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Víctor Lenore: «La movida madrileña fue una escena cultural frívola, clasista, ególatra y neoliberal»

29 Dic 2018
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Luis Landeira

«Vamos a dejar a España que no la va a reconocer ni la madre que la parió», amenazó Alfonso Guerra en 1982, poco después de que el PSOE llegara al poder con su neoliberalismo travestido de socialismo. Y sin duda cumplió su promesa: una década después, España se había convertido en lo que Julio Anguita llama «un país de funcionarios, putas y camareros».

La vaselina de ese proceso de sodomización social fue la cultura, y de esto trata ‘Espectros de la movida. Por qué odiar los años ochenta’ (Akal), nuevo libro del crítico musical Víctor Lenore. Un verdadero ejercicio de memoria histórica que desmonta el relato oficial, sin falsas nostalgias y utilizando las mismísimas palabras de los protagonistas y sus adláteres.

Tan amado como odiado por su anterior ensayo, el best seller contracultural ‘Indies, hipsters y gafapastas’, que aireaba las miserias de la modernidad contemporánea, Lenore remueve ahora los polvos que trajeron estos lodos: los endiosados artistas de la movida y el régimen que los amamantó.

Para hablar de yuppies, pegamoides, babosos, irritantes, paletos y otros misterios, nos ponemos la chaqueta de hombreras, los calentadores y el guante de lentejuelas y contactamos con Víctor Lenore vía satélite. Que Mister X nos coja confesados.

Supongamos que me han dado un porrazo en la cabeza y he perdido la memoria. ¿Cómo me explicarías lo que fue la movida madrileña sin pelos en la lengua?

Te diría que fue una escena cultural frívola, clasista, ególatra, autocomplaciente y neoliberal, germen de un montón de dinámicas culturales muy nocivas que todavía perviven. Porque esto no es un libro sobre los ochenta, es un libro sobre la cultura actual. Hace poco, Alaska dijo que «Warhol es el tío que mejor vio el futuro cultural». Tiene razón: con sus diarios, fue el primer bloguero; con sus polaroids, fue el primer instagramero; con su Warhol TV, fue el primer youtuber. Warhol vio que la cultura iba a dar un giro hacia el individualismo y el narcisismo donde solo importan los clics, el dinero, la fama y la atención.

Siempre se ha considerado a la movida un fenómeno apolítico; sin embargo, en tu libro revelas que en el fondo tenía una fuerte carga ideológica.

La ideología más resistente es la que no crees que es ideología, sino una decisión personal. El otro día mi editor, que es algo más joven que yo, recordaba que en Madrid, en la sala Jácara, se cerraban las sesiones con las canciones ‘Todos los paletos fuera de Madrid’ de 7º Sello y ‘El imperio contraataca’ de Los Nikis. Y eso no es casual. La de los paletos dice que los de ciudad, los señoritos, son mejores que los campesinos. Y la de Los Nikis es nostalgia del pasado colonial, mirada despectiva hacia Sudamérica y «somos los mejores porque tenemos un ejército de puta madre».

¿La ideología de la movida implicaba abrazar el individualismo?

El individualismo, el narcisismo y la anglofilia. A los de la movida les parecían cutres los cantautores de la guitarrita. Una misa, un comedor social o un sindicato les parecían cosas absurdas, rechazables, antiguas y cursis, cuando justamente eran espacios de relación social de la clase trabajadora. Entonces, cuando dicen que la movida no es política, no es militante, no es panfletaria, no es cierto: hay unos valores políticos muy fuertes.

¿Supuso la movida una ruptura con la cultura franquista?

No. Fraga ya hacía eventos culturales para que en el extranjero vieran que España no solo era solo torturas y cárceles, sino también Dalí: coger pintores y compositores y decir que España era un paraíso de la creatividad. Y el PSOE hizo lo mismo, pero aplicado al interior del país: esconder sus valores pro-sistema, pro-empresariales, pro-IBEX y venderse como los jefes enrollaos que van con trajes de Adolfo Domínguez y se meten rayas por la noche.

Pese a que el título habla de «espectros» y de «odiar», tu libro es bastante contenido, es más un manual para comprender los 80 que para aborrecerlos. ¿Buscaste deliberadamente ese tono templado?

