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Harto de la música que sonaba en su restaurante favorito, Ryuichi Sakamoto decide hacer su propia ‘playlist’

29 Jul 2018
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Iñaki Berazaluce

Lejos de mi intención que compararme con el genial Ryuichi Sakamoto, compositor que saltó a la fama en los años 80 gracias a la banda sonora de ‘Feliz Navidad, míster Lawrence’, pero a mí me ha sucedido algo parecido, que paso a relatar:

Recientemente ha abierto en mi pueblo una nueva cafetería: es amplia, tiene un ambiente muy agradable, un café decente y unas camareras encantadoras. Y luego está la música. La música, cómo decirlo… es un atentado contra el buen gusto: los días buenos suena algún ritmo sabrosón, lejanamente reguetonero, para animar el desayuno del personal. Los regulares se puede oír ese pop aflamencaó que anega la programación de Cadena 100 y que casi (casi) te hace añorar a Estopa.

Los días malos suena Jarabe de Palo. En bucle.

Y eso sí que no.

-Perdona, ha sonado ‘Depende’ por tercera vez. Puedo preguntar quién pone la música y qué criterio sigue.

-¡Uy! La he puesto yo, que me gusta Jarabe de Palo, y como estoy sirviendo los desayunos ni me he dado cuenta de que se repetía.

‘Depende’. Tres veces.

6.200 kilómetros al oeste de mi pueblo, en Nueva York, a Ryuichi Sakamoto le pasó lo mismo, elevado todo al nivel “sakamotiano”, se entiende. No se trataba una cafetería de San Carlos, Ibiza, sino un restaurante japo de Manhattan: Kajitsu, que se vanagloria de servir comida japonesa inspirada en la filosofía zen. Ahí es nada. Pero la música, ¡ay, la música!

Sakamoto, vecino del West Village, acudía asiduamente al restaurante no por la música sino muy a pesar de ella. La banda sonora era “desconsiderada”, en palabras del periodista de The New York Times que nos trae la historia cruda como bandeja de sashimi: Sakamoto habló con el dueño y le ofreció crear una ‘playlist’ para deleitar los oídos de los clientes de Kajitsu, igual que los cocineros deleitaban sus paladares y el decorador la vista con el inequívoco minimalismo japonés.

El resultado está en Spotify. Es una delicada colección de piezas sutiles, algunas de piano, y que pueden recordar alguna de las composiciones del propio Sakamoto, aunque él ha tenido la humildad de no incluir ninguno de los suyos. Como dice el cronista Ben Ratliff en el artículo, “si me voy a gastar un buen dinero en una comida, no quiero que el lavaplatos o alguien de la oficina lo cocine; quiero que se encargue un buen cocinero. Lo mismo es aplicable a la música, que después de todo sonará antes, durante y después de la comida”.

Yo no tengo ni el tiempo ni el talento de Sakamoto para elaborar una ‘playlist’ para la nueva cafetería de San Carlos, así que solamente daré un par de consejos que, en mi muy humilde opinión, pueden mejorar mucho la experiencia del cliente en cualquier espacio público en el que, no lo olvidemos, tenemos que tragarnos la música que nos pongan, nos guste o no. Ahí van:

-No pongas la radio. O al menos, no pongas la radio comercial. Nada resulta tan invasivo, desagradable y gritón como una cuña radiofónica. Además, yo ya he pagado por el desayuno, no quiero publicidad.

-Si no te llega para pagar Spotify Premium (son 10 euros al mes, alma de cántaro) pon una radio sin anuncios: Radio 3 o Radio Clásica. Cadena 100 o Los 40 no son una opción.

-Lo mismo aplica para la tele, pero esto es una batalla perdida. Aquí soy yo el que no entrar en un bar que tenga la tele puesta con el volumen subido.

-Pon música que pase desapercibida. A ser posible sin letra, puramente instrumental: jazz, clásica, electrónica, Ray Coniff, música de ascensor… Puede que no sea la música favorita de muchos de tus clientes, pero seguramente no será detestada por ninguno.

-Cada música tiene su momento El reguetón es infame a cualquier hora, pero en el desayuno, directamente criminal.

-El silencio es una opción muy a tener en cuenta.

Con información de The New York Times . ‘Playlist’ de Kajitsu en Spotify.

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