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Fuimos a ver la famosa Sirenita de Copenhague y a su hermana, víctima de la modificación genética

27 Ago 2018
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Jaime Noguera

La melancólica estatua de La Sirenita es sin duda el monumento más famoso de la capital danesa. Oleadas de ansiosos turistas, en su mayoría asiáticos, se acercan cada día hasta el muelle donde se encuentra para sacarse fotos junto a ella, y comprar pequeñas reproducciones para pegar en sus neveras, quizás cantando sotto voce «solo nadar no es original por qué no tener un par de piernas y salir a pasear…»

Probablemente ninguno de ellos sabe que la célebre estatuilla fue regalada a la ciudad nórdica por un fabricante de cerveza, o que esta tiene dos hermanas a tan solo un centenar de metros. Una de ellas, muy crecidita y turgente y otra, sujeto del maltrato de algún científico que la modifico genéticamente.

Viajo en el tren de cercanías desde Ishøj, en el extrarradio de la ciudad de Copenhague. El billete, de ida y vuelta, me ha costado 130 coronas danesas de vellón. 17 euros y pico. Todavía removiéndome incómodo en el asiento por tal clavada, veo en la pantalla que llego a mi destino: Østerport. Me bajo y, como no podía ser de otra forma, empieza a llover. Pregunto a un par de personas por la Sirenita, contento de que no salgan huyendo a pesar del impermeable amarillo que llevo encima, propio del Capitán Pescanova o de aquel niño víctima de Pennywise.

La sirenita mala

Una señora con pinta de jubilada practicante de yoga me indica con fría amabilidad escandinava el camino a seguir. Que camine hasta un edificio de color chillón y gire a la derecha por Indiakaj, una calle de unos 200 metros de largo con edificios industriales de ladrillos rojos a los lados. Llego bajo la llovizna hasta una especie de muelle con un kiosco y un restaurante italiano donde casi choco con la versión para adultos de la criatura mitológica inmortalizada por Hans Christian Andersen …y Disney, claro.

La sirena que luce sus encantos ante mi poco tiene que ver con la encargada en 1909 por el empresario cervecero Carl Jacobsen, hijo del fundador de Calsberg y donada a la ciudad. Este híbrido de mujer y pez, esculpida en un bloque de granito y situada frente a una tienda se souvenirs está como mucho más bue…como más hinchada, ¿no?

La sirenita buena

Busco a alguien a quien preguntar por la sirenita genéticamente modificada, pero parece que con la lluvia todo el mundo se ha puesto a cubierto, así que recorro el camino ya andado y paso el puerto deportivo lleno de barcos de vela hasta que encuentro un cartel que señala “Den lille havfrue”. Frue es “mujer” en sueco, una lengua en la que me manejo, hav significa “media” y lille es “pequeña”, así que “la pequeña media mujer” debe ser la sirenita, digo yo. Eso, y que cada vez hay más japoneses con cámara en ristre a mi alrededor me da la pista final. Tras pasar un recoveco, me encuentro junto a la conocida estatua de bronce. Como en las películas, se abre un claro entre las nubes y deja de llover momentáneamente. Neptuno me sonríe.

Una estatua para meterla en caliente

Jacobsen, el paganini de la obra, quiso homenajear, o eso dicen, a la bailarina Ellen Price, estrella del ballet danés de principios del siglo pasado, a la que propuso usar como modelo para la estatua de la humanoide anfibio. Que la artista se negase a posar desnuda para el rico heredero del imperio cervecero me da que pensar que lo del homenaje era lo de menos y que el adinerado niño pijo lo que pretendía era pasarse by the stone a la estrella de la danza. ¡Tonterías a mí!

Leo en Wikipedia que el escultor, Edvard Eriksen, acabó usando a su mujer como modelo, aunque cabeza y rostro los copió del de Ellen Price. Desde la distancia de una butaca del teatro, seguro.

¡La Sirenita tiene novio!

Sí, fetichistas de Disney. La Sirenita ha sido objeto de vandalismo unas cuantas veces y le han llegado a cortar la cabeza. Quizás para que no estuviese tan sola y desvalida, como leo en Wikipedia, unos escultores le hicieron un varonil noviete bautizado como Han (él, en danés) en acero inoxidable, como Superman, y que cuenta con un sistema hidráulico que le permite pestañear una vez cada hora. Un T-1000 sin cola y con un pene nada memorable. Ideal, oiga.

Lo que no se es cómo le preguntaron a la Den lille havfrue si le gusta la carne o el pescado, que igual le hubiese molado más liarse con su congénere de granito de grandes mamas, o con una merluza, ya puestos. Lo que está claro es que, al colocar a su pareja en la ciudad de nombre élfico de Elsinor, a 47 kilómetros de la roca sobre la que descansa, condenaron a la Sirenita a mantener una relación a distancia. ¡Malas personas!

En busca de la sirenita mutante

Se pone a llover a mares y me refugio en un restaurante en el que pides en la barra y te dan un cacharrito que, cuando la comida está hecha, te avisa vibrando para que vayas a por ella. ¡Qué cuqui! He pedido una hamburguesa y una cerveza. Me cuesta todo 200 coronas danesas. 27 euros, vamos. Cuando deja de llover, salgo renqueando en busca de la sirenita genéticamente modificada. Menos mal que la hamburguesa estaba buena…

Tras perderme un par de veces y que me vuelva a llover durante un rato, llego a una zona residencial con un canal en medio. Estoy en Langelinie Allé 17 y vislumbro en la distancia a la culpable de que mis zapatos sean dos piscinas olímpicas. La obra del artista Bjørn Nørgaard, una “provocativa y humorística visión de la sociedad posmoderna” según sus palabras.

Un par de ancianos me observan desde sus terrazas y, cuando ven que reparo en ellos, se esconden en el interior de sus modernos apartamentos. Cuando estoy junto a la «sirenita diferente», no me hace gracia, no encuentro el humor, que seguro que lo hay, pero debe ser muy danés. Su visión me parece hermosamente triste, mucho más que la de su hermana «normal», la del novio en Granada (que no tiene novio ni tiene nada), es una imagen dura con aires a Mengele y al Doctor Moreau.

Se entiende que Nørgaard la describa como una crítica a la modificación genética, aunque dicha modificación, dicho sea de paso, no tenga por qué crear monstruos como piensan muchos magufos. Al revés, puede contribuir, bien llevada, al desarrollo de la humanidad.

A esta pequeña criatura, al contrario que a su hermana la guapa, no le han arrancado la cabeza nunca, no le han hecho bullying. Quizás porque, desde su pequeña isla a la intemperie, ya lucha cada día, armada solo con sus ángulos convexos, contra el orden natural.

Agradecimientos al Festival Internacional de Cine de Ishøj  y a su director, Jorge Rivera, por la invitación que me permitió (siempre en mi tiempo libre) visitar a estas tres agradables señoritas.

Con algúna info de la Wikipedia.

Jaime Noguera es sirénido fallido y autor de España: Guerra Zombi.

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