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Cuando los gallegos descubrieron Australia

03 Jun 2018
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Ad Absurdum

Durante los siglos XVII y XVIII, exploradores de media Europa (holandeses, británicos, portugueses y españoles) se disputaban la exclusiva de “descubrir”, describir y, en última instancia, quedarse para sí cualquier pedazo de tierra que pillasen. Incluido lo que se conocía como Terra Australis, un supuesto continente que existía en la imaginación colectiva de los europeos desde la Antigüedad, y que en principio se situaría en el extremo del Hemisferio Sur, mucho más austral y mucho más en el quinto coño que cualquier terruño conocido hasta el momento.

Lo que hoy en día son Australia y Nueva Zelanda no fueron descubiertas así a lo bruto, bueno a lo bruto quizá sí, lo queremos decir es que no fue cosa de un día. Las evidencias de aquellas tierras lejanas y exóticas iban in crescendo con los rumores y los ilusionantes datos que llegaban con cuentagotas de algún motivado de turno que se había echado al mar a darse una vuelta.

Mapamundi de las Tabulae Rudolphinae de Kepler de principios del XVII donde oh, sorpresa, ni rastro de Australia y Nueva Zelanda (aún).

Serían el explorador británico James Cook y su tripulación a bordo del HMB Endeavour los primeros en ir a cosica hecha a explorar estos lares, y por tanto los primeros en describir con gran profusión de detalles las costas de Nueva Zelanda en un primer lugar y de Australia en un segundo allá por 1770.

El Endeavour. Bueno, este es otro, pero mola más.

Cook y compañía decidieron darle cierta oficialidad a la exploración de estas tierras, pero tenían un problema: en 1642 el neerlandés Abel Tasman, el muy pájaro, ya había llegado a Nueva Zelanda y a la isla a la que hoy en día hace honor a su nombre, Tasmania. Y pese a que bordeó Australia tanto por el sur como por el norte, el GPS no debió funcionar muy bien, y no fue capaz de reconocer y definir con claridad un nuevo continente. Lo típico que te cruzas con 7.700 putos kilómetros cuadrados y no te das ni cuenta.

Aquí el tal Abel Tasman enseñando cómo no vio venir la salida de Australia y se la saltó. “No estaba bien señalizado aquello”, alegó. Imagen: Australian Museum.

Pero es que antes incluso que Tasman, su compatriota tulipán Willem Janszoon y el español Luis Váez de Torres, ambos en el año 1606, consiguieron avistar y pisar tierra de la gran isla-continente. Como se puede observar, conforme seguimos tirando del hilo, siempre hay alguien que llegó antes que otro, así que dejémonos de rodeos y planteemos pues la pregunta definitiva: ¿quiénes fueron los primeros europeos en llegar y quedarse en las Antípodas?

Para resolver este magno interrogante tenemos que remontarnos a 1525, casi 250 años antes del primer viaje del Capitán Cocinillas, cuando partió desde A Coruña hacia la India una expedición comandada por García Jofre de Loaísa. Esta expedición sería la segunda en circunnavegar la Tierra, tres años después de la gesta de Magallanes, así que poca broma con ella.

Sello conmemorando el paso de Váez por el estrecho  al norte de Australia que hoy en día lleva su nombre.

El quid del asunto lo encontramos en el extravío de uno de los barcos de la susodicha expedición, la carabela San Lesmes, que se perdió en el océano y nunca fue encontrada. Este buque llevaba consigo una tripulación de unas 50 personas de origen mayoritariamente gallego. Durante siglos, nada se supo de la suerte que corrieron estos galaicos hombres, pero algunas pistas empezaron a surgir y a calentar a los investigadores, que se pusieron a atar cabos y elaborar teorías, algunas más alocadas que otras.

La primera teoría es la de Roger Hervé, conservador del Departamento de Mapas de la Biblioteca Nacional de París, que en 1982 publicó Découverte fortuite de l’Australie et de la Nouvelle-Zélande par des navigateurs portugais et espagnols entre 1521 et 1528. Era un artículo con tostón de título (como la mayoría de este tipo) donde defiendía que la San Lesmes no visitó a Bob Esponja en el fondo del mar, sino que continuó su viaje hacia el oeste, intentando llegar a las islas Molucas, y llegó a Nueva Zelanda y Tasmania, donde habrían acabado dejando huellas culturales, lingüísticas e incluso descendencia. Desde ahí algunos habrían seguido de vuelta posteriormente por el litoral este de Australia hacia el norte, hasta ser capturados por los portugueses que rondaban la zona protegiendo su dominio sobre las Molucas.

La San Lesmes zarpando de vuelta.

La teoría número dos (y más flipada) es del historiador Robert Langdon (sí, Robert Langdon, como el de El Código Da Vinci), de la Universidad de Canberra, que publicó en 1988 La carabela perdida (The lost caravel), en la que afirma que estos gallegos de la San Lesmes se establecieron en Nueva Zelanda, Australia y la isla de Amanu. En esa isla, en 1969, durante la construcción de una base militar en la Polinesia Francesa para las famosas pruebas nucleares, encontraron los cañones de la nave, así que en teoría allí habría encallado la carabela tras una tormenta perfecta. El profesor Langdon se apoya también en una serie de narraciones que cuentan la llegada de este naufragio.

El profesor Robert Langdon, el que mola.

Tras desprenderse de los cañones, el navío habría podido llegar hasta Anaa. Aunque iba muy dañado, después habría seguido hasta Raiatea, donde se habrían quedado algunos tripulantes para intentar reparar el barco. Años después, otro grupo volvió a intentar emprender el viaje, pero los esfuerzos de los náufragos de la San Lesmes fueron en vano. A bordo de su maltrecha carabela sólo consiguieron llegar a Nueva Zelanda y, posiblemente, a Australia.


Réplicas de las carabelas de Colón para la Expo de Sevilla del 92, para hacernos una idea de la San Lesmes.

La San Lemes fue, por tanto, diseminando gallegos por media Oceanía, en su intento de retomar su empresa original. Langdon afirma que estos náufragos gallegos se establecieron y acabaron mezclándose con la población nativa, lo que explicaría por qué posteriores exploradores europeos como Cook encontraron al parecer unos indígenas de piel, pelo y ojos relativamente claros y acento como de Lugo.

Langdon también defiende que dejaron huella de su lengua gallega y castellana en el idioma y topónimos locales, y lo más curioso y controvertido de todo: los gallegos de las Antípodas habrían construido hórreos como los de su tierra natal según los estudios de este profesor. Al final hasta lo de que hay gallegos hasta en la Luna va a ser cierto.

Bibliografía:

LANGDON, R. (1988), The Lost Caravel Re-Explored, Canberra, Brolga Press.

Ad Absurdum suele escribir sobre historia, a veces en libros como Historia absurda de España o Historia absurda de Cataluña.

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