Lloviendo piedras

Cuando España era otra cosa

black powerDesde que la cúpula del PP acudiera a comparecer ante el juez Ruz, y hasta el domingo que sepamos si el conflicto en Gibraltar lo resuelven los pescadores por la vía de los hechos, andan los telediarios un poco escasos de noticias. Las diferentes formas y costumbres de celebración popