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‘Pogo’, el payaso asesino que anticipó a Pennywyse

02 Oct 2019
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Iñaki Berazaluce

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El payaso de “It”, el Joker, el insolente Krusty, los payasos asesinos del espacio exterior, Fofó, los payasos que lloran en los cuadros…los motivos para sufrir coulrofobia son múltiples y variados, pero si hay que buscar un culpable, un pecador original, un demiurgo, el dedo acusador sólo puede detenerse en John Wayne Gacy, el asesino en serie que masacró 33 niños en la década de los 70 en EEUU y, en sus ratos libres, se dedicaba a animar fiestas de cumpleaños disfrazado de Pogo, el Payaso, con el escalofriante maquillaje que puede apreciarse en la imagen.

Gacy ya había sido acusado de violentar sexualmente a un niño cuando adoptó su papel del payaso Pogo a principios de los 70. Desde entonces, relata Mundo Redondo,

“Se enroló en asociaciones caritativas, cristianas y civiles que apoyaban a la comunidad, entretenía a los niños que estaban en el hospital y en los orfelinatos encarnando a “Pogo, el payaso“. Incluso llegó a actuar en un acto frente a la primera dama de los Estados Unidos de aquel entonces, Rosalyn Carter. Era considerado un buen ciudadano, honesto y agradable, de aspecto bajito y obeso, intimo amigo del alcalde y nombrado en una ocasión, por una revista, “Hombre del Año”.

Como los grandes supervillanos, Gacy entretenía a los chavales por la mañana y los descuartizaba por la noche, después de explicarles, con todo lujo de detalles, la panoplia de penalidades que iban a sufrir con las herramientas de su caja de torturas. Una vez rematados, los enterraba en el jardín de su casa, que iba tomando un olor revenido a medida que se acumulaban los cadáveres. De nuevo según Mundo Redondo,

“La vida social del hombre que los fines de semana se vestía de payaso para entretener a los niños enfermos en varios hospitales subía como la espuma. Dos de sus fiestas más sonadas, una al estilo “vaquero” y otra hawaiana, llegaron a congregar en su casa a más de trescientas personas. Todas regresaban a sus domicilios comentando dos cosas: lo agradable que era aquel ciudadano regordete, bonachón y trabajador y lo mal que olía su jardín. Se rumoreaba que un terrible hedor fluía por las calles cercanas a la casa de Gacy y su segunda esposa. Ésta estaba convencida de que bajo las cañerías de su casa había algún nido de ratas muertas. Él aseguraba que el olor se filtraba desde un vertedero cercano. Ningún vecino supo reconocer el tufo de los restos humanos, por eso, ninguno llegó a sospechar”.

La historia de Gacy está contada con todo lujo de detalles tanto en Mundo Redondo como en laWikipedia como en las tres (¡tres!) películas que se grabaron sobre su (lamentable) vida.

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En realidad he traído a John “Pogo” Gacy a colación a propósito de un experimento realizado en para comprobar la fiabilidad de los horóscopos. Un pérfido investigador averiguó los datos exactos de nacimiento (hora, fecha y lugar) de Gacy y visitaron a cinco astrólogos, presentando aquellos datos como propios. El investigador explicó a cada uno de los astrólogos que estaba interesado en trabajar con gente joven y pidió un estudio general de su personalidad y algún consejo sobre su carrera, según relata Richard Wiseman en “Rarología”. Los astrólogos,

“Se equivocaron de cabo a rabo. Uno de ellos le aconsejó que trabajara con jóvenes porque “él podría hacer aflorar en ellos sus mejores cualidades”. Otro analizó la información suministrada y predijo con seguridad que la vida del investigador sería “muy, muy positiva”. Un tercero dijo que era “amable, gentil y considerado con las necesidades de los demás”.

Los resultados de las predicciones, y su demostración empírica de la falacia astrológica quedaron publicados en el artículo Astrology in the death row” (“La astrología en el corredor de la muerte”). Y hablando del corredor de la muerte, ahí, en la silla eléctrica, es donde irremediablemente acabó la vida de John Gacy, en 1994. Sus últimas palabras están a la altura del escalofriante payaso asesino que fue:

“¡Besadme el culo, nunca sabréis dónde están enterrados los demás!”

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John Gacy, en una entrañable estampa familiar.

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