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Así tuiteaban los diputados del siglo XIX

24 Feb 2018
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Ad Absurdum

Los políticos de antes, mucho mejores que los de ahora.

De vez en cuando surge algo de polémica sobre el comportamiento de algunos diputados que son de tecla rápida y zasca en manga. Entonces es cuando los guardianes de la corrección política (entiéndase en este caso que nos referimos estrictamente al ámbito político, del Congreso) se ponen un poco meapilas de más y dicen que hay que guardar las formas, que qué es eso de los diputados haciendo gracietas.

La ironía parece que también está mal, los comentarios jocosos sobran, que a ver qué hacen los congresistas siendo infantiles, que deberían trabajar más en lugar de responder ingeniosamente y que la abuela fuma. Parece que lo que queremos es algún tipo de robot aburrido y anodino que nos gobierne. Oh, espera.

Mucho mejor, oiga.
(Pavía dando el golpe de Estado que acabó de facto con la Primera República).
La Madeja Política, 24 enero de 1874.

En fin, vayámonos un poco más atrás en el tiempo para hablar de los políticos tuiteros del siglo XIX. Hoy en día no falta el típico que dice que los diputados de ahora son unos inútiles en comparación con los de antes, pero como poco podemos aseguraros que no eran menos respondones. Es más, empecemos con uno de los míticos de la Cámara, Práxedes Mateo Sagasta, que llegó a justificar este tipo de respuestas con una copla durante una sesión:

Para tener libertad

y seguir de ella gozando

hay que hacer de cuando en cuando

alguna barbaridad.

Al propio Sagasta le dieron un buen repaso con su propia medicina en un periódico:

Verde la color, grande la boca

el tupé recogido y aplastado,

cuando habla, la bilis le sofoca

y le zurra con gracia al más pintado.

Pelazo el de Sagasta.

Por si fuera poco, todavía Sagasta tiene un momento de flema británica que rompe el molonómetro. Ojo al asunto. Los días 14 y 15 de julio de 1856 el Congreso se puso en contra del gobierno del general O’Donnell, que decidió bombardearlo como venganza (pero, eh, los políticos del XIX mucho mejores que los de ahora). Según consta, un cascote cayó junto a Sagasta, que recogió el trozo y pidió que constase en acta.

También al gabinete de O’Donnell, Antonio de los Ríos Rosas, que fue presidente del Congreso varias veces, le soltó: “Sois una serie de ceros con una unidad a la cabeza [refiriéndose a O’Donnell]. ¿Qué será de vosotros si esta unidad desaparece?”.

Antonio de los Ríos Rosas.

Y como tenía para repartir a todos, cuando le preguntaron por el general-presidente Narváez tras visitarlo en una ocasión en que se encontraba enfermo, Ríos Rosas dijo: “¿Y qué quiere usted que me parezca un tirano con gorro de dormir?”. Narváez se lo merece.

Si no te crees que se lo merece, ojo al comentario del Espadón de Loja (como se le llamaba). Hablando sobre Nicolás María Rivero, cuando este fue detenido tras la revolución de 1854, Narváez dijo: “¡Qué lástima de hombre, voy a tener que fusilarlo!”. Eran otros tiempos.

El mismo Nicolás María Rivero fue protagonista de un buen corte parlamentario cuando en 1869 un diputado se remontó a épocas geológicas para explicar la democracia, y Rivero dijo: “Permítame usted, voy a ir pidiendo un paraguas para cuando empiece el diluvio”.

Monumento a Castelar (fotografía: Luis García).

Pero lo de hablar del pasado (pasándose un poco de rosca) se ve que era típico. Pasemos a otro grande del XIX, Emilio Castelar, reconocido popularmente como el mejor orador del Congreso (de hecho, el premio al mejor orador tiene su nombre actualmente). Ser el mejor orador no le curaba de ser un pelín pedante, así que, cuando mientras hablaban de temas referentes Andalucía Castelar empezó a citar a clásicos griegos, Francisco Silvela dijo: “Dejadle, que don Emilio está hoy en Atenas. Hasta mañana no regresará a Antequera”.

Castelar volvería a ser diana de Silvela en otra ocasión: “Don Emilio, en un bautizo querría ser el niño; en una boda, el novio; en un entierro, el muerto”. Pero ojo, que Castelar también repartía amor entre la gente. Resulta que él ya se enfrentó al típico enterao que sabe más que tú de tu trabajo. Un día, un comerciante de bacalao le estaba dando la turra sobre temas políticos y le respondió: «En bacalao es usted un Metternich. En política es usted un bacalao». Además, mítico es su rifirrafe sobre españolidad con Cánovas del Castillo.

Castelar el pacificador. Aplastar cantones allá donde estuvieran.
Caricatura de Castelar en «La Madeja Política» de Tomás Padró Pedret (Noviembre de 1873).

Avancemos en el tiempo. Durante la Restauración (a partir de 1874), los gobiernos del conservador Cánovas del Castillo fueron duramente atacados por sus adversarios. Cómo sería las cosas que, cuando un día en las Cortes se fue la luz, al volver Cánovas saltó: “Gracias, señor presidente, si la luz no llega a recobrar fuerza, la oposición hubiera acusado justamente al gobierno de ser enemigo de las luces”.

En otra ocasión, un diputado le dijo a Cánovas sobre otro diputado: “Esa persona me molesta”. Cánovas le respondió: “Pues le es a usted infiel. También me molesta a mí”.

Los tejemanejes de Cánovas y Sagasta. Revista «El Loro», 1881.

Famoso es el pique Cánovas-Sagasta, y algún momento nos pueden ofrecer. Sagasta le tiró al cuello una vez con esta pulla: “A falta de razones con que convencer a la Cámara, el señor Cánovas trata de seducir a sus señorías con chistes malagueños”. Cánovas levantó la voz y recordó la tierra de Sagasta: “A ver los chistes de Logroño qué tal”.

El buen zasca tuitero. Se ha oído hasta en Andrómeda. La onda expansiva habría derribado a varios tabarnianos en el proceso si existiesen.

BONUS TRACK: Cavernícolas y jabalíes

A principios del siglo XX también se repartían las tortas en el Congreso. Os dejamos unos ejemplos.

En las Cortes de la Segunda República era muy normal cascar motes a los diputados: los ultraconservadores eran llamados “diputados cavernícolas” y los alborotadores, “jabalíes”. De hecho, el mote “jabalíes” fue cosa de José Ortega y Gasset, en su paso como diputado por el Congreso: “Es preciso que no perdamos el tiempo. Nada de divagaciones ni de tratar frívolamente problemas. Sobre todo nada de estériles e inútiles vocingleos, violencias en el lenguaje o en el ademán. Porque es de plena evidencia que hay sobre todo tres cosas que no podemos venir a hacer aquí: ni el payaso, ni el tenor, ni el jabalí”.

Media docena de diputados folloneros se sintieron identificados con el nombre, y siempre buscaban nuevos jabalíes. Entre otros, le hacían ojitos a Miguel de Unamuno. De hecho, una vez se acercado al escritor y le dijeron “Don Miguel, aquí tiene usted a los cinco jabalíes de la Cámara”. Este respondió: “Imposible, los jabalíes van solos o en parejas. Los que van en piara son los cerdos”.

Ale, ahí queda, para la próxima vez que alguien diga no-sé-qué de que la seriedad de los diputados de ahora.

Bibliografía:

CARANDELL, L., El show de sus señorías. Lunwerg editores.
AD ABSURDUM (2017): Historia absurda de España, ed. La Esfera de los Libros.

Ad Absurdum suele escribir sobre historia, a veces en libros como Historia absurda de España.

BONUS TRACK: Cuando los EEUU censuraron un sello de Correos por “indecente”

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