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Proyecto Islero: cuando el Ejército español quiso probar una bomba atómica en el Sahara

18 Sep 2018
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Jaime Noguera

En diciembre de 1958 Francisco Franco inauguró el Centro de Energía Nuclear Juan Vigón en la Ciudad Universitaria de Madrid. Todo un logro cuando, desde la derrota de los regímenes fascistas europeos en 1945, España había sido el apestado de Europa hasta que unos Estados Unidos necesitados de plataformas desde las que impedir la expansión comunista, se fijaron en nuestra reseca península. Más al sur, un joven Marruecos independiente reclamaba Ceuta, Melilla y el Sahara Español. Con la idea de desarrollar medios que hiciesen cambiar de idea a nuestros vecinos del Sur, se comenzó a fraguar la idea de crear una bomba atómica española. Al plan secreto que debía conseguir esta meta se le llamó Proyecto Islero, nada menos que en honor del miura que mató a Manolete en 1947.

La dirección del proyecto, de máxima prioridad para franquistas clave como Agustín Muñoz Grandes (sí, el de la División Azul) y Carrero Blanco, le fue encomendada en 1963 al ingeniero y general de división del ejército del aire Guillermo Velarde. Este, con cierto bagaje científico dividió el plan en dos partes. Por un lado debía obtenerse la bomba atómica como tal, pero la parte contratante de la segunda parte exigía la construcción de un reactor nuclear,  fabricar los elementos combustibles del reactor y una planta de extracción del plutonio de los elementos combustibles sacados del mencionado reactor.

Se optó por fabricar una bomba atómica low cost. Algo baratito, que no estaban el tesoro público para desmanes. El modelo elegido fue el de bomba de plutonio 239. En 1966, por cierto, como contó El Confidencial, se produjo el famoso accidente nuclear de Palomares, en el que Velarde recibió el encargo de examinar los restos de las bombas norteamericanas extraviadas y de recoger muestras para ser analizadas. Algo que le vino la mar de bien.

El “un, dos, tres, un pasito a pa’ lante María” nuclear de Franco

Ese mismo año, Franco mantuvo una reunión con Velarde. Al vigía de Occidente le daba miedito que los espías aliados se enterasen de que estaba intentando crear una maquinita que hiciese ¡Bum! como en Hiroshima y Nagasaki y le friesen a sanciones. Así que, le dijo al general que pospusiese  el desarrollo físico, aunque no teórico del ingenio radioactivo.

En 1968, España no firmó el Tratado de No Proliferación Nuclear, y  el primer reactor nuclear español produjo los primeros gramos de plutonio de uso militar. Uranio de raza, español. Con olor a toro. ¡Rabat podía ponerse a temblar!

En 1971 se retomó el proyecto Islero. Esta vez se decidió que el plutonio directamente se produciría discretamente en la central de Vandellós. Fue entonces cuando alguien debio caer en que, una vez conseguida la bomba, habría que anunciar al mundo que la España de Franco era una potencia (o algo) nuclear. ¿Y qué mejor forma de hacerlo que con una buena explosión? El lugar elegido para ser nuclearizado a mayor gloria del aguilucho patrio fue el sur de Esmara ( la única ciudad importante del Sahara Occidental que no fue fundada por españoles, y donde, curiosamente, se constituyó el Frente Polisario el 10 de mayo de 1973)

Foto de “La Mili en el Sahara”

La CIA se emociona

Según describió el profesor Roberto Muñoz Bolaños, de la Universidad Camilo José Cela, en su artículo El Proyecto Islero. La bomba atómica española, la CIA redactó un informe en el la agencia de espionaje norteamericana se mostraba entusiasmada con los planes de Franco.

 “España es el único país europeo que nos merece atención como posible proliferador en los próximos años. Tiene reservas autóctonas de uranio de un tamaño medio, y un amplio programa de energía nuclear de largo alcance (tres reactores en funcionamiento, siete en construcción, más diecisiete planificados) y una planta piloto de separación química. España ha rehusado firmar el NPT, aduciendo que las garantías de protección para los países no nucleares son insuficientes; mientras que los requisitos de inspección pueden perjudicarlos en cuanto a la competencia nacional”

La erección se les vino abajo a los hijos del Tío Sam cuando el 11 de junio de 1973, Carrero Blanco se convirtió en presidente del Gobierno. Era un anticomunista convencido, sí, pero no sentía excesiva simpatía por Estados Unidos, era pro árabe y tenía la idea fija de que si los estadounidenses querían seguir usando sus bases en territorio español tenían que entregar al país tecnología militar sofisticada y comprometerse a defender nuestras fronteras.

El patinazo de Carrero Blanco

El 15 de diciembre de 1973, Velarde se reunió con el teniente general Manuel Díez-Alegría, jefe del Alto Estado Mayor , y con su hombre de confianza, el entonces general de brigada de Artillería Manuel Gutiérrez Mellado. El científico les aseguró que que España tenía capacidad para fabricar tres bombas de plutonio al año.

Díez-Alegría le ordenó que pusiera esas conclusiones por escrito (y con una traducción al inglés adjunta) en un máximo de dos folios de para que Carrero pudiese usarlo en una reunión que estaba a punto de tener con el secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger.

Durante dicha reunión, Carrero le comentó a Kissinger el deseo del Gobierno español de que Estados Unidos garantizase su apoyo a España en caso de agresión. El sanguinario político le dijo que “nanai” al españolito, que con los bemoles heridos se sacó el informe nuclear de los pliegues de su chaqueta y lo plató en las narices al yanqui. El mensaje estaba claro: si los EEUU no defendían a España ante las aspiraciones marroquíes, España tendría que hacerlo por sí misma. Vamos, que nos poníamos a fabricar super-petardos en menos de lo que se tarda en decir “para bailar esto es una (bomba) Para gozar esto es una (bomba)”

Kissinger, aparentemente impresionado, abandonó España a toda prisa. Al día siguiente de la aquella reunión, una bomba de ETA enviaba a los cielos a Carrero Blanco.

“Que nuestro mecánico le revise el coche a Don Luis. ¡Y gratis!”

¿Y qué pasó entonces?

El proyecto Islero sufrió un proceso de zombificación, dando bandazos entre oficinas de los sucesivos gobiernos españoles hasta que en el 13 de octubre de 1987, el entonces socialista ministro de Asuntos Exteriores Fernando Morán, firmó en nombre de nuestro país el Tratado de No Proliferación Nuclear.

Con información de El Proyecto Islero. La bomba atómica española, de Roberto Muñoz Bolaños.

Jaime Noguera escribió la conspiranoica novela España: Guerra Zombi‘.

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