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El singular restaurante malagueño en el que las raciones no se venden, se subastan

31 Mar 2019
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Jaime Noguera

Toda una institución en Málaga, el Tintero 2 es un negocio familiar conocido por su peculiar forma de servir a los clientes. Los camareros recorren el comedor con los platos de coquinas, paella, pulpo o boquerones en mano y gritando lo que llevan, a lo que los comensales corresponden pidiendo lo que les apetece. Y se cobra por plato. Equipados con 16 freidoras de 10.000 vatios de potencia, en feria así dan de comer a 4.000 personas cada día, entre las que han estado Antonio Banderas, Juan Tamariz o los integrantes de Mocedades. Tal es su fama que, en una ocasión, un multimillonario danés los contrató para que le montasen un banquete en Copenhague.

De rancio abolengo

Es un jueves, no uno de los mejores días de la semana para los negocios hosteleros de la Costa del Sol, y el Tintero 2 está bastante animado. Las planchas calientes y los platos de gambas y calamares listos para ser preparados sobre estas. Los camareros aclaran sus gargantas cual cantantes de ópera para la que se avecina. Y es que una faringitis puede ser motivo de baja laboral en un establecimiento en el que los platos se ‘subastan’ en voz alta.

El nombre del restaurante tiene que ver con una época en la que las redes se tintaban con alquitrán. Aquel era originalmente el negocio de los de la Torre (nada que ver con el actor que todo lo hace en el cine español). Esto, hasta que llegaron al mercado las redes chinas hechas con nailon, ya tintadas. Ante la debacle, tuvieron que reconvertirse, por lo que montaron en el barrio de El Palo su primer restaurante, el Tintero 1. El  primer local apenas tenía 40 metros cuadrados. El Tintero 2, que este año cumple 46 de su apertura, tiene 1.300.

Vender pescado agujereando tímpanos

«¡La pescadilla, la que se muerde la cola!», grita un camarero a mi lado. «Al aguacate, el aguacate, el guaki-guaki», suelta otro que viene detrás. Y es que cada plato tiene su propio ritual de venta, aderezado con rimas y bromas.

El marrón que llevó a la creación de la ‘subasta’ de pescado

Eduardo de la Torre, hijo de “El Nono”, fundador del restaurante (en una vitrina se venden figuras en miniatura de él, mientras un busto y una foto enorme en la pared decoran el establecimiento), nos cuenta cómo surgió la original forma de venta de los platos de pescado.

“Al restaurante siempre venía gente, pero un día, de pronto, se plantaron allí 80 personas que querían comer. Como había sillas para todos, algunos aceptaron sentarse en cajas. Mi padre le dijo a mi madre ‘Fríe todo lo que tengamos y lo serviré como pueda’. Mi padre fue sacando los platos y gritando lo que tenía en las manos, dejándolos en las mesas que los pedían. Él solo le dio de comer a toda esa gente. Además, mi padre no sabía tomar comandas: no sabía ni leer ni escribir. Con este sistema de ventas resolvía esta carencia y además alcanzaba más gente”

Con el tiempo, se han llegado a tener 115 camareros allí trabajando y se da de comer a 4.000 personas en un día de feria, durante agosto, un Apocalypse Now para cualquier restaurante, pero con beneficios. Eduardo nos comenta, mientras trasegamos chanquetes, un plato de rosada con ali-oli y un aguacate con gambas, que en verano vende alrededor de 1.000 kilos de pescado al día.

 

El misterio de los platos enterrados

El  Otra de las peculiaridades del local es la forma de recaudación de lo consumido. Un encargado de recoger el pago de los clientes recorre las mesas tras los camareros mientras proclama “que yo cobro, oiga, que yo cobro”. Un grito de guerra que ha producido decenas de chascarrillos en la capital de la Costa del Sol. Cuando alguien decide abonar ‘la dolorosa’ al corpulento cobrador , llama su atención (mediante mímica, levantando la mano, gritando ‘camarero, cóbreme’ o ‘niñoooooo’)  y este llega a la mesa y cuenta los platos, que dependiendo de su forma redonda u ovalada, tienen un precio u otro.

Esta forma de cobro, por ciero, despertó rápidamente la picaresca del público, generado algún problema (y alguna situación incómoda y surrealista) a los dueños del restaurante.

“Durante estos años he visto de todo. En la playa, cuando ya los clientes se habían ido, al barrer las servilletas o las cáscaras de las gambas de debajo de alguna mesa, de pronto tocábamos algo más sólido y, al escarbar, nos encontrábamos enterrados seis o siete platos. Esto pasaba bastante a menudo. Hace 25 años, cuando mi padre decidió poner un suelo de hormigón fuera, los trabajadores sacaron unos 4000 platos de debajo de la arena.

Otra vez, noté que en una mesa de quince personas había muy pocos platos. Se les cobró y cuando se levantaron, me di cuenta de que las tiras del bolso de una señora se ponían tensísimas, como si fuese muy cargada. No me pareció normal, y menos cuando vi que el bolso goteaba. Toqué el líquido y al llevármelo a la nariz reconocí el olor del caldillo de las almejas. Yo tenía 17 años y cuando le pedí a la señora que me dejase mirarle el bolso me empezó a gritar y a llamarme niñato. Se montó un follón entre los camareros y los miembros de aquella familia. La señora llevaba en el bolso 14 platos que no habían pagado.”

El millonario que quiso llevarse el tintero a Dinamarca.

“Un cliente habitual danés, dueño de una empresa inmobiliaria, nos dijo que quería hacer una cena al estilo Tintero 2 en Copenhague. Nos pagó el viaje y la estancia, además del sueldo, a 14 personas entre cocineros y camareros. Nos llevó a ver el Tívoli y todo. La cena se celebró en una casa enorme con jardines que tenía aquel tipo. Yo le pedí los productos y compraron en los mercados daneses lo más se parecían a los productos que tenemos en Málaga. Cosas carísimas. El vino fue también danés y cada botella valía un riñón. Dos días antes de la cena llegaron 20 trailers y montaron todos los puestos, las mesas, etc. Dimos de cenar a 400 daneses, gritando los platos en español, como en Málaga. Un espectáculo que se le fue al millonario algo de las manos. A cierta hora de la noche algunas clientas ebrias empezaron a meterle mano a los camareros y tuvimos que terminar corriendo el servicio e irnos.”

Famosos como los componentes de Medina Azahara y Mocedades, Antonio Banderas o (nianonianoniano) Juan Tamariz no han dudado en ponerse hasta arriba de pescado en este transitado restaurante. Yo tampoco, así que me levanto de la mesa, a duras penas y me preparo para rodar de vuelta a casa.

Jaime Noguera fue pescador antes que reportero y escribió la conspiranoica novela España: Guerra Zombi‘.

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