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El extraño monumento de Majadahonda dedicado a dos fascistas rumanos

10 Oct 2016
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Jaime Noguera

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En mitad del campo, detrás del cementerio situado en la carretera de Majadahonda a Boadilla del Monte, hay un monumento que ha sido cubierto de pintadas y grafitis en varias ocasiones y que es frecuentado por dos tipos de visitantes: practicantes del botellón y neonazis.  Según datos del catedrático Julián Casanova, Italia envió a 78.000 efectivos a luchar del lado de Franco en nuestra Guerra Civil, la Alemania nazi a 19.000 y Portugal a 10.000. Lo que muchos no saben es que desde los Cárpatos llegaron a nuestra asolada España ocho motivados voluntarios decididos a unirse a la cruzada fascista. Duraron un mes en el frente. El anacrónico monumento majariego está precisamente dedicado a dos de ellos, que tuvieron la mala pata de morir “por Dios, España y Rumanía” en enero de 1937 .

Unos dicen que animados por la propaganda sobre la resistencia del Alcázar de Toledo, otros que indignados por el fusilamiento del Cristo del Cerro de los Ángeles, lo cierto es que la agrupación fascista rumana La Guardia de Hierro envió en 1937 a la España rebelde (capital: Burgos) una delegación dirigida por el anciano General héroe de la Primera Guerra Mundial Georgios Cantacuceno, y formada por el maestro transilvano Banica Dobre, el abogado e ingeniero agrónomo moldavo Nicolae Totu, el Príncipe Alexandru Cantacuceno (familia del general), el también transilvano Ion Mota, el letrado Vasile Marin, un ingeniero llamado Gheorge Clime y un sacerdote ortodoxo llamado Dimitru Borsa.

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Haz turismo invadiendo un país.

Llegados hasta Salamanca vía Lisboa, según el blog Guerra en Madrid, fueron recibidos por los colaboradores más directos del General Franco. Desde la capital charra viajaron a Soria, donde se encontraron con el General Moscardó al que regalaron una espada réplica de la que siglos antes, el rey español Felipe III había regalado al príncipe rumano Miguel “el Sabio” y que, según ellos estaba hecha con acero toledano.

El general Cantacuceno pronunció el siguiente discurso en una cena ante Moscardó, su Estado Mayor y la prensa soriana:

“(…) He traído este sable que no es un juguete. Es un sable de verdad que me acompañó en la Gran Guerra y con el que, gracias a su acero de Toledo, podéis atravesar a miles de comunistas. Lo he traído para que os traiga suerte en la lucha para derrotar al comunismo y para que os ayude a levantar, todavía más alto, la cruz de Cristo y a eliminar a los destructores de su Iglesia. Os presento a 7 jóvenes, todos ellos oficiales del Ejército rumano. Todos héroes. Han venido a luchar y a morir por la España nacional (…)”

Hubo vino, abrazos viriles, brindis, discursos patrióticos y dorada general de píldora. Dado que aquellos visitantes del extranjero se mostraban tan interesados por el Alcázar, se les llevó hasta allí. Impresionados por el relato de los hechos y su recorrido por las ruinas del edificio, seis de los hijos de Vlad Tepes se decidieron a presentarse como voluntarios contra el bolchevismo. La picadora de carne de Franco estaba necesitada, así que el ejército rebelde les encontró sitio rápidamente en la 21 Compañía del Tercio de Yagüe.

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Treinta días de guerra

El 19 de diciembre, tras unas pocas semanas de instrucción, partieron para el frente de Madrid. Ninguno de ellos hablaba español, habían viajado a España sin equipo para el combate y, a juzgar por sus profesiones, no estaban muy acostumbrados a pegar barrigazos ni arrastrarse con sus armas por el barro mientras se les disparaba. No eran muy jóvenes, más bien “talluditos” y en algunas ocasiones tuvieron que dormir al aire libre en pleno invierno.