En este libro tenía dos opciones: hacer muchas entrevistas o leer muchos libros. Escogí los libros porque creo que la gente cuando se hace mayor falsea sus recuerdos de juventud, y es mejor ver lo que decían en la época. Y me di cuenta que las cosas que decían sobre sí mismos eran mucho más duras que lo que yo podía decir de ellos. Por ejemplo, cuando Pedro Almodóvar dice «nosotros militábamos en la frivolidad». No hace falta que les insulte cuando se retratan ellos mismos.

¿Por qué se han enfadado menos los movideros con este libro que los indies con el anterior?

Los personajes de la movida son mucho más listos que los indies, conocen muy bien cómo funciona la publicidad y saben que cualquier mención al libro, especialmente si es despectiva, va a hacer que se cree debate y se vendan más libros. Entonces se callan.

Wagner Clemente Soto dijo que el pop rock indie es el equivalente musical a la salsa de soja. ¿A qué equivaldría el pizpireto tecno pop de la movida?

El sonido del típico grupo de la movida lo asociaría al reducido de Pedro Ximénez, que por vulgar que fuera la comida, si la comías con ese reducido ya eras una persona súper sofisticada. Y en la movida si te ponían un tecladito en vez de una guitarra y un bajo ya eras una persona súper moderna. La movida ofrecía modernidad por el consumo. Un timo bastante evidente que hay que explicar, pues la gente ya está hasta las narices de la sobrevaloración de esa época. Eso de «la edad de oro del pop español» no se sostiene: los sesenta o los setenta fueron superiores. Y la prueba es, entre otras cosas, la cantidad de plagios que hubo en la movida.

«De la movida no ha quedado nada, ni una película ni una canción», dijo el exalcalde de Madrid José María Álvarez del Manzano. ¿Tenía razón?

Evidentemente no tenía razón, hay muchos discos salvables: de Los Coyotes, Golpes Bajos, Nacha Pop… También Los Secretos o Mamá tenían canciones muy buenas, aunque en su día los llamaran «babosos» tenían un repertorio muy superior al de los prestigiosos «irritantes». O el mejor grupo pop de la época, Gabinete Caligari, que iba contra el espíritu moderno de la movida, abogaba por relaciones sentimentales tradicionales y no miraba por encima del hombro a las personas de campo.

¿Y cuáles fueron los peores grupos de la época?

Derribos Arias fue el grupo más sobrevalorado de los ochenta. Su líder, Poch, tenía problemas mentales y hacía letras que hoy resultarían incomprensibles (y carentes de gracia) para cualquier veinteañero. O Siniestro Total, que eran superventas pero sonaban como la tuna de Empresariales con guitarras eléctricas.

También se hizo buena televisión. Un ejemplo fue ‘La bola de cristal’ que, aunque era un programa que presentaba Alaska y hacía apología de la movida, también incluía las fábulas marxistas de los Electroduendes, con máximas como «viva el Mal, viva el Capital».

Sí, en ‘La bola de cristal’ la estética movidera se aderezaba con mensajes anticonsumistas y abiertamente marxistas, obra de guionistas como Santiago Alba Rico o Carlos Fernández Liria. Se decía que los telediarios mentían o que no se viera tanto la tele. Debido a esto y a sus sketchs contra Felípe González o contra el pijerío de la enseñanza privada, Televisión Española eliminó el programa.

Mientras exaltaban el pijipunk de Kaka de Luxe, los propagandistas de la movida ignoraban a bandas antisistema tipo La Polla Records, Eskorbuto o Kortatu. ¿Fue por su ética o por su estética?

Los marginaron por su estética, por sus valores, por todo. Kaka de Luxe fue el grupo punk más esnob de la historia, unos cuasi niños que disfrutaban aireando palabras sucias, señoritos quejándose de cosas absurdas. Cantaban «que público más tonto tengo» o «qué feo es el metro», mientras The Clash se cagaban en la monarquía y en el sistema. La idea del PSOE es «no os vamos a dar justicia social pero os vamos a dar modernidad». Si tu miras a La Polla o a Los Chichos no te parecen gente moderna: unos te parecen unos zarrapastrosos de un barrio industrializado y otros unos gitanillos de extrarradio. Sólo hacía falta un vistazo para saber quién sería útil a los intereses del PSOE.

