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Casa Pepe: “Si gana Podemos lo primero que van a hacer es cerrarnos el negocio”

16 Jun 2016
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Iñaki Berazaluce

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Bajando la Nacional IV, en mitad de Despeñaperros, se levanta el que con toda certeza es el bar de carretera más famoso de España: Casa Pepe. Y no es famoso por sus bocatas de jamón (aunque también están de chupa pan y moja) sino porque entre sus paredes alberga un inenarrable museo de la memorabilia Franquista, Falangista y, en general, Facha. Así: la triple “F” sin complejos.

Me pido un vino y un bocata de jamón serrano con tomate mientras espero a que me reciba el dueño. Junto a mí, un tipo intenta enseñar el saludo fascista a su pequeño para la foto bajo el escudo del águila. La madre de la criatura se enfada: “¡Así no os saco!”. El padre porfía, entre risas. La criatura no entiende nada.

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Investigo las baldas y las paredes de la tienda-museo: botellas de vino con la efigie de Franco, chocolatinas con la letra del Cara al Sol, espárragos marca “El yugo y las flechas”, gorros de la legión y un sinfín de banderas y escudos “preconstitucionales”, por usar un término melindroso, invaden cada rincón del enorme local, no apto para progres, republicanos y comitivas gaditanas camino del Orgullo Gay. “Rojo que vuela, a la cazuela”, era el lema de Juan Navarro, fallecido en 2013, hijo del fundador de la venta y verdadero alma máter del negocio.

Y es que Casa Pepe no empezó a construir su leyenda hasta la llegada de la democracia o, como dirían sus habituales, hasta que “vinieron los rojos”. Hasta entonces había sido un lugar de paso obligado para los camioneros que atravesaban el tortuoso puerto de Despeñaperros en su lento trasiego entre Andalucía y Castilla. Si sería lento que los vecinos saqueaban el transporte con el camión en marcha y tiraban por la borda los perros de vigilancia, de ahí el nombre del puerto. Decíamos que los camioneros, agotados y “desperrados”, solían hacer parada y fonda en Casa Pepe, fundada por Pepe Navarro en 1923, el año que se estrenó la “dictablanda” de Primo de Rivera.

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Fue en la agitada década de los setenta cuando el restaurante empezó a convertirse en punto de reunión de lo más granado del facherío de la España “de bien”, amedrentaba como estaba de los comunistas, los etarras y la necia droga que invadía las calles. Mientras muchos adeptos al régimen se convertían súbitamente en demócratas de toda la vida y pasaban por el aro girondino de Alianza Popular, Juan Navarro y sus camaradas reivindicaban su condición de franquista, enarbolaba la bandera del aguilucho y, prietas las filas, salían a cantar el Cara el Sol cada 20 de noviembre, para deleite de los corzos de la serranía y estupefacción de los conductores de la carretera de Andalucía.

Han pasado 40 años desde la muerte del sátrapa y lo que en aquel entonces resultaba provocativo hoy entra en la categoría de kitch. La memorabilia franquista, como la soviética, huele a alcanfor, pero la nueva generación de los Navarro que lleva el negocio lo mantienen por un motivo inapelable: es la seña de identidad del local, un rincón auténtico (por más que pueda provocar arcadas) entre la pléyade de fast-foods, cadenas de cafeterías y gasolineras clónicas que trufan las autopistas de la Piel de Toro.

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Juanjo Navarro lleva actualmente las riendas de Casa Pepe. Desde el primer momento me deja claras dos cosas:

1. Casa Pepe sigue siendo un mausoleo facha hasta el tuétano y

2. Aquí se atiende respetuosamente a todo el mundo, sin discriminación de raza o color político.

Bajo el escudo del águila preconstitucional hablo con Juanjo en un día aciago (para él): en la tele anuncian la victoria de Syriza. Un fantasma recorre Europa y pronto va a asomar su roja faz en España.

“No tengo la más mínima confianza en estos partidos de la izquierda radical, porque no creo que sean la solución a los problemas, ni de Grecia, ni de España. La gente se va a dar de boca, ojalá me equivoque”.

Ojalá se equivoque, sí, porque “si gana Podemos lo primero que van a hacer es cerrarnos el negocio” aunque, eso sí, “si es necesario recurriremos al mejor abogado de España para mantenerlo abierto”.

No hay foto de tan icónico momento, pero según relata el estremecedor libro ‘Casa Pepe, 90 años al servicio de los españoles’, Franco honró a Casa Pepe con una visita personal en los años 50, “uno de los momentos más memorables para el restaurante y su fundador”.

Remato mi provechosa visita a Casa Pepe con una tarta de la casa, concretamente la tarta nacional, elaborada en el inconfundible rojigualda de nuestra enseña. ¿Quién podría preferir un tiramisú extranjerizante frente a este manjar patriota?

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