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Cuando nazis y americanos aparcaron la guerra para cenar juntos en Navidad

25 Dic 2018
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Ad Absurdum

Que no se quede una Navidad sin sus historias moñas, Un padre en apuros, sin sus cantos a la solidaridad y el amor al prójimo (y Jungla de cristal en la tele, claro). El resto del año ya tal.

Y nosotros vamos a poner de nuestra parte en ese festival de ñoñerías. Bienvenido a la Segunda Guerra Mundial (versión light).

En 1944 el reich nazi estaba listo de papeles, pero todavía daba algunos coletazos que ocasionaron sustos en el bando aliado. Empeñado en que podía darle la vuelta a la situación, Hitler lanzó una ofensiva para bloquear el Frente Occidental con la intención de obligar a EEUU y Gran Bretaña a firmar la paz y luego centrarse en detener el inexorable avance soviético. Eso sobre el papel, claro.

500.000 soldados alemanes atacaron las Ardenas el 16 de diciembre y pillaron a los aliados con el carrito de los helados. O, al menos, convertidos en buenos polos de hielo, porque tenían nieve hasta en los calzoncillos.

Infantería estadounidense  en batalla de las Ardenas, 1944 Fuente: Wikipedia.

Pese a la sorpresa y unos cuantos golpes de mano iniciales, los alemanes acabarían perdiendo la batalla y, pocos meses después, la guerra. Ahora bien, antes de llegar a eso, esas navidades fueron agitadas para todos. Los dirigentes alemanes pidieron a las fuerzas aliadas la rendición de Bastogne, y pronto les llegó la siguiente respuesta:

«Al Mando alemán:

¡L O S   C O J O N E S!

El Mando americano»

En el original decía «NUTS!», pero queda mejor en castellano.

Mientras tanto, un trío de soldados americanos lo pasaron un poco mal. El 24 de diciembre llamaron a la puerta de la casa de campo de Elisabeth Vincken y su hijo Fritz, cuya casa familiar en Aquisgrán había sido destruida. La batalla se desarrollaba cerca de su casa de campo, así que tres soldados estadounidenses (uno de ellos herido) fueron a parar a ese sitio y pidieron ayuda a la señora. Los soldados, de nombre Jim, Ralph y Herby, no hablaban alemán ni la señora inglés, pero se entendieron mediante el idioma universal: las señas. Y un poquito de francés.

Ella ayudó con las heridas del soldado y luego montaron un pequeño festín entre las reservas de los estadounidenses y comida de los propios Vincken. Empezaron a cenar, y en ese momento se escucharon golpes en la puertaEran cuatro soldados más, pero estos eran alemanesAquello se puso más tenso que un nazi fumando en pipa en una peli de Tarantino.

Imagen: Malditos Bastardos (Quentin Tarantino).

Pero tuvieron la fiesta en paz. Al fin y al cabo, era Navidad. La madre se interpuso entre los dos grupos, y dijo que allí había comida y cobijo para todos si se dejaban de tonterías. Se jugó el tipo, pero le salió bien. Los soldados se relajaron y disfrutaron de la cena juntos, e incluso los alemanes ayudaron al herido estadounidense.

A la mañana siguiente unos se fueron para un lado y los otros para el otro, pero la historia no acabó allí. Resulta que Fritz Vincken, el hijo de Elisabeth, se fue a vivir a Hawái después de la guerra y montó unas cuantas pastelerías. Tiempo después, en 1985, Ronald Reagan lo hizo mundialmente famoso cuando en una visita a Alemania contó su historia. 50 años más tarde de los acontecimientos navideños, Ralph Blank, uno de los soldados estadounidenses, recibió la visita de Fritz.

Fuente: Learning community

Corría el año 1996 y durante el emotivo encuentro Blank le dijo a Vincken: «Tu madre me salvó la vida». Según el Spiegel, Fritz pasó sus últimos días cazando criminales de guerra nazis, hasta que murió el 8 de diciembre de 2001.

Con información de Der Spiegel y una entrevista a Fritz Vincken.

Ad Absurdum es un grupo de divulgación histórica a través del humor. Han escrito el libro Historia absurda de España.

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