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‘Los tres Cristos de Ypsilanti’: Cuando pusieron a convivir a tres tipos que se creían Dios

24 Dic 2018
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Iñaki Berazaluce

“Todos los hombres querrían ser Dios, si fuera posible; algunos encuentran difícil admitir esa imposibilidad”. Bertrand Russell, ‘El poder: un nuevo análisis social’.

Dios es uno y es trino, como bien explicaba el cura de ‘Amanece que no es poco’, encarnado por el gran Cassen. Este sindiós aritmético en el que se asienta el cristianismo da pie a todo tipo de paradojas y a unas cuantas paranoias; verbigracia, que abunden las personas que se crean Dios. O Jesucristo, o el Espíritu Santo, que viene a ser lo mismo.

El psicólogo Milton Rokeach orquestó en 1958 un experimento rayano en la locura: hizo convivir durante dos años a tres esquizofrénicos que estaban convencidos de ser Dios. El objetivo del experimento era, según explica el propio Rokeach, “explorar los procesos de cambio de los delirantes sistemas de creencias y de conducta que podían darse si se les obligaba a enfrentarse a la mayor contradicción imaginable en un ser humano: que más de una persona reclame la misma identidad”.

El ensayo tuvo lugar en el Hospital de Ypsilanti, en Michigan, EE.UU. y fue minuciosamente narrado en el libro ‘Los tres Cristos de Ypsilanti’ (1964), tan divertido como inquietante. ¿O acaso el delirio de Clyde, Joseph y Leon no es un espejo deformante de nuestros propios delirios de grandeza?

Los tres Cristos de Ypsilanti son, por orden de aparición:

-Joseph tenía cincuenta y ocho años y llevaba hospitalizado casi dos décadas. De altura media y complexión también media, calvo y sin la mitad de los dientes, tenía cierto aire pícaro.

Clyde tenía setenta años y llevaba diecisiete hospitalizado. Medía más de dos metros y, a pesar de que había perdido casi toda la dentadura, afirmaba, cuando se le preguntaba, que estaba muy bien de salud; y en verdad lo estaba. Hablaba confusamente, en voz baja, cavernosa, resonante.

León era el que más se parecía a Jesucristo. Tenía treinta y ocho años y había ingresado hacía cinco. Alto, delgado, de aspecto ascético siempre con una expresión arrebatada de fervor, caminaba en silencio, con la cabeza alta, muy digno.

La primera reunión no decepcionó. Joseph y Clyde se enzarzaron en una disquisición teológica sobre quién de los dos era el verdadero Cristo e intenta que el otro -el falso- se postre ante él y lo adore. León, el más templado del trío, asiste a la gresca con disgusto, convencido de que está en compañía de dos impostores.

—¿Ha dicho que era usted Dios?

—Así es. Dios, Cristo y el Espíritu Santo.

—No sé por qué dice eso el viejo —intervino Josep—. Está obsesionado con ello, y quiere quitárselo de encima. Está bien. Por mí, está bien. Quiere sacárselo de la cabeza.

—¿Sacarse el qué de la cabeza?

—Lo que acaba de decir. Que creó a Dios y que era Dios y que era Jesucristo. Que ha fabricado muchos Jesucristos.

—¡No me jodas con eso! ¡Te lo demostraré! —gritó Clyde.

—¡Te digo que yo soy Dios! —Joseph también se había puesto a chillar.

—¡No lo eres! —exclamó Clyde.

—¡Soy Dios, Cristo y el Espíritu Santo! ¡Sé lo que soy y seguiré siendo lo que soy!

—¡Te quedarás aquí y harás exactamente lo que yo quiera que hagas! —dijo Clyde.

La historia de los tres Cristos fue llevada el cine en 2017 con ese mismo título: ‘Tres Cristos’. Peter Dinklage es uno de ellos y Richard Gere hace de psicólogo.

Creerse Dios está en el top de los delirios de grandeza de los psiquiátricos, con la probable excepción de estar convencido de ser Napoleón. Siglos antes del nacimiento del militar corso ya abundaban los wannabes del Mesías. Según relata Voltaire en su comentario sobre el ensayo ‘Crímenes y Castigos’ de Cesare Beccaria, Simon Morin fue quemado en la hoguera en 1663 por gritar a los cuatro vientos que era Jesucristo. Morin tuvo la mala suerte de conocer a otro individuo que estaba convencido de ser Dios en el manicomio en el que fue encerrado. Simon “quedó tan impactado por el disparate de su compañero que reconoció su propia locura y, aparentemente, recuperó el sentido durante un tiempo”, escribe Voltaire. Por desgracia para él -y quién sabe si para la Cristiandad- aquel momento de lucidez duró poco y las autoridades perdieron su paciencia, asándole a fuego lento en pago por su blasfemia.

Por increíble que parezca, aquella no fue la primera ni la última vez que coincidían varios Mesías en un mismo frenopático. El psiquiatra Sidney Rosen relata en el libro ‘My Voice Will Go With You: The Teaching Tales of Milton H. Erickson’ el caso de dos presuntas encarnaciones de Dios que se sentaron a debatir, igual que Clyde, Joseph y Leon, para dirimir quién era el verdadero Mesías. Milagrosamente, uno de ellos llegó a una clarividente conclusión: “Estoy diciendo las mismas cosas que dice este chalado. Eso debe de significar que yo también estoy loco”.

El libro y el experimento de Rokeach no aportan gran cosa a la ciencia de la psicología pero es una notable pieza literaria. De hecho, recuerda más a un programa de El Loco de la Colina que a un estudio psicológico serio. Hay que situar ‘Los tres Cristos de Ypsilanti’ en su contexto histórico, los años 60, una época en la que los hospitales psiquiátricos recurrían al electroshock como quien receta Optalidones, tal y como narró/documentó Ken Kesey en ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’. (Kesey basó su novela en los experimentos del Gobierno americano con drogas psicotrópicas en el hospital de Menlo Park a finales de los 50).

En una edición posterior del libro, en 1984, Milton Rokeach se disculpa por las discutibles prácticas de manipulación de sus endiosados pacientes: “Realmente no tenía el derecho, ni siquiera en nombre de la ciencia, de jugar a ser Dios e interferir en la vida cotidiana de aquellos hombres”. Amén.

Impedimenta tiene una traducción al español de ‘Los tres Cristos de Ypsilanti’, aunque también puedes leerlo aquí por la patilla. Con información de Slate y Wikipedia.

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