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Cuando un gitano y un payo murcianos estafaron al Louvre

29 Mar 2018
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Ad Absurdum

El Corro y Emeterio Cuadrado, circa 1945.

Tenemos que remontarnos a finales del siglo XIX y principios del XX para hablar de una de las engañifas españolas más absurdas de nuestros tiempos. Española, pero más concretamente murciana, porque como decía Joaquín Reyes en aquel mítico sketch: “a un murciano no se la meten doblá”.

Eso sí, a la inversa parece ser que es totalmente factible. Y si concretamos un poco más veremos que los estafadores no eran ni más ni menos que un gitano y un payo de Totana (cuna de la gran Bárbara Rey) y el estafado, entre muchos otros, el mismísimo museo del Louvre.

En esta época, el boom de la arqueología empezaba a pegar fuerte en España. Había una especie de romanticismo que atraía a arqueólogos de todo el continente, especialmente franceses y belgas, hacia el pasado de una España exótica y fascinante.

Los arqueólogos Enrique y Luis Siret y el director del Louvre del momento, Pierre Paris, trabajaban en las excavaciones del yacimiento totanero de La Bastida, una joya de la cultura argárica que parece que se está empezando a poner en valor en la actualidad, al haber sido catalogada por algunos expertos como “la primera ciudad europea”. La poesía se escribe sola. ¿Os imagináis? La primera ciudad de Europa en Murcia. Madre mía. Menuda puta lección de humildad para más de uno.

¿Murcia, el origen del civilización occidental? BOOM.
[Vista frontal de la fortificación de La Bastida, con varios lienzos de muralla y cinco de las torres macizas descubiertas (Fuente: Asome, 2012)]

La cuestión es que esta Jericó murciana sí que estaba soterrada tras 4.000 años de existencia, y en las campañas arqueológicas del momento el método científico no siempre era el más adecuado, y participaba mano de obra del pueblo y los alrededores.

Gente que acababa viviendo de las piezas que iban apareciendo a base de pico y pala y que vendían a los académicos que rondaban las “excavaciones”. Todo suena a puro contrabando arqueológico, pero es que en los inicios de la arqueología era así, ¿qué esperabas? Algo más cercano al estilo cazatesoros de las películas que a los pincelitos de hoy en día.

La arqueología es una disciplina delicada.

Es aquí cuando entran en escena nuestros pendencieros amigos: el Corro y el Rosao, un gitano y un payo de Totana. Fue en ese contexto de trapicheo en el que nuestros pícaros amigos decidieron sacarle provecho al filón de la moda arqueológica y empezaron una fraudulenta empresa que duró más de 20 años.

—Nos habían hablado de un Sr. Ingeniero belga, D. Luis Siret, que vivía en Herrerías, cerca de Villaricos y que era muy entusiasta de estas cosas. Nos aseguraron que le sacaríamos algunos miles de pesetas, pues era además persona de gran posición. Preparamos el golpe. “El Rosao” dio rienda suelta a su imaginación y confeccionó una colección de “santos”, “guerreros” o lo que fuese aquello, como no se habían visto iguales en ningún tiempo ni en ningún país. Se reunió una buena “cosecha” y ¡a Herrerías con todo!…
-—¿Cuánto dirá Vd. Que ofreció por todo aquel “tesoro”?…
—No sé, ¿mil pesetas?

Pues bien, como se deja ver en esta entrevista, ese fue ni más ni menos que el trabajo que aquí el Corro y el Rosao se dedicaron a hacer durante más de 20 años. Una labor sistemática de falsificaciones de piezas originales de yacimientos argáricos e ibéricos que después vendían a los coleccionistas y arqueólogos del momento, que no dudaban en pagar buenas cantidades para poder llevarse a los museos de sus países las mejores piezas.

Su picardía y meticulosidad (o más bien su afán por ganar dinero) les llevó a desarrollar técnicas bastante sofisticadas para que sus piezas colasen como  buenas. Fueron ayudados y asesorados por un maestro alfarero (estamos en Totana, ciudad alfarera donde las haya) que les enseñaba a reproducir lo más fielmente posible las piezas, fijándose en otras que habían aparecido ya.

Lo más bonito es ver cómo se interesaron por aprender a consultar libros, ya que ese afán les había llevado incluso a querer documentarse con catálogos arqueológicos. Para que luego digan que la delincuencia no es un precursor de la cultura.

Casa argárica en el yacimiento de La Bastida (Fuente: Proyecto.bastida)

El Corro y el Rosao eran unos auténticos profesionales de lo suyo y cuando se ponían manos a la obra se lo tomaban más que en serio. Como decimos se fijaban muy bien en los modelos originales, practicaban mucho hasta conseguir la pieza perfecta y cuando estaba perfectamente ejecutada tocaba envejecerla correctamente para que diera el pego. Las dejaban varios días sumergidas en las playas de Águilas (cuna de Paco Rabal y Soto Ivars) para posteriormente enterrarlas y someterlas a distintos procesos de envejecimiento, obteniendo un resultado digno de unos genios de la falsificación.

Los hermanos Siret y el director del Louvre fueron algunas de las ingenuas víctimas de estos dos pícaros alfareros, llegando a tragarse como buenas varias piezas falsas que no solo se dieron por verdaderas, sino que incluso fueron llevadas al propio museo parisino, donde hoy en día, dada la perfección de su ejecución, siguen mezcladas en los fondos del museo con piezas originales sin poder saber cuáles son falsas y cuáles no.

Uno de los muros exteriores del Museo del Louvre

Bonus track: el tragicómico desenlace

Pero como en toda historia en la que el lucro fácil viene, pues fácil se fue, y es que, como todos sabemos, la avaricia rompe el saco. La ambición por seguir ganando dinero les llevó a cometer un error tanto o más absurdo que el de los arqueólogos. Viendo el interés que suscitaban las antigüedades en estos dos especímenes, el cura de Totana les regaló un libro ilustrado: Las cerámicas precolombinas aztecas de México.

Nuestros estafadores amigos se vieron maravillados por las bonitas y originales formas de la cerámica y la escultura precolombinas y no se pensaron dos veces el ponerse manos a la obra con la reproducción de tan exóticas piezas, que a su juicio no podían hacer otra cosa sino triunfar entre los expertos. Pero fue aquí donde se acabó el chollo.

No lo sé Siret, parece falso…

Como era de esperar, tal disparate no consiguió engañar a los arqueólogos, que cerraron el grifo y no volvieron a ser timados. Nuestros totaneros pasaron entonces de falsificadores a expoliadores, unos auténticos bandoleros de la arqueología, donde ya no les fue tan bien, pero ya nadie pudo quitarles lo bailao: que dos murcianos le colaran piezas falsas al Louvre de París.

Con información de Descubriendo Murcia, La Opinión y Ad Absurdum.

Ad Absurdum suele escribir sobre historia, a veces en libros como Historia absurda de España o Historia absurda de Cataluña.

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