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El pueblo valenciano famoso en el mundo entero gracias a su “batalla de ratas muertas”

31 Ene 2018
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Iñaki Berazaluce

Lanzamiento de rata, primer strike. Foto: PACMA.

Por culpa del temporal que azotó Valencia el fin de semana pasado la autoridad competente (el Ayuntamiento de Puig) ha suspendido hasta nuevo aviso la renombrada “batalla de las ratas muertas” que se celebrará durante el mes de febrero. La infame celebración ha traído fama (mala, pero fama) a este pueblo de la huerta valenciana, tristemente emparentado con Tordesillas, Coria y otras pedanías de España que siguen anclados en la Edad Media.

La “batalla de las ratas muertas” consiste exactamente en eso: una vez al año, los lugareños se enzarzan en una batalla en la que en lugar de lanzarse tomates -como hacen 50 kilómetros al oeste, en Buñolse arrojan unos a otros cadáveres de ratas. Tal cual. Esta “fiesta”, que en su día catalogamos como “la más asquerosa de España”, conmocionó en su día al periodista de Wall Street Journal que intentaba desentrañar la inveterada costumbre tan española de maltratar al menos un animal para honrar a un santo.

El Partido Animalista (PACMA) lleva desde 2012 intentando infructuosamente que se prohíba la batalla de las ratas de Puig. “Incluso aunque estén muertas, las han tenido que matar para este festejo. Y por más que sean ratas, no dejan de ser seres sintientes que sufren. ¿Nadie ha pensado en esa rata como un animal que sufre y siente?”, se pregunta Silvia Barquero, presidenta del PACMA.

La organización consiguió grabar en 2016 esta bárbara celebración con cámara oculta, al igual que hicieron un par de años antes los miembros del equipo del documental ‘Santa Fiesta’. Las imágenes son impactantes: niños de apenas seis años jugando y arrojando cuerpos de ratas muertas. Ratas que han sido matadas para la ocasión. “Si algo sobraba en el campo de Puig eran las ratas”, justifica un defensor de la tradición a un periódico local.

“Estamos haciéndole un flaco favor a la marca España”, me explica por teléfono Silvia Barquero: “Esto no es algo que diga yo, sino que incluso lo dice el Real Instituto Elcano [en boca de su colaborador William Chislett, ex corresponsal en España de Financial Times]: es difícil pretender que alguien se anime a invertir en España como si fuera el Silicon Valley europeo cuando trascienden este tipo de imágenes. Estamos tirando piedras contra nuestro propio tejado”. O ratas, mejor dicho.

La bárbara costumbre de romper una piñata llena de animales vivos -incluyendo palomas y conejos- se remonta a finales del siglo XIX. Los quintos que se marchaban a la mili en la época -otro rito anacrónico felizmente superado- celebraban su marcha con una paella en la que, según comenta al diario Levante un vecino del pueblo, “incluso se ponían ratas muertas”.

En una fecha tan reciente como 1997, esos mismos quintos -sus bisnietos, vaya- reventaban conejos, palomas y ratas vivas contra las paredes. Cuando el periódico se hizo eco de esta barbarie, los quintos prescindieron de los conejos y las palomas y se quedaron con las ratas, que total, no tienen demasiados defensores. En definitiva, la “batalla de las ratas muertas” data de poco más de veinte años.

Ilustración de WSJ.

Sea como fuere, matiza Barquero, “los motivos por los que se hiciera en el pasado no justifica que se siga haciendo ahora. ¿Qué sentido tiene un festejo como este a día de hoy? La reflexión que me sugiere este comportamiento es si debemos mantener tradiciones basadas en el sufrimiento de los animales, ya sean toros, ratos, caballos o cabras”.

Resulta cuando menos llamativo que un país que ha sido la vanguardia de muchos derechos sociales en el mundo -como el matrimonio entre personas del mismo sexo-, y en el que son excepcionales los brotes de xenofobia que asolan otros países europeos se cebe con tal saña con los animales con la excusa de cualquier celebración. “Daría para un tratado antropológico para saber cuál es el trastorno social que permite y ampara esas tradiciones”, reflexiona en voz alta Silvia Barquero, del PACMA.

Con información de Levante, WSJ y Strambotic.

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