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Pompas fúnebres caninas: a un perro de Ferrol le ponen una tumba junto a la de su amo

07 Nov 2018
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Luis Landeira

Aunque amemos a los animales más que Félix Rodríguez de la Fuente (que en gloria esté), ha llegado el momento de reconocer que la cosa del animalismo se nos está yendo de las manos. O de las zarpas, si quieren. Y dentro del animalismo, lo que podríamos llamar «perrismo», una mezcla entre moda y plaga que ha llenado las casas, calles y plazas de las ciudades de chuchos. Y de cacas, muy a pesar de las multas.

Así, mientras los índices de natalidad caen por los suelos, fruto del paro y la apatía, se diría que los niños están siendo suplantados por perros, como en una versión pulgosa de ‘La invasión de los ultracuerpos’. Bromas aparte, es obvio que la gente está humanizando a sus mascotas, tratándolas como si fueran verdaderos bebés.

FOTO: INSTAGRAM @parishilton

Antes, sólo los más excéntricos millonarios le compraban ropitas y jugaban a las casitas con sus perritos. Paris Hilton le construyó una mansión a sus trece chihuahuas, y Odín, el fiel perro de Rainiero de Mónaco, desfiló tras el féretro del monarca el día de su entierro.

Pero en la actualidad, estos comportamientos se extienden de forma imparable, dando lugar a todo tipo de negocios y tocomochos relacionados con los chuchos de marras. Entre ellos, el cada vez más rentable nicho (nunca mejor dicho) de las pompas fúnebres caninas.

Un pionero en tan macabro terreno ha sido el vecino de Ferrol (A Coruña) Juan José Teijeiro Castiñeiras, orgulloso dueño del perro Zippy. Tras contemplar atónito el entierro de Rainiero en la tele, el tal Teijeiro no quiso ser menos y exclamó: «¡Yo el día que me muera quiero que pongan el nombre de mi perro en la esquela!».

Dicho y hecho, el 31 de marzo de 2016, Juan Teijeiro falleció, y al día siguiente, su asombrosa esquela, publicada en el diario regional La Voz de Galicia, incluía el nombre de sus mascotas mezclados con los de la parentela. Ahí estaban «tus perritos, Zippy y Natatcha», tras su esposa, hijas y yernos, y… ¡por delante de sobrina, ahijados, cuñados y demás familia!

No contentas con esto, las hijas de Juan Tejeiro, Ana y Dolores, decidieron levantarle una estatua fúnebre al perro Zippy, y colocarla en el cementerio de Catabois, Ferrol, frente a la lápida de su dueño. Las chicas explicaron al diario La Voz de Galicia que «Zippy era un miembro más de la familia. Mi padre no tenía nietos y Zippy era como uno para él. No le importaba que nosotros no estuviéramos en casa, pero el perro tenía que estar».

Cuando, hace seis meses, Zippy pasó a mejor vida, Ana y Dolores movieron Roma con Santiago para ponerle un monumento funerario en el cementerio: «No fue fácil, pues hubo que conseguir el permiso del Concello, que tardó un año, y encontrar una figura de un maltés lo más semejante a Zippy». Pero, al final, lo lograron.

Foto: La Voz de Galicia.

Ana y Dolores consiguieron la estatua del perro gracias a un familiar, que la compró en Chicago. Después, le encargaron un pedestal, con la inscripción «Siempre juntos», al mismo marmolista que esculpió la lápida de su dueño, el naronés Ubaldo Rey: «Quiero pensar que siguen estando juntos –confesó Ana– Me gusta mucho cómo quedó el monumento, no podía ser muy alarmante».

Curiosamente, Zippy visitó en vida el lugar donde hoy se alza su monumento, pues poco después del entierro de su dueño, Ana y Dolores lo llevaron al cementerio: «No nos dejaban entrar con él, pero lo trajimos escondido, en brazos, debajo de una manta. Le dijimos: “Dale un beso, que ahí está papá”. Y fue a darle besos a la lápida». Poco después, Zippy murió de una afección respiratoria similar a la de su dueño.

Restos de Zippy. Foto; Familia Tejeiro.

Naturalmente, el perro no está enterrado en el camposanto público, puesto que tal cosa, de momento, está prohibida. Las cenizas de Zippy descansan en casa en una urna, junto a una enmarcada huella de su patita derecha. Pero su estatua permanece ahí, en Catabois, vigilando el nicho de su dueño con expresión vivaracha.

En cuanto a la familia de Juan Tejeiro, ya se han comprado un perro nuevo, pero siguen echando en falta a Zippy. No en vano, Ana afirma que «si me muero, espero que junten sus cenizas con las mías». Ante tan disparatada ocurrencia, sólo podemos decir ¡guau!.

Foto: Luis Landeira.

Contiene información e imágenes de La Voz de Galicia, El Salvador, El Territorio y ¡Hola!.

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