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Felipe V, el Borbón más zumbado de la historia de España

26 Jul 2018
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Ad Absurdum

Pues aquí estamos.

Con la llegada del siglo XVIII, el reinado del peculiar y limitado Carlos II llegó a su fin. Una moción de censura a los Austrias (en forma de guerra) dejó en el trono de las Españas al primero de una estirpe que aún hoy en día soportamos sobre nuestros hombros: los Borbones. El encargado de formar gobierno era Felipe de Anjou (en adelante Felipe V) y, por supuesto, nadie se podría imaginar que llegase a ser más gobernante deficiente que su predecesor. Pero esto es la monarquía, amigos, y uno no puede subestimar el poder de la endogamia y las taras borbónicas.

Este hombre, conocido como el Animoso apenas tenía la capacidad de evitar cagarse encima (y ojo, que no todos podían decir eso) y el ánimo de un orangután narcotizado. Pusilánime y tocado de la cabeza, Felipe V no fue educado para ser rey, de hecho, fue educado para ser un segundón, y esa educación de contención y predisposición a la sumisión le pasó factura cuando le llegó el turno de reinar en España.

Su todopoderoso abuelo, Luis XIV, el célebre Rey Sol, dirigía Francia de forma absoluta, y de paso a su nieto, al cual manejaba como un títere desde Versalles. Felipe no estaba anímicamente para gobernar, y lloró como un niño cuando los representantes de su abuelo le dijeron que lo iban a abandonar por ser un auténtico patán y que le iban a quitar los ruedines para que gobernara él solito. Para más inri, la persona que lo controlaba en España era la princesa de los Ursinos, una mujer con unas dotes de mando que ya quisiera Felipe. Eso le hizo estar muy celoso de ella y que su autoestima se menoscabase aún más.

Habló de putas la Tacones.

De todas maneras este espécimen de homo borbonicus primigenius se repuso de su depresión y se marcó un objetivo: demostrarle a su abuelo que no era un inútil. De una forma casi kamikaze se lanzó a ganar una Guerra de Sucesión que parecía tener perdida. Lo consiguió. Y entonces vino la euforia, el subidón y la turra de repentino enterao. Esta crecida de su ego le llevó a decir cosas como que la virgen del Pilar era francesa (es decir, una talla procedente del país vecino), contrariando al futuro dicho popular. Así, porque sí.

La familia de pirados de Felipe V, por Van Loo.

Pero, tras motivarse ante la adversidad, solo podía venir un bajonazo brutal en una persona con tal estabilidad mental. Ese mínimo ejercicio de liderazgo acrecentó severamente sus problemas. Y dado que para estos monarcas el Estado eran ellos mismo, el propio país se resintió con él. El embajador francés atribuyó su estado a su ninfomanía: «el monarca se está destruyendo visiblemente a causa de la utilización excesiva que hace de la reina. Está completamente agotado». Remarcamos la expresión «utilización excesiva».

La reina, ante esta situación, intentó recortarle el follisqueo, así que comenzó a decirle que dolía la cabeza. Más de una noche se montó un jaleo por una deliberada negación conyugal que dejaba las gónadas de Felipe a punto de explotar. Nuestro semental amigo se plantó en la cuarentena siendo, según las fuentes, un hombre «ya muy encogido y de piernas torcidas», no sabemos si de tanto sexo o de tanta oración. Todo lo que no fuera copular, rezar o cazar suponía para él una tediosa tortura.

Hay que sumarle a todo esto que ocasionalmente se mordía, chillaba y cantaba por las noches, por una extraña paranoia que le hacía creer que lo querían envenenar a través de la ropa. Si nos lo imaginamos con un cucurucho de papel de aluminio en la cabeza, el anacronismo se muestra aceptable, porque tenía esa típica pinta de conspiranoico inestable.

También tenía rachas en las que creía ser una rana, y como tal se comportaba haciendo uso de los estanques de palacio para sus anfibios menesteres. Todo eso sin disminuir ni un ápice su voraz apetito sexual .

Salió rana el tal Felipe V (ilustración de José David Morales para Historia absurda de España)

Otras veces le daba por intentar cabalgar los caballos de los tapices que colgaban de alcobas y salones. Tales son las descripciones de sus desvaríos, que no podemos dejar de mostrar algunas citas literales de la época: «no se levanta de la cama, pues la longitud de las uñas de los pies le impide caminar, aunque a veces no lo hace porque está convencido de que uno de sus pies tiene distinto tamaño del otro». Y hay más: «su hijo, el Príncipe de Asturias, fue conducido ante su presencia para convencerle de que cambiara las sábanas». Felipe, hay que ventilar esto, virgen santísima, que se huele a cuco.

Dramatización (que no exageración) del estado de Felipe V.

«Su Católica Majestad parece estar haciendo experimentos para vivir sin dormir». El colega cenaba a las cinco de la mañana, se acostaba a las ocho y se levantaba sobre el mediodía para comer un poco e ir a misa. A continuación se pasaba la tarde mirando bobaliconamente por la ventana y hasta las dos de la madrugada no llamaba a despachar a sus ministros. Así que tenía los ritmos circadianos reventaditos el pobre. Los suyos y los de toda la corte, claro.

Fue en 1724 cuando Felipe, hasta la polla de todo, se marcó un Zidane y decidió abdicar en su hijo Luis, pero ni eso le salió bien al pobre Felipe, pues no le dio tiempo ni a dejarle una nota a su hijo heredero Luis I con las instrucciones del reino, ya que el niño la palmó solo ocho meses después de llegar al trono. Otro éxito de la administración Borbón.

Felipe V abdicando (fotaza de Dani Gago)

Lo normal es que pasara el siguiente de la lista, Fernando (nuestro coprófago amigo), pero la manejanta de Isabel de Farnesio presionó para que Felipe volviese y que no reinase así otro hijo de la anterior esposa de Felipe. Se salió con la suya Farnesio y, presionado, convencido, drogado o como fuera, Felipe volvió al trono, sacrificando su bienestar personal por la felicidad de sus queridos súbditos.

 

Felipe V aplicando el 155 en Cataluña (decretos de Nueva Planta en mano), algo por lo que allí lo quieren mucho.(ilustración de José David Morales para Historia absurda de Cataluña)

Felipe intentó abdicar de nuevo en 1728, pero le cortaron el aberrunto con unas mini vacaciones en Sevilla. El rey era ya por esos momentos un «a ver si me muero» andante, y nada parecía librarle de ser monarca, ya que hasta la muerte se burlaba de él.

Finalmente, consiguió alcanzarla: Felipe V moría en julio de 1746 con el récord bajo el brazo de haber tenido el reinado más longevo de la historia de España, con 45 años en el trono, y el mayor de nivel de demencia hasta la fecha. Dejó el listón muy alto el primer Borbón de nuestra historia.

 

Bibliografía:


AD ABSURDUM (2017): Historia absurda de España, ed. La Esfera de los Libros.
KAMEN, H. (2012): El Rey Loco y otros misterios de la España Imperial.

SOLÉ MARINO, J. M. (2003): Los pícaros Borbones. De Felipe V a Alfonso XIII.
VALLEJO-NÁGERA, A. (2006): Locos de la Historia.

Imágenes: WIKIMEDIA COMMONS

Ad Absurdum suele escribir sobre historia, a veces en libros como Historia absurda de España.

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