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Ladronas victorianas: Las cleptómanas que arramblaron los primeros grandes almacenes

08 Mar 2017
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Iñaki Berazaluce

En 1852 abre en París Bon Marché, considerado el primer gran almacén de la Historia. Durante la segunda mitad del siglo XIX empiezan a proliferar en las capitales europeas -aunque principalmente en París y Londres, metrópolis de sus respectivos imperios- estos novedosos espacios comerciales y con ellos nace una nueva especie, desconocida hasta entonces en las tiendas tradicionales: la cleptómana.

Sí, ha leído bien: la cleptómana, no el cleptómano, el genérico masculino que suele utilizarse en castellano al hablar de ambos géneros simultánea e indistintamente. La cleptomanía nace exclusivamente vinculada a la mujer como “una patología cuya misión es exculpar a las burguesas de los robos que cometen en los grandes almacenes, generalmente fruslerías”, me cuenta Nacho Moreno Segarra, autor de un librito –‘Ladronas victorianas’– que está haciendo furor (uterino) en el microcosmos editorial feminista.

Ya es modernismo en Galerías Bon Marché. Imagen: La Alacena de las Ideas.

Para hacernos una idea meridiana de la revolución que supuso el comercio en estos nuevos templos del consumo, no muy diferentes del Corte Inglés de nuestros días, valga esta lúgubre descripción de lo que era “ir de compras” en la época victoriana (en torno a 1840):

“[Las compras] se realizaban guiadas por unos caballeros solemnes vestidos de negro que llevaban a otros caballeros con el mismo carácter y tono que llevaban a un tercero de su especie que preguntaba “sepulcralmente”: “¿seda o terciopelo?”.

Frente a esta austeridad casi de pompas fúnebres, el Bon Marché y Lafayette de París, el Harrod’s de Londres y muchas otras galerías de Nueva York, Boston y Chicago inauguraron un inaudito despliegue de atractivos, empezando por los “sensuales” escaparates, pasando por la posibilidad de “tocar” y observar los productos y departir con dependientas del mismo sexo. El gran almacén se convierte en un gineceo y “borrachas de la abundancia de chucherías”, muchas de sus clientas caen en el hurto, la antesala del delito.

Las mujeres burguesas de la época “tenían que ser muy elegantes, llevar unos vestidos increíbles y denotar que no trabajaban. Por otro lado, era mucha la presión sobre su dinero, que administraban los maridos”, así que muchas se vieron abocadas al “urraquismo”, descriptivo término que utiliza Nacho Moreno para describir esos hurtos al descuido, un encaje por allí, un manguito de marta cibelina por allá.

Pero en su condición de miembros de una clase social prominente, estas ladronzuelas recibieron un diagnóstico “científico” y condescendiente por parte de los galenos de la época: no eran ladronas, sino cleptómanas, y esta patología venía dada por la conocida volubilidad del sexo débil. La prueba de ello, era que las cleptómanas solían cometer sus tropelías en momentos de ofuscación que solían coincidir con la menstruación, el embarazo o la menopausia. Veamos el perspicaz dictamen del doctor Weir Mitchell acerca de una cleptómana:

“No creo que Mrs. C tenga ninguna noción clara de la naturaleza de sus actos o de sus consecuencias, ya que soy de la opinión de que una irrefutable y durante mucho tiempo desatendida enfermedad uterina y rectal podría tener mucho que ver con el desorden mental que ha padecido y que la hace proclive a ser asociada a condiciones histéricas… Pienso en ella como histérica, débil y desequilibrada, pero no como criminal”.

En su intento por exculpar a las ladronas de su responsabilidad, la sociedad victoriana les hizo un flaco favor: convertirlas en enfermas. Una vez diagnosticadas, muchas eran llevadas a cumplir su redención, no en el calabozo sino en el hospital psiquiátrico, como es lógico. En el proceso, “quedaba mancillado el buen nombre y el estatus social de su esposo”, me explica Moreno.

‘Ladronas victorianas’ habla del siglo XIX pero, como buen ensayo histórico, en realidad nos está hablando de nuestro siglo, un momento en el que una tienda de lujo de Barcelona llama a sumarse a la fiesta del consumo con un reclamo cínico y oportunista: “Todas deberíamos ser feministas”.

Finalmente, Nacho, ¿el centro comercial ha servido para liberar a la mujer o es un eslabón más de la cadena doméstica? “Se trata de uno de los temas centrales del libro y creo que es tan interesante porque el centro comercial sigue siendo una zona de sombra entre lo privado y lo público. Seguramente, su función está en algún punto entre liberar y subyugar a la mujer”.

“Sufraguistas, dependientas, psiquiatrizadas y ladronas desafiarán a la sociedad victoriana y sentarán las bases para los discursos sociales sobre el género en el nacimiento del capitalismo comercial. Pasen y lean porque el ruido de los escaparates rotos todavía sigue escuchándose”

Nacho Moreno, en la introducción a ‘Ladronas victorianas’.

‘Ladronas victorianas’ está bellamente publicado por la Editorial Antipersona y usted puede adquirirlo (o sustraerlo) por el módico precio de 9 euros.

Puedes leer a Nacho Moreno en Palomitas en los Ojos.

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