Sin embargo, uno de los miembros de Kaka de Luxe, y después en Paraíso y La Mode, Fernando Márquez ‘El Zurdo’, acabó vetado a raíz de su spot para Falange, cosa que no mentas en el libro.

Sí, y a mi me parece muy mal que se vete a alguien por falangista, sobre todo cuando falangistas había muchos en España. El Zurdo fue sincero, cuando todos los falangistas de la época lo que hacían era disimularlo. No me metí en eso porque es muy específico de la personalidad del Zurdo, mezclar antagonismo e ingenuidad. Además, busqué por miles de sitios y no encontré nada del spot, y estoy muy paranoico: desde el primer libro compruebo todos los datos para que no me caiga una lluvia de mierda en internet.

«Nos metieron en la cabeza que irse de juerga era contestatario. Fue una idea impulsada desde arriba»: esta frase de Patricia Godes da ganas de quedarse en casa.

Sí, también se lo he oído decir a Cristina Fallarás en una conversación informal, que la frase de Tierno Galván de «al loro y a colocarse» destruyó una generación. La gente se tiró a esto primero por hedonismo y luego porque creían que así tendrían unas vidas menos tristes que las de sus padres.

La movida no logró eso, pero en cierto modo sí lo hizo la ruta del bakalao, pese a su poso nihilista. ¿Por qué el poder apoyó la movida y reprimió la ruta?

Lo guay de la ruta es que no había élites culturales. En la movida había cuatro pandillitas que eran los molones y los demás les seguían y les imitaban. La ruta se parecía más a una fiesta de pueblo que al Studio 54, y aún así venía gente de Manchester, o famosos como Almodóvar, Victoria Abril 0 Antonio Banderas, porque los fans no les acosaban, no había prensa rosa y la fiesta era más divertida, sin tantos trepas ni tanta competitividad. Lo que pasa es que la ruta se convirtió en un problema de orden público para el PSOE y se la cargaron: «Somos socialistas pero esto no se nos va de las manos». Fue una forma de disciplinar a la clase obrera.

Se pasó del misionero a oscuras a la pansexualidad en muy poco tiempo. ¿Cómo afectó esto a la juventud?

Como dice Juan Manuel de Prada, eso fue un ataque a los valores familiares. Se intentó prestigiar la soltería y desprestigiar los lazos fuertes, que son los de la familia. Canciones como ‘Quiero ser mamá’ de Almodóvar y McNamara son elogios de la sexualidad individual frente a la familia: quiero ser mamá pero para que mi hija sea prostituta, actuar de forma luciferina, sacar dinero a los yuppies que tenemos alrededor… El sistema nos quiere solteros y los lazos humanos fuertes les espantan porque van contra sus dogmas del mercado liberal.

Y luego está el asunto de la homosexualidad, tradicionalmente considerada como un vicio burgués por la extrema izquierda. ¿Crees que el PSOE potenció al homosexual frívolo, consumista y superficial porque es más dócil ante los abusos del sistema?

Yo creo que no fue una conspiración, sino que ese tipo de homosexual sintoniza de forma natural con el sistema. Primero, tiene que ver con las industrias de la moda, la publicidad y la música, que desde los sesenta en Estados Unidos e Inglaterra fue dominada por homosexuales, así que aquí se apuntaron todos de golpe. Y luego tiene que ver con que el consumidor perfecto es una pareja sin hijos que los dos tienen sueldazo, la típica parejita de gays que pone su modernidad en cambiar todo el rato y se aburre si no tiene novedades culturales: el perfil canónico para lo que buscaba el PSOE. También fue una forma que tuvieron de diferenciarse de la derecha sin que hubiera ningún cambio en la estructura económica.

Y ahí entran las películas de Almodóvar, fiel reflejo de la movida.

Almodóvar captó el espíritu de la época, sus películas son como publirreportajes del yuppismo sociata: gays que han triunfado en las industrias creativas, moviéndose por la Latina o Huertas, y luego personajes rurales que representa como gente simplona con una vida hiperprogramada, sin ningún matiz emocional. Era el ideario sociata llevado a la pantalla. Es un cambio muy fuerte con respecto a los setenta, cuando se hacía documental social, cine experimental, películas como ‘El desencanto’, dramas rurales…

La droga también vino muy bien al sistema, especialmente la heroína.

