Nos colamos en el rodaje de 'Tiempo después', la nueva película de José Luis Cuerda, que no es poco

El Centro Militar de Farmacia es un inmenso acuartelamiento ubicado en el centro de Madrid, en desuso desde los tiempos del Generalísimo, que hoy pertenece al no menos "ísimo" Ministerio de Cultura. Es el lugar elegido por el director José Luis Cuerda para terminar su nueva película, tras un lustro de silencio cinematográfico, que no literario: en 2015 publicó un libro titulado 'Tiempo después' que ha servido como guión para este film, del mismo título.

Allí me persono a última hora de la mañana para asistir al rodaje de los últimos planos de este artefacto audiovisual del estrafalario cineasta albaceteño, que es especialmente esperado por sus fans debido a que, de aquella manera, retoma el estilo de su aclamada 'Amanece que no es poco', empezando justo donde acaba la otra: "Como ya se sabe, no es raro que unos días amanezca y otros no".

El citado acuartelamiento, con su marcial arquitectura de muros de ladrillo, descomunales chimeneas y edificios rectangulares, es como una puerta al franquismo. Se trata de una ciudadela urbana, férreamente vigilada por el portero: tan a pecho se toma su trabajo este señor que la productora ha tenido que poner un guardián propio para agilizar la circulación de propios y extraños: "Entrar aquí era más difícil que entrar en el palacio de El Pardo", se lamenta con sorna un miembro de la productora, que me guía por un laberinto de escaleras y corredores.

Llegamos al escenario principal, donde el equipo de prensa me recibe y pide silencio: se rueda. Veo un decorado que reproduce con fidelidad apabullante la entrada a una casa cuartel de la guardia civil, por donde pulula y actúa Miguel Rellán con un convincente disfraz de picoleto. "Creía que la película se desarrollaba en el futuro", le comento a un script en voz baja. Y él me responde "sí, en 9177, pero ya ve usted que hay cosas que nunca cambian".

De momento, los detalles de "Tiempo después" son confidenciales, pero sabemos que , amén de Rellán, completan el reparto intérpretes tan populares como Roberto Álamo, Blanca Suárez, Arturo Valls, Carlos Areces, Manolo Solo, Antonio de la Torre, Secun de la Rosa, Andreu Buenafuente o Berto Romeo, entre otros. Efectivamente, es una película coral, y esta viene a ser la sinopsis de la misma:

"En el 9177, mil años arriba, mil años abajo –que tampoco hay que pillarse los dedos con estas minucias-, el mundo entero –y según algunos autores, el universo también- se ha visto reducido a un solo Edificio Representativo y a unas afueras cochambrosas habitadas por todos los parados y hambrientos del cosmos.

En el Edificio Mundial viven un Rey picajoso y cargante, un general de la Guardia Civil, un almirante de la Marina argentino, dos barberos, un fraile de la teología de la liberación y un cura fascista, un alcalde con su mujer y su jefa de gabinete -Méndez-, el conserje y un grupo de chicos y chicas de la juventud rebelde.

Una selección natural, que asegure la libre competencia y duplique el ejercicio de cualquier actividad allí dentro.

En las afueras, en chabolas y otras construcciones rudimentarias, habitan todos los desgraciados del universo, asaeteados día y noche por una megafonía cansina que pretende convencerles de que viven en el mejor de los mundos posibles.

Entre todos estos desgraciados, José María, decide que con las dificultades que haya que salvar y mediante la venta en el Edificio Representativo de una riquísima limonada que él manufactura, otro mundo es posible".

Como ven, la idea del invento sigue la línea la aclamada "trilogía surruralista" de Cuerda, formada por 'Total', 'Amanece que no es poco' y 'Así en el cielo como en la tierra'. Y, sin embargo, no es más de lo mismo. El propio cineasta confiesa que no quería ceñirse a "un discurso que fuera continuación lineal de 'Amanece, que no es poco', sino que ya empalmaría yo por donde me conviniera".

Liberado, pues, de ataduras argumentales y nada seguro de que fuera a acertar con el guión, Cuerda dio palos de ciego hasta que tropezó con la peregrina ocurrencia de dar una voltereta hacia el futuro: "Así pude situar el disparate en el año 9177, mil años arriba o mil años abajo, para no pillarme los dedos".

Sin duda, hace falta dotes de adivino para prever cómo serán las cosas en tan lejano tiempo. Así que, para acertar, Cuerda ha apostado a todos los números: "En el 9177 habrá, lo tengo intuido, unos 493 supervivientes a las 8636 guerras mundiales y las 36 siderales que se han producido. Y podrá ocurrir cualquier cosa. Yo decidí que ocurriera todo. Absolutamente todo. Y que había que dar preferencia a lo que produjera risa, mucha risa; pero, para no caer en la mera y grande tontería, habría que simultanear la gansada con el prurito ético, la agudeza filosófica, el buen uso de la costumbre que se lo merezca y el ejercicio del amor, sexo mediante".

Como no podía ser de otra manera, en ese mundo futuro imaginado por Cuerda, la todopoderosa Guardia Civil seguirá teniendo un papel fundamental, incluso en mayor medida que en nuestros días: "La defensa que ha hecho siempre la Guardia Civil del libre albedrío será paradigmática en manos de la Guardia Civil Mundial, perfectamente encarnada por un general y un número (la tradicional pareja) de la Benemérita".

Y contra todos los pronósticos republicanos, la monarquía será la forma de gobierno en el porvenir imaginado por Cuerda; pero tranquilos, que no será una monarquía cualquiera, sino una monarquía celtibérica: "El Rey de España, por más que no pueda evitar su acento norteamericano y llegar tarde a todas las citas, está, como le obliga su condición, al tanto de todo para ejercer con orgullo el poder arbitrario, juguetón e impertinente".

Poco más me cuentan de la película. Pero sí me dan un garbeo por distintos decorados que sirven de pistas impepinables: una barbería de época reconstruida cuchilla a cuchilla y brocha a brocha, un señorial palacete y, sobre todo, esa casa cuartel de la guardia civil donde transcurre la última escena del film, con un Miguel Rellán a quien el uniforme de la benemérita le queda casi tan bien como al gran José Sazatornil "Saza", que en gloria esté.

Cual convidado de piedra, asisto al rodaje del último plano. Repiten la cosa un par de veces y, al terminar por fin, el equipo aplaude y vitorea a actores y director como se merecen, pero sin llegar a mantearlos. Entretanto, en la maquinita procesadora de imágenes, toda la teatral actuación que acabamos de contemplar se transmuta en cine puro y duro. El punto y final coincide con el mediodía y Cuerda y los suyos se van a mover el bigote.

Servidor se dirige a la salida, dejando atrás al celoso portero de finca urbana y a ese futuro rancio de ladrillos y caudillos, para regresar al mundo real, o sea, al Madrid de 2017: cualquier parecido entre este orden y el de 9177 es pura coincidencia. ¿O no? Bueno, así, a bote pronto, ambas épocas coinciden en algo: tres o cuatro días a la semana sale el sol, aunque sea por donde le dé la gana.

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