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«Los murcianos somos 3/4 partes de judíos catalanes y 1/4 de pendencieros convictos castellanos»

07 Jul 2017
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Ad Absurdum

Imagen: Región de Murcia.

Corrían otros tiempos: el dentista era el mismo que te afeitaba o le ponía una herradura a tu caballo, el grito de «agua va» era el pan de cada día, y vivir más allá de los 50 años era pasarse la vida sin guardar partida. Hablamos de la Edad Media en la Región de Murcia. Una tierra maravillosa con un potencial surrealista y costumbrista tremendo, tal y como últimamente venimos viendo en los medios de comunicación, pero de la que el común de los españoles suele tener unos conocimientos escasos.

Hasta hace no mucho, los murcianos nos quejábamos de estar apunto de arrebatar a Teruel el ser la tierra que más lucha por la reivindicación de su propia existencia, pero ahora ya no es que Murcia “también exista”, sino que casi nos hemos convertido en la nueva Lepe y somos el centro de atención casi todos los santos días. Murcia se ha puesto de moda, qué le vamos a hacer.
Los tópicos históricos que la gente asocia tradicionalmente a Murcia son los de gente pendenciera, paleta, pueblerina y una tierra subdesarrollada de clima inhóspito. Pero hoy traemos un magnífico documento que puede hacerte entender por qué se forjaron estos clichés y la peculiar idiosincrasia de los murcianos actuales.

«Mata al rey y vete a Murcia»

No, no estamos incitando a cometer un regicidio, simplemente os mostramos una frase recurrente en el acerbo popular, que vendría a significar «si cometes algún disparate huye y refúgiate donde no quiera ir ni Dios». Y ese sitio era Murcia. ¿Pero por qué? En 1243, mediante el Tratado de Alcaraz, la taifa andalusí de Murcia pasó a manos cristianas, siendo en adelante un nuevo reino de la Corona de Castilla. El nuevo reino cristiano de Murcia estaba literalmente a tomar culo de la órbita de poder castellana y era algo así como el Salvaje Oeste para cualquiera de la Meseta.

San Pedro del Pinatar, cuando aún se podía ir en pelotas.

Los musulmanes que se quedaron tampoco tardaron en rebelarse ante sus nuevos gobernantes, los cuales les habían prometido buen trato y respeto de sus costumbres (sí, ya, ya). Los locales vieron además cómo sus tierras fueron repartidas entre los nuevos colonos castellanos. El rey Alfonso X tuvo que pedir ayuda a su suegro el rey Jaime I de Aragón para sofocar una revuelta que se había ido de las manos más que una despedida de soltero en Ibiza. Una ayuda que más tarde se querría cobrar pretendiendo control e influencia sobre el reino, porque como dijo nuestro querido presidente: una cosa es ser solidario, y otra cosa es serlo a cambio de nada.

En definitiva, nos encontramos con una tierra allá en Mordor que pocos años después de pasar a nuevas manos perdió la mayor parte de su población (dado que los mudéjares estaban hasta las narices y decidieron pirarse), su antiguo sistema productivo andalusí se fue al garete y quedó encajonada entre tres fronteras un tanto chungas: a un lado el reino nazarí de Granada, al otro la Corona de Aragón y al sur el mar y sus periódicas y amables incursiones berberiscas. Vamos, un puto solar. ¿Pero qué podían hacer para atraer más gente a repoblar este maldito erial?

Murcia, la Australia española

Dado que por aquel entonces no estaba José Antonio Camacho para hacer un anuncio de un faraónico resort con campo de golf para intentar traer a más pobladores, el bueno de Alfonso Equis puso en marcha un privilegio real por el cual se perdonaban todas las deudas habidas con la ley en cualquier reino, incluidas las de sangre, a cambio de que el perdonado hiciera las maletas y se mudara a vivir y a defender tierras murcianas. Ríete tú de la amnistía fiscal de Montoro. Es decir, Murcia se convirtió en una especie de colonia penal de Castilla al estilo de Australia con el Imperio Británico siglos más tarde.

Esta conmutación de penas, llamado privilegio de homiciano, daba la posibilidad del derecho de asilo a los que hubiesen tenido alguna pequeña mancha en su historial (como por ejemplo unos asesinos acogidos al derecho de asilo del castillo de Xiquena por el que quedaron exculpados de sus «cosillas» a cambio de la prestación de servicios castrenses durante un año y un día). Pero ojo, que junto a estos que se iban obligados también se iban algunos voluntarios a gestionar el cotarro fronterizo, los llamados fronteros.

Judíos haciendo sus chanchullos.

Algo menos idealistas y bajando algún escalón tenemos mercenarios y simpáticos individuos tales como cazadores de cabezas, contrabandistas, espías, sicarios… que hicieron de la guerra su modo de vida (¡pues muy respetable que es, oiga!). Gente sanota y emprendedora donde las haya. Que no se diga.
Si tenemos también en cuenta que dada la influencia que se cobró el rey Jaime I el reino se repobló en gran medida con catalanes, aragoneses y valencianos (muchos de ellos, judíos comerciantes con una gran afición por la usura y otros tantos también delincuentes beneficiados por la amnistía), el balance que resulta es que los murcianos somos tres cuartas partes judíos y/o criminales catalanoaragoneses y una cuarta parte de pendencieros convictos castellanos, a lo que hay que sumar el sustrato andalusí previo. Todo eso nos da como resultado que los murcianos venimos de la crème de la crème de la sociedad bajomedieval española. Pero es que todo esto nos recuerda a una cosa…

El auténtico Muro está en el Sureste

Visto lo visto podemos pensar que Murcia era algo así como la Ucrania o la Siria del siglo XIII. Pero si pensamos en la ficción se nos viene directamente a la cabeza un paralelismo de dimensiones épicas: el Muro de ‘Juego de Tronos’. En la historia pergeñada por George R. R. Martin El Muro y la Guardia de la Noche se encargan de proteger la frontera que separa los reinos de los hombres de la tierra de los Otros. Pero esa guardia está compuesta por una amalgama de ladrones, asesinos, violadores… Lo mejor de cada casa, como diría Yoren. Básicamente lo que ya hemos visto: se ofrece a los presos conmutar sus penas a cambio de marchar al Muro.

Pero a ver, no todo lo malo sobre Murcia es cierto. La famosa pragmática atribuida a Carlos III que rezaba aquello de «Gitanos, murcianos y otras gentes de mal vivir» no es cierta. Tampoco que el término murciar (robar) tenga que ver con Murcia. En la jerga de los ladrones era utilizado dicho verbo, pero proviene de la palabra “murcio” (murciélago) que equivaldría a ladrón. Es curioso porque el término se emplea en la literatura clásica española, como por ejemplo en Cervantes y toda la picaresca. Como murcianos, igual que aclaramos que el término no tiene nada que ver con Murcia, tampoco queremos que quiten ese verbo del DRAE como algunas personas han pedido. En realidad nos hace gracia que haya gente que pueda pensar eso…

El picoesquina del Muro del norte.

Bibliografía:

BEJARANO RUBIO, A.: «La frontera del reino de Murcia en la política castellano-aragonesa del siglo XIII».

MARTÍNEZ MARTÍNEZ, M.: «Organización y evolución de una sociedad de frontera: el reino de Murcia (ss. XIII-XV)».

MARTÍNEZ MARTÍNEZ, M.:, «La frontera murciano-granadina en la Baja Edad Media.».

JIMÉNEZ ALCÁZAR, J. F.: «La crisis del reino musulmán de Murcia en el siglo XIII», HID 32.

Ad Absurdum es un grupo de divulgación histórica a través del humor y es autor del libro Historia absurda de España.

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