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La corrupta historia de los coches llamados «Gracias, Manolo»

23 Nov 2019
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Para quienes son amantes de los coches de época, las nuevas cadenas de televisión emiten una serie de programas en que la recuperación y remodelación de automóviles antiguos son los protagonistas. Estos programas, la mayoría son americanos y británicos, por lo que los modelos que se pueden ver de los años 40 a los 60 son hasta cierto punto extraños o poco conocidos, cosa normal por otro lado, porque cada país tiene una historia automovilística diferente. No obstante, cuando vemos los programas hechos por talleres españoles,  y como si fuera un agujero negro histórico, resulta que los modelos son los mismos. ¿Qué pasa aquí? ¿No había coches en España durante los años 40 y 50? La verdad es que, muchos, lo que se dice muchos, no había, pero como las meigas, haberlos haylos: Eran los llamados «Gracias Manolo».

Colas de racionamiento.

Recién acabada la Guerra Civil, el gobierno franquista vencedor de la contienda decidió seguir las políticas de autoproducción e independencia comercial que propugnaban  los regímenes afines a Franco, es decir, Hitler y Mussolini. Este sistema conocido como autarquía, pero que se puede resumir en “España para los españoles”, pretendía que, debido a que España era rica en recursos naturales, no tenía ninguna necesidad de obtener de fuera lo que ya tenía en su interior. De esta forma, se reducía la dependencia del exterior, la deuda externa y se proporcionaba trabajo a los propios españoles.

La idea, en principio, parecía buena y fue implementada a imagen y semejanza de los gobiernos nazi y fascista, pero el hecho de ser un país donde los sectores productivos estaban prácticamente destruidos por la Guerra Civil y el desarrollo de la 2ª Guerra Mundial (que dejó con el culo al aire las simpatías filo-nazis del régimen de Franco), hizo que el país -aprovechando el bloqueo de los Aliados, que no se fiaban un pelo de España- se enquistara sobre sí mismo, sacrificando el comercio exterior en beneficio de una producción interna desfasada, subvencionada y no competitiva. Sin embargo, pronto se vio que la falta de todo tipo de materiales de consumo (alimentos, maquinaria, automóviles…) no podía ser suplida por la producción interior, por lo que se tuvo que racionar todo de una forma salvaje, condenando a grandes capas de la sociedad a pasar más hambre que un caracol en un espejo.

Las amistades peligrosas de Franco.

Así las cosas, los años pasaban, y mientras que los países europeos rápidamente volvían a los niveles de vida y de producción anteriores a la guerra (Alemania tardó 5 años e Inglaterra hizo lo propio el mismo año de finalizar la guerra), en España, la cosa no levantaba el vuelo (tardó 15 años en hacerlo) debido a que las políticas de autarquía lo impedían totalmente.

El país, en crisis perpetua, no generaba suficiente riqueza, por lo que necesitaba los capitales del exterior; unos capitales exteriores que no llegaban fruto del aislamiento al que se autosometía el Régimen, el cual, para poder obtener productos del exterior, tenía que dar una licencia expresa o bien esperar a que el propio gobierno los importase y lo trajese, creando unas listas de espera exageradas. Ello producía que los responsables políticos de medio y alto nivel que trataban con estas licencias, sacaran pingües beneficios con la picaresca de traer mercancías del exterior a precios tasados (al estar subvencionados, eran mucho más baratos que en el mercado libre) y vendiéndolos luego en el mercado negro a unos precios desorbitados.

En esta situación, en el año 1951, Franco decidió nombrar a Manuel Arburúa de la Miyar como nuevo ministro de Comercio, el cual sería el encargado directo de las licencias que permitiesen la exportación y la importación de todos los bienes de mercado que permitiese el gobierno franquista. El único inconveniente era que los criterios que hacía servir para dar o denegar esos permisos distaban mucho de ser ecuánimes, por lo que sus amigotes y allegados se veían curiosa y constantemente beneficiados, sobre todo en los coches. El Caudillo, por su parte, no era ajeno a las triquiñuelas de su ministro, y llegó a comentar que Arburúa era querido porque empezó de botones y ahora era archimillonario. Típica retranca gallega.

De este modo, mientras que las solicitudes de coches llegaban a las 50.000 unidades, el gobierno no permitía que llegasen a España más que 5.000, por lo que poseer un automóvil era todo un lujo y un síntoma de que se tenía “enchufe” en el Régimen, sobre todo con el propio ministro, el cual repartía los derechos de los coches como si fueran rosquillas. Derechos que eran posteriormente vendidos a precios de orillo a aquellos que, teniendo dinero y queriendo un coche -por ejemplo estraperlistas enriquecidos de forma oscura en el mercado negro- no podían obtenerlos de forma rápida ni siguiendo los cauces establecidos.

Esta forma de hacer, la cual hacía que el ministro fuera continuamente alabado por su generosidad al otorgar licencias de compra de coches a todo Cristo que se le acercara, era vox populii entre los que querían tener un auto. En consecuencia y con toda la sorna del mundo, se empezaron a llamar “Graciasmanolos” (o Gracias Manolo) a los primeros Volkswagen, Renault o Citroën que corrían por las destartaladas carreteras españolas, habida cuenta lo agradecidos que quedaban al señor ministro los beneficiados por tal acto de “filantropía”. Pero nada dura eternamente.

Cadena de montaje del R-4CV. Todo a mano.

El vuelco de papeles durante la Guerra Fría, hizo que la antipatía de Franco por el comunismo se viese una virtud por los Estados Unidos, los cuales veían en España un punto geoestratégico para un hipotético conflicto armado contra la URSS. Por su parte, Franco, que veía que el rebaño se le revolvía más de lo debido por la imposibilidad de salir de la crisis en que estaba sumergida desde la Guerra Civil, decidió dar un giro aperturista a la economía española prescindiendo de los elementos más fanáticos -e interesados- de la autarquía (Arburúa fue cesado en 1957), abriendo progresivamente las fronteras a las importaciones, a las empresas extranjeras y al turismo.

Americanos, os recibimos con alegría.

España, de esta manera, volvía al ruedo internacional dejando atrás los precios regulados y la intervención brutal del Estado en el mercado interno español, abriendo la puerta a una entrada de capital extranjero que, aprovechando el tercermundismo en que estaba el país, hizo el negocio padre a costa del sudor, los padecimientos y los sueldos miserables de la gente. Gente que, finalmente, empezaba a ver recompensado de alguna forma el esfuerzo y sacrificio diario.

La dictadura continuaba con toda su crudeza (¿libertad? ¿qué es eso?) pero la gente, casi 20 años después del final de la Guerra Civil, por fin podía prosperar mínimamente y, de comerse las pieles de naranja por la calle, pasaba a poderse comprar los primeros Seat 600 y a salir los fines de semana, animando a su vez una economía que durante muchos años se mantuvo al borde de la bancarrota.

El ‘pelota’, el «coche del pueblo» español.

Así que ya lo sabe. La próxima vez que alguien venga con cerriles cantos de sirena de “los nuestros primero”, recuerde que hasta el mismísimo Franco vio claro que, por mucho que haya gente que diga a gritos “¡Gracias Manolo!”, un país encerrado en la autarquía tiene siempre un futuro mucho más negro que su pasado.

Ireneu Castillo es dueño y señor del blog Memento Mori, donde también encontrarás joyas como:

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Los olvidados coches franceses de ojos amarillos

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