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Síndrome de Cotard: así es la enfermedad que te hace creer que estás muerto

09 Ene 2019
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Jaime Noguera

En 1880, por la consulta de un médico francés se pasó una señora que afirmaba no tener cerebro, ni pecho, ni estómago ni intestinos. Aseguraba que el suyo era un cuerpo en descomposición, y que además carecía de alma. El galeno franchute, Jules Cotard intentó ayudarla, sin éxito: al estar segura de que no tenía estómago, se negaba a comer, por lo que murió desnutrida. ¿Nueva dieta de la alcachofa? Mais, non! Este singular transtorno fue bautizado como “delirio nihilista” o “de negación” por su descubridor, aunque después ha sido rebautizado (creemos que con acierto) como  “síndrome del muerto viviente”.

Cotard le puso su nombre a la enfermedad, pero, según leemos en el libro Radiografías de la Melancolía y la Nostalgia, de José Manuel Bielsa-Gibaja, había sido un británico, Charles Bonnet el que se topó en 1788 con otra mujer en las mismas circunstancias.

“Según explicaba, una fuerte corriente de aire frío la paralizó ‘como su hubiese recibido un garrotazo’ y, tras quedar inconsciente, al despertar pidió a sus hijas que la envolvieran en un sudario y la metieran en una ataúd, donde debía estar dada su condición de fallecida.”

Aquí en España las hijas le hubiese dado aguardiente, o un par de sopapos, pero las de la fallecida en diferido llamaron a un médico que la trató con opio. Y oiga, divinamente, a los poco días volvió a la normalidad, pero se pasó su vida (o algo) sufriendo episodios similares. Además de “irse”, al volver, la buena mujer contaba que había mantenido amenas conversaciones con personas muertas en su totalidad, y que incluso había cenado con algunas de ellas.

Charles Bonnet, con cara de no-muerto

Creyéndonos muertos desde hace mucho

La cosa venía de largo. San Marcos, en su Evangelio (5:1-20) cuenta la historia de un hombre que tenía la fijación de instalarse a vivir (¿?) entre las tumbas de cualquier cementerio, de donde el necro-okupa era una y otra vez expulsado, para volver siempre a la carga. Lo que no aclara el evangelista es si fue juzgado alguna vez por necrofilia.

Más tarde, el galeno andalusí Abdel Malek Ben Zohar, allá por el siglo XI, dejaría por escrito que se encontró una vez con un loco que afirmaba estar muerto. ¿Habría que abrir una petición en Change.org para que el Síndrome de Cotard se renombre como ‘de Ben Zohar’?

Una mujer de 28 años se presentó, a comienzos del siglo XX, delante de su matasanos y le dijo, tan pancha ella, que se le había podrido el hígado, y que lo olía descomponiéndose.  Una ciudadana filipina de cincuenta y trés años llamó a urgencias para notificar su propio fallecimiento y reclamando que se la llevase a la morgue para estar con sus nuevos amiguetes fiambres.

Tiempos modernos

En el artículo Betwixt Life and Death: Case Studies of the Cotard Delusion (1996), se describe un caso contemporáneo de delirio de Cotard,  en el que el protagonista era un escocés cuyo cerebro fue dañado en un accidente de motocicleta. En enero de 1990, después de ser dado de alta del hospital de Edimburgo, su madre lo llevó a Sudáfrica. Estaba convencido de que había sido llevado al infierno (lo que justificaba haciendo alusión al calor que hacía) y que había muerto de septicemia (lo cual había sido un riesgo real al principio de su recuperación), o quizás de SIDA (había leído una historia en The Scotsman sobre alguien con SIDA que murió de septicemia). Pensó que había “tomado prestado el espíritu de su madre para que le mostrarse el infierno”, y que su verdadera mamá estaba dormida en Escocia.

Y no se quedó aquí la cosa. Germán A. Berrios, psiquiatra peruano que trabaja en Cambridge, ha registrado un centenar de casos similares, incluyendo a una chica que, tras a llamar a la puerta de su despacho con los nudillos, le contó que no tenía manos.

Todo es subjetivo

La literatura médica indica que la aparición del delirio de Cotard está asociada con lesiones en el lóbulo parietal, lo que produciría una experiencia de la subjetividad extremadamente anormal. Como la que tuvieron Alaska para cantar “mi novio es un zombi, es un muerto viviente” o Mecano con “y los muertos aquí, lo pasamos muy bien, entre flores de coloreees”

Con información de Radiografías de la Melancolía y la Nostalgia, de José Manuel Bielsa-Gibaja y la Wikipedia.

Jaime Noguera escribió la novela de muertos vivientes España: Guerra Zombi‘.

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