Sí. En ese sentido, ‘Heroin’ de Lou Reed es una canción muy reaccionaria, de un tío que se aparta en una esquina de la sociedad y simplemente describe lo que ve, y dice «ojalá todo esto ardiera», pero él está ahí feliz con tu pico y no molesta a nadie. Se potenció esa posición: ni izquierda ni derecha, pero con una vida intensa, el  yonqui que ve el sistema podrido y casi siente satisfacción por no participar en él. Me parece un tipo de rebeldía muy cutre, casi de alegrarse de que todo vaya mal.

En los ochenta la juventud se convirtió en una nueva clase social, que despreciaba a los mayores. Excepto al «viejo profesor» Tierno Galván, una especie de abuelo de la movida.

Sí, pero Tierno era una mascotita benevolente. No me imagino a nadie a las dos de la mañana diciendo «qué grande es Tierno»; se le veía como «ji ji, ja ja, este viejo tolerante que nos deja hacer lo que nos da la gana». Había loas a la cantidad de presupuesto que gastaba en cultura, no a él. Y Tierno lo que quería realmente era mandar, su aspiración era ser el primer presidente de la democracia española y al final se tuvo que conformar con la alcaldía de Madrid. Pero no se le recuerda ningún enfrentamiento con nadie, fue un político un poco blando.

¿En qué se parecen Tierno Galván y Manuela Carmena?

Ambos son juristas, vienen del Partido Comunista sin mucha convicción, tienen ciertos valores republicanos… Pero lo que realmente les define es no meterse en conflictos con los dueños de la ciudad y creer que el distintivo de la izquierda es la cultura. Y es peor Carmena, porque cree que el único objetivo de la izquierda es hacer el centro más respirable y que haya más cultura. El concepto de la creatividad se usa para justificar la desigualdad económica, cosa que todos los coachs de negocios tienen siempre en la boca. Te están diciendo que si te han desahuciado, si estás en el paro o si no has subido en tu sector laboral en 30 años es culpa tuya por no ser lo suficientemente creativo.

En esta vorágine posmoderna, es normal que el ámbito rural se menospreciara y se destruyera. ¿Fue un sacrificio que el PSOE ofreció a Europa?

Totalmente. Fue una sumisión a los dictados de la Unión Europea, que decía «vosotros vais a ser el parque inmobiliario para los jubilados de Europa y nuestro patio de recreo para venir de vacaciones, y a cambio no vais a competir con nuestras industrias». Creo que España tenía la tercera flota pesquera, y hubo que desarticularla, como la industria o el sector agrario, desmontando todo lo que podría haber mantenido un buen mercado laboral. El PSOE vendió el país a la banca y a Europa.

‘Yo fui a EGB’, ‘Ochéntame otra vez’, las giras de viejas glorias… Lo que parece incontestable es que la movida sigue dando dinero. ¿Cuándo acabará esta pegajosa nostalgia que ya dura tres décadas?

Es normal tener nostalgia. Si antes con el sueldo de nuestros padres vivía una familia de cuatro miembros, ¿cómo no vas a tener nostalgia? Si te podías comprar un piso en nueve años y ahora tardas treinta, ¿cómo no vas a tener nostalgia? El mundo parecía un lugar seguro, agradable, encendías la tele y había programas bonitos… es normal tener nostalgia de los ochenta, y también de los sesenta y de los setenta, porque las condiciones de vida de la mayoría de la gente eran mejores. Que haya una industria cultural que explote esa nostalgia también es normal.

En el libro dibujas una línea genealógica que une movida, indiehipsterismo y trap.

Sí, eso se ve muy bien en los festivales de música o en la revista ‘Rockdelux’: apostaron por la movida, por el indie y por el trap porque gustan a los publicistas y al mundo de la moda. Pero Evaristo Páramo nunca sale entrevistado, Los Chikos del Maíz tienen la entrada vetada en Radio 3, y de Juan Magán ni hablar, y eso que ha inventado el género electro latino.

¿Quiénes son hoy los herederos de la movida?

