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El ‘manspreading’ en la historia del arte

07 Jun 2017
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Iñaki Berazaluce

Visitar los grandes museos europeos, aquellos que recogen las obras que la historia del arte ha calificado como maestras, no es siempre una experiencia gratificante, independientemente de la perfección técnica, el tratamiento del color, el equilibrio en la composición, el ritmo, la luz, la atmósfera… A veces el tema puede dejar sin aliento: hombres despatarrados, manspreading, y toda clase de vejaciones hacia las mujeres están ampliamente representadas en cuadros, dibujos y esculturas, y obedecen a una ideología visual que ha sido acertadamente definida comoSíndrome de los cojones grandes’.

Al principio fue el manspreading. En la representación de la Creación que recreó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina (1511) ya puede apreciarse cómo el primer hombre, el padre Adán, se abre ostentosamente de piernas, ocupando una notable parcela de la nube que debería compartir con Eva, aún por brotar de una costilla flotante del espatarrado Adán.

Otro ejemplo flagrante de ‘manspreading’ es el cuadro de Velázquez ‘El dios Marte’ (1638), que puede verse en el Museo del Prado y que diríase inspirado en el de Miguel Ángel. Generaciones enteras de madrileños han visitado la pinacoteca, inoculándose de la reprobable postura de Marte y contribuyendo a la epidemia de manspreading que hoy asola el transporte público de Madrid.

De esa misma época es el cuadro flamenco ‘Un campesino dormido’, de Adriaen Brouwer, que delata la expansión del hábito del despatarre viril a los Países Bajos, ya bajo el reinado de Felipe III. El ‘manspreading’ como sello de identidad del Imperio.

El despatarre no sabe de clases sociales. Este ‘Retrato de Adolf Croeser y su hija Catalina’ (1655), de Jan Steen, muestra a un burgués renacentista alardeando de poder y huevera ante los menesterosos de Amsterdam.

Seguimos en los Países Bajos, donde un siglo después el hábito de hacer el espagat en reuniones sociales se ha normalizado, como puede apreciarse en este cuadro de Cornelis Troots, ‘Jeronimus Tonneman y su hijo’ (1736).

¡Caballero! ¿Acaso se cree que es la única persona en la habitación? Imagen: Wikimedia Commons.

¿Qué tienen en común católicos, protestantes y anglicanos? Exacto: su absoluta falta de recato a la hora de sentarse. El monarca inglés Enrique VIII tenía dos feas costumbres, ambas igual de feroces para con las mujeres: decapitar a sus esposas y abrirse de piernas en el trono, impelido por sus voluminosos atributos. Aquí podemos verlo por partida doble, el primero himself y el segundo el Papa de Roma, en gesto cómplice de hermanamiento patriarcal.

Si Velázquez fue cómplice -no entraremos en si voluntario o no- del ‘manspreading’, Goya elevó la apuesta dos palmos y representó de esta guisa a los ‘Caníbales contemplando restos humanos’ (1808), un óleo que puede verse en el Musée des Beaux-Arts de Besançon, Francia.

Lejos de constituirse en un territorio para la liberación de la mujer, los Estados Unidos emularon algunos de los peores defectos de Europa incluyendo, cómo no, el ‘manspreading’. ‘Retrato de Joseph Warren’ (1765), por John Singleton Copley.

Nos aproximamos a nuestro siglo y, por tanto, a la red de transporte urbano. Este hombre -inmortalizado por el impresionista Károly Ferenczy– está llevando a cabo un ‘manspreading’ de libro, nunca mejor dicho. ¿O acaso no puede cerrar un palmo las piernas y seguir leyendo?

Los dos peores enemigos del viajero del metro -el ‘manspreading’ y el músico de vagón- están condensados en este retrato de Niel Gow (1793) de Henry Raeburn.

Manspreading o  síndrome de los cojones gordos pueden ser vistas en otras muchas obras maestras que componen la historia del arte con mayúsculas estetizando el desaparre. Por ello es importante que la belleza que encierran no desvíen la atención de que somos testigos también de la representación de delitos infames.

Imágenes de Wikicommons, Museo del Prado, Manspreading in art y Mashable. Gracias a Concha Mayordomo por la inspiración.

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