En Boadilla del Monte comenzó el viacrucis bélico de los rumanos. Participaron en combates allí, en Las Rozas, en la Carretera de la Coruña y en la defensa del Cerro de la Radio en Majadahonda. Según cita el blog Frente de Batalla, Nicolae Totu, el ingeniero agrónomo, plasmó sus impresiones en su libro “Notas del frente español. 1936-1937”.

Hay unas reglas muy extrañas en el Tercio, que nos han sorprendido mucho. Unas son excelentes, pero otras no tienen mucha justificación. Por ejemplo, cuando estamos en marcha nadie se agacha, sino que seguimos adelante cuando llega el obús. Era considerado miedoso aquel que se agachaba o se doblaba. Tenemos que quedarnos firmes para no disminuir nuestro prestigio. Luego no hay que evitar, ni huir, de las balas.”

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Un trágico final

Su exótica aventura ibérica acabó el 13 de enero de 1937, cuando la metralla de un obús republicano convirtió a Ion Mota y Vasile Marin en abono para los arbustos del monte donde resistían una ofensiva gubernamental. Georgios Cantacuceno pidió a Franco que se les diese permiso para volver a Rumanía. El Caudillo accedió.

Con un automóvil y una camioneta, el cortejo fúnebre viajó hasta la frontera francesa, desde donde emprendieron un largo camino hacia el Este. Al llegar los féretros al país balcánico, fueron recibidos como héroes por los partidarios de la Guardia de Hierro. Capas, cruces, desfiles de miles de los llamados Camisas Verdes… Todo un pulso contra el Rey Carol, que no terminaba de tragarlos.

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Más adelante, hasta se les dedicaron sellos de correos que pusieron en conocimiento dela población rumana la existencia de Majadahonda.

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El monumento de la discordia

Hasta los años sesenta, una simple cruz recordaba el lugar de la muerte de los dos ultranacionalistas rumanos. A pesar de que España había entrado en el extrarradio del occidente demócrata de la mano del anticomunista Eisenhower, la bandera de cruz triple, (que representando barras de prisión como símbolo, precisamente, del martirio), de la derrotada Guardia de Hierro, ondeaba allí junto a la española. Ex miembros de la organización filonazi rumana peregrinaron durante años a rendir homenaje a sus camaradas. Su último líder, Horia Sima, se había refugiado en España al acabar la Segunda Guerra Mundial, donde moriría en 1993.

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Pero aquella simple cruz sabía a poco. Con el apoyo de refugiados fascistas rumanos y simpatizantes Españoles, se levantó a principio de los años 70 el feo monumento que es visitado hoy por parejas con las hormonas desatadas y mostrencos ultra derechistas.

El ayuntamiento de Majadahonda aprobó en pleno el pasado año su derribo (con la abstención del PP), pero según informó El Mundo una tal Asociación para la Custodia del Monumento a los Legionarios Rumanos caídos en Majadahonda apareció para presentar documentación en la afirmaban ser los únicos “propietarios del terreno, estando al corriente de los pagos y tributos”. Con la propiedad privada hemos topado, querido Sancho y el monumento sigue en pie, acogiendo periódicamente akelarres neonazis.

En la base del monumento, por cierto, aparecen grabadas en la piedra dos citas de los rumanos caídos: “He amado a Cristo y he marchado feliz a la muerte por él” (Ion Mota); “Lo he hecho con el mismo amor con el que lo hubiera hecho por mi patria” (Vasile Marin). Nos preguntamos en qué momento fueron tomadas tales declaraciones. Suenan a empleo de Ouija.

En el bando del gobierno de la República murieron 43 rumanos de un total de 615 voluntarios, según el libro “Las Brigadas Internacionales en la Guerra de España” de Andreu Castelles. Por el momento no conocemos la existencia de ningún monumento dedicado a su memoria.

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Con información de Frente de Batalla, LegiovhispanaEl Gran Capitan y Guerra en Madrid.

Jaime Noguera es autor del bestseller España: Guerra Zombi‘.

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