Los Javis, Soy Una Pringada, Jedet… Son figuras que dicen «con una cámara que me he comprado en Media Markt me hago mi propio reality show y soy súper diferente». Alaska dice que con ellos se siente como en casa. Quizá de pequeños les pegaran en el colegio, pero ahora son el prototipo de triunfador de las industrias culturales. Es la democratización del elitismo: la gente que tiene nosecuantosmil likes en Instagram no se junta con quien no tiene ninguno.

Otro de los grandes herederos de la movida, y no sólo por su matrimonio con Alaska, es Mario Vaquerizo, a quien dedicas un capítulo entero del libro.

Tanto Mario como Alaska no engañan a nadie, tienen un discurso muchísimo más honesto que, por ejemplo, Loquillo, que presume de anarquista y hace anuncios para bancos y partidos. El discurso de Alaska siempre fue una mezcla de las posiciones de la CEOE, el culebrón ‘Dinastía’ y ‘Cuarto Milenio’. Se trata de un personaje tan estereotipado como Bertín Osborne. Y del histrión catódico Mario Vaquerizo me interesa el hecho de que alguien tan insustancial ocupe tanto espacio en los medios. Mi conclusión es que, como dijo el rapero Koma, «el sistema ama a los que no tienen nada que decir». El sistema mediático quiere a Vaquerizo porque es simpaticón, no crea problemas con los anunciantes y no ofende a nadie de la audiencia.

Bueno, no hace mucho dijo que «las anónimas que se meten conmigo en los foros de internet son todas unas feas y unas muertas de hambre».

Claro, Vaquerizo en el fondo es un yuppie riéndose de los pobres, como toda la vida de Dios: «Yo estoy aquí arriba y vosotros estáis ahí abajo y me criticáis por eso, porque no estáis donde yo estoy».

Fangoria se jactaron de su liberalismo galopante en una entrevista: «Si te has metido en un hipoteca no pidas luego que te saque el gobierno.». Sin embargo, la gente se indignó y los machacó en redes sociales. ¿Los tiempos están cambiando?

Sí, hubo indignación, pero tiene que ver con que el país está muy deteriorado: hoy, un día normal pre-Navidad va a haber en España 136 desahucios. El país se cae a pedazos, el mercado laboral está destruido, el mercado inmobiliario por las nubes… antes por lo menos las familias de clase media compraban una casa, ahora se alquila, y cada mes mil euros de tu sueldo van a las elites. Te tienes que politizar obligatoriamente porque estás defendiendo tus condiciones de vida más básicas.

Al final del libro das soluciones, formulas y esperanzas, basándote en planteamientos del ecologista Emilio Santiago Muiño que pasan por acabar con el dominio tecnológico y llevar una vida más digna y sencilla.

Lo que pretendía mostrar es que hay otras ideas de modernidad además de la de consumir y salir mucho. La movida era gastar pasta, ser guapo, ser listo y que te admiren, y a mi me parece mucho mejor el enfoque de Muiño, que dice que ser moderno es ver las necesidades y los recursos que tenemos y decidir lo que es mejor para todos. Estar menos pendientes de los cacharritos, prohibir los coches, viajar menos y tener más tiempo libre para relacionarnos con las personas de nuestro entorno.

Pero todos estos cambios son imposibles mientras impere este sistema. ¿Crees que el capitalismo se puede destruir o simplemente hay que esperar a que colapse, como aconsejó Marx?

Lo de «el capitalismo colapsará víctima de sus propias contradicciones» fue la profecía más desastrosa de Marx. Ahora las fuerzas ya son muy desiguales: la gente que quiere este sistema tiene todo el poder y los que somos perdedores de la globalización, víctimas o sujetos pasivos estamos totalmente indefensos. Es una situación muy jodida y de muy difícil solución. Lo que dice Muiño es que haría falta una catástrofe natural, un cataclismo o bien una conversión religiosa. Para dar el volantazo necesitamos algo parecido a cuando Johnny Cash y demás countries ciegos de cocaína y de follar y de ganar dinero, dicen: «ya no puedo más, me voy a convertir al cristianismo y voy a encerrarme en casa con mi familia».

Víctor Lenore sujetando la pared del bar Penta, uno de los templos de la movida. Foto: The Objetive.

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