien amueblada gustaría de asistir a un cementerio para celebrar un falso funeral, pero su caso no es el peor.

También en China, una joven de solo 22 años decidió fingir su muerte para apreciar más la vida. “La gente presta mucho tiempo y esfuerzo a los que fallecen, pero estos no pueden apreciarlo”, explicaba la falsa muerta.

muerta

Si Deyang había invitado a sus conocidos a su propio espectáculo-funeral (dejando claro que era el muerto más animado del cementerio), la estudiante contrató a floristas, maquilladores e incluso a un fotógrafo para que nadie dudara de su fallecimiento y poder así disfrutar en primerísima persona del dolor y el luto de sus seres queridos. Cuando pasó una hora, ni corta ni perezosa, se levantó y se fue.

En el propio continente asiático hay quien llega a usar esta disparatada simulación como terapia. Sucede en Corea del Sur, donde algunas compañías envían a sus empleados a vivir su propio funeral para evitar que ellos mismos acaben con sus vidas.

ataudes

Con una de las tasas de suicidios más altas del mundo, en Corea del Sur se ofrece esta actividad para reflexionar sobre el sentido de la vida, aprender a valorar lo que tenemos y analizar nuestro paso por el mundo. Metidos en un ataúd, los coreanos que acuden a esta terapia se despiden de sus familiares con una carta y, en su cajita de madera, se quedan un rato para pensar.

Mientras tanto, en Europa también nos va el drama-ficción, pero se usa con fines comerciales. Durante la pasada Navidad, un anuncio conmovió al continente. Nada de jóvenes emigrantes que volvían a casa para comer turrón con la familia. En este caso, un abuelo más solo que la una se veía en la obligación de fingir su muerte para juntarse de una puñetera vez con su familia, aunque fuera por un día.

Es solo un anuncio, pero en él hay mucha verdad. Que los chinos harán cosas raritas, pero lo nuestro con el abandono de seres queridos también tiene su miga. Si quieres saber quiénes están contigo de verdad o si quieres un chute de autoestima, ya sabes: nada mejor que simular que estiras la pata.

Con información de The Telegraph (y 2), El Comercio y Marketing Directo.

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