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La excesiva y truculenta vida del mayor falsificador de todos los tiempos

30 Dic 2016
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Iñaki Berazaluce

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¿Cuál es el mayor homenaje que puede recibir un falsificador? Que otros falsificadores imiten tus cuadros para hacerlos pasar por “genuinas” falsificaciones. Esto es lo que le sucedió a Elmyr de Hory, pintor y falsificador húngaro (“apátrida” sería más preciso) que alcanzó gran notoriedad durante los años 70, coincidiendo con la época dorada que vivió en Ibiza hasta su trágico suicidio en 1976.

De Hory -nombre falso, como casi toda su vida: su verdadero nombre era Elemér Hoffman– se consideraba un “pintor de segunda categoría”… siempre y cuando se considere “de segunda categoría” a artistas como Picasso o a Matisse, cuyos cuadros falsificó De Hory cientos de veces. Sus falsificaciones han llegado a ser tan cotizadas que en Ibiza se venden “falsos elmyres”, que son a su vez falsificaciones, un retruécano que haría las delicias de Orson Welles, colaborador necesario del mito de Elmyr gracias a ‘F for Fake’.

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‘Fake’, el libro de Clifford Irving escrito por encargo de De Hory.

Según cuenta el propio Welles en el preludio de su ¿falso? documental, estaba intrigado por la figura de Cliford Irving, escritor norteamericano que saltó a la fama en 1972 tras publicar una falsa autobiografía de Howard Hughes. En su investitación, Welles se topó con De Hory, pues éste había encargado a Irving una biografía con la que poder saldar sus copiosas deudas. Este disparatado trío de buscavidas sustentan la arriesgada y algo irregular ‘F de Fake’.

Cliford Irving es el único de los tres que sigue vivo, y aunque se queja de su memoria (“tengo que consultar mis propios libros y debo asumir que lo que contaba en ellos era verdadero”, dice) ha accedido a hablar con el equipo de ‘Elmyr de Hory en el acantilado’, un excelente documental que clarifica -en la medida de lo posible- la ambigua, truculenta y fascinante figura de Elmyr de Hory.

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De Hory en su estudio de Ibiza, con Mark Forgy, chico para todo.

‘Elmyr de Hory en el acantilado’ cuenta con dos testimonios imprescindibles: el del citado Cliford Irving, truhán y periodista, valga la redundancia y, sobre todo, la del Mark Forgy, amante del pintor (aunque él lo niega, sus antiguos allegados en Ibiza no guardan dudas) y sospechoso de la muerte (por omisión, que no por acción) de De Hory. La sombra de Forgy planea y acaba dominando el documental de Jaume Vinyas.

Pero dejemos por un momento a su intrigante heredero y vayamos con Elmyr, el eje al cual gravitaban todos los demás en esta historia. Elmyr nació en realidad Elemér o tal vez con el sospechoso nombre de Elementer, según nos desvela el documental. Al contrario de lo que se ha escrito sobre él, De Hory (que tampoco se apellidaba así) no procedía de una familia noble sino más bien de una clase media venida a menos tras la implosión del Imperio Austro-Húngaro al finalizar la I Guerra Mundial.

Elmyr de Hory dans son atelier

Como buen falsificador, Elmyr también era un impostor, así que se apropió de un apellido de postín (la “y” final denota caché entre la nobleza húngara) y marchó a París, en aquel entonces capital mundial del arte. Nuestro protagonista llegó a la capital del Sena con intención de triunfar con su pintura, pero nunca llegó a alcanzar la fama (ni posiblemente, el talento) de Picasso, Matisse o Derain, con quienes se codeó.

Su debut en el mundo de la falsificación no fue premeditado sino casual: Lady Campbell, una coleccionista millonaria, estaba visitando su buhardilla parisina cuando se fijó en un óleo “a la manera” de Picasso. Tomándolo por un cuadro genuino del genio malagueño, la mujer le pagó una cifra escandalosa, y Elmyr vio la luz.

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Un «Gauguin» firmado por el falsificador.

La biografía de De Hory es tan dudosa como sus obras, así que su relato sobre su detención, y huida de un campo de concentración en Berlín durante la Segunda Guerra Mundial debe ser tomada como tal: un relato: “No había manera humana de que un civil atravesara Europa, de Berlín a Budapest, en plena II Guerra Mundial”, explica el historiador Jeff Taylor durante la vibrante reconstrucción de la juventud del personaje en Hungría.

El documental, o más bien una “versión beta” del mismo, ha sido estrenado en el Club Diario de Ibiza coincidiendo con la clausura de la exposición dedicada a Elmyr de Hory. En ella se puede apreciar que el húngaro era un implacable copista (o falsificador), pero o mejor dicho, por eso, también un pintor solvente. Como se afirma -con alegre condescendencia- en el documental, “Elmyr nos permitió disfrutar de los cuadros que Modigliani y Tolouse-Lautrec no tuvieron tiempo de pintar”.

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Mark Forgy, en su casa de Minesotta, con la colección de su maestro.

Sin embargo, el De Hory nunca se hizo rico (aunque siempre vivió como tal) con sus falsificaciones, porque sus compinches, Legros y Lessard, apenas le pagaban unos cientos de dólares para que siguiera pintando: “Teníamos que mantenerle pobre para que siguiera a nuestras órdenes”, contaba tras su muerte el cínico Lessard.

El timo se acabó destapando en 1967. El magnate del petróleo y coleccionista compulsivo Algur Hurtle Meadows le había comprado “15 Duffys, siete Modiglianis, cinco Vlamincks, ocho Durains, tres Matisses, dos Bonnards, un Chagall, un Degas, un Laurencin, un Gauguin y un Picasso”, según detalla Alberto de las Fuentes en El Mundo. Ante las sospechas de que fueran falsos, el texano pidió asesoramiento a cinco expertos: “La conclusión fue inapelable: 44 cuadros no eran originales. Meadows se convirtió, según un periodista, en «el hombre que posee la mayor colección de falsificaciones del mundo«.” Eso sí, falsificaciones de primera categoría: Los auténticos De Horys pueden alcanzar un precio de 100.000 euros.
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Con información de El Mundo, El Diario de Ibiza, Wikipedia y El País.

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