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Nebraska echa el cierre y se lleva a la tumba la receta de sus exquisitos perritos calientes

13 Ene 2017
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Iñaki Berazaluce

92 trabajadores a la calle, la Gran Vía un poco más a merced del tsunami de franquicias y la fórmula secreta de sus perritos calientes. Estas son, de mayor a menor, las pérdidas infligidas a Madrid y al mundo por el cierre de la cadena de cafeterías Nebraska, un vestigio del Madrid de luxe que empezó a epatar en el Madrid de los años cincuenta.

Vayamos con los perritos calientes, posiblemente el plato más emblemático y suculento de su carta. Hasta el incendio de 2001, los perritos se servían en una barra ex profeso, ubicada a la entrada del local de Gran Vía. Los servía con imbatible profesionalidad y el gesto adusto marca de la casa un camarero “de pelo imposible y sienes nevadas”, recuerda Fita Benítez, director del Tentaciones y fan declarado de aquel manjar, que describe así en el Instagram del Tentaciones:

“Descanse en paz el mejor perrito caliente autóctono y original que jamás se haya servido en la Villa y Corte. Hablamos del perrito de Nebraska, cadena de cafeterías yeyé que acaba de echar el cierre de manera inopinada y sorpresiva. La magia de sus 15 cms de paraíso residía en un panecillo elaborado en su propio obrador, una sabrosa salchicha de la carnicería La Madrileña y, por encima de todo, las salsas: una ligera mostanesa y, en vez de ketchup, tomate frito –con pepitas y todo– que se podía, y debía, elegir en opción picante”. 

Un porcentaje sustancial que Fita Benítez degustó en la barra del Nebraska de Gran Vía lo hizo con su compadre Guillermo Alonso ‘Willy’, genuino gourmet del fast-food de qualité madrileño. Willy vive ahora en Sevilla, así que el cierre de Nebraska le pilla por sorpresa, y mi llamada tiene el regusto amargo de un pésame:

“En realidad, los perritos de Nebraska tuvieron varias fases: primero los servían en un mini.mostrador que atendía un camarero con una levita imposible y pinta de ser hijo de mesoneros segovianos que no han sonreído en la vida. Aquellos perritos eran caros (nunca han sido baratos) pero exquisitos. Tras el oscuro incendio de 2001, aquella barra desapareció y con ella, los perritos de la carta; durante un breve lapso dejaron de existir”.

Tras aquel hiato, los dueños de Nebraska se vinieron arriba y apostaron el todo por el todo: empezaron a franquiciar los perritos, según me cuenta Willy, aunque debieron de guardarse la fórmula secreta:

“Abrieron perriterías de Nebraska con toda la parafernalia propia de las franquicias: mobiliario barato de plástico, empleados mal pagados e infracualificados y el color naranja corporativo. En lugar del sabroso perrito original, aquellos locales vendían una desalentadora versión de goma. Mancillaron el nombre de Nebraska y, con toda justicia, desaparecieron al poco tiempo”.

Durante la última fase, que se cerró con nocturnidad y alevosía el pasado miércoles, el perrito se servía en la mesa, en plato y acompañado de patatas fritas “de verdad”, y a un precio tan desmesurado como de costumbre. Ya no era lo mismo, claro, porque en ugar de degustar el perrito caminando por la Gran Vía camino del cine (sí, también había cines en la época) había que comerlo con cuchillo y tenedor, rodeado de señoras como de otra época, merendando las inevitables tortitas con nata.

Atrás quedaban los años de gloria, cuando la cafetería llegaba a despachar 1.000 perritos al día.

Nebraska pasa a engrosar el cementerio de las cafeterías con nombre exótico que dominaron Madrid: California, Manila…

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