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O Carballiño, también conocido como “Novayorciño”, el epicentro del feísmo gallego

24 Ago 2018
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Iñaki Berazaluce

Edificio San Pablo, la Torre Sears de O Carballiño.

En las inmediaciones de Ourense, a apenas 20 kilómetros de la muy noble (y calurosa) capital gallega, se alza un pueblo extraño, abigarrado, desmesurado y absurdamente vertical. Se trata de O Carballiño, señalado por los propios gallegos como el epicentro de esa expresión urbanística conocida como “feísmo gallego” y de la que ya hemos dado cuenta en este blog.

A Carballiño se le conoce también como “Novayorciño” por su remoto parecido con Nueva York y sus rascacielos. El apodo no es mío, más quisiera, sino del mismísimo Rey Emérito, Juan Carlos I de Borbón, quien, en una visita a la localidad, expresó su estupor con la altura de los edificios con su inequívoco tono campechano: “Coño, si esto parece Nueva York”, dicen que dijo el rey jubilado al contemplar el paisaje desde la torre del Templo de Veracruz, que con sus imponentes 59 metros debería -pero no lo hace- dominar el paisaje de Carballiño.

La anécdota me la cuenta Noemí, la simpática encargada de la oficina de turismo de O Carballiño. Con una sinceridad rayana en la candidez, Noemí me señala en el plano de la villa algunos de los adefesios arquitectónicos que merece la pena visitar. Tristemente, el mapa oficial sólo señala los edificios presuntamente “bonitos”, los que deberíamos desear visitar los turistas: el citado Templo de Veracruz -más impactante que armónico- o las apacibles Termas de O Carballiño, a orillas del Arenteiro.

Vista aérea de O Carballiño.

Sugiero a Noemí que se incluyan los rascacielos de hormigón en la próxima edición del mapa turístico de O Carballiño y me voy a visitar la joya de la corona, el Edificio San Pablo, que con sus doce plantas de hormigón y aluminio es, oficiosamente, la Torre Sears de Carballiño. El San Pablo no decepciona: “Es el edificio más feo de O Carballiño y posiblemente uno de los más feos de España”, me habían prometido en la oficina de turismo. También es el más alto y dominaría el skyline del pueblo si no fuera porque está en un punto bajo, en la carretera de Ourense, a pocos metros del Templo de Veracruz y su gigantesca torre. La desmesura de sus proporciones no viene sólo de su altura sino también de su angostura: el ancho del edifico casi se puede abarcar extendiendo los brazos, dos puertas por planta.

José es uno de los vecinos más antiguos del Edificio San Pablo. Lleva viviendo 45 de sus 55 años en el séptimo piso y regenta desde hace más de 30 el único local de los bajos: un bar de copas que en sus momentos de gloria también fue karaoke, como atestigua su evocador letrero. “Mis padres se fueron a vivir a Venezuela y cuando volvieron, a finales de los sesenta, se compraron tres pisos y el local. Vinieron forrados. Si sigo aquí es porque estoy cuidando de mi madre y de mi tía, que tienen más de 80 años”.

La historia de los padres de José es común a la de muchos habitantes de Carballiño y, por extensión, de Galicia: migrantes que vuelven de hacer las Américas y, con esa desdichada combinación de dinero, seguridad en uno mismo y falta absoluta de gusto, empiezan a levantar en sus pueblos de origen los primeros engendros del feísmo gallego al grito de guerra de “¡Botalle cemento e pronto!”

En la Galicia de los años 60 y 70 se juntan el hambre del nuevo rico con las ganas de comer del desprecio por el pasado rural que asoló todo el resto del país. Durante aquella época ominosa se derribaron puentes romanos, se reemplazó madera de roble por aluminio y brotaron en el centro de las ciudades adefesios urbanísticos propios de un demente. El feísmo gallego sólo es la punta del iceberg de aquel fenómeno, y Carballiño, la morsa que sonríe encaramada en la cima del iceberg.

Nota: A partir de las 10 de la mañana Strambotic de este viernes estará en Hoy por Hoy de la SER hablando del feísmo gallego, con nuestros queridos compañeros de Nación Rotonda.

BONUS TRACK: Feísmo gallego, el cómo y el por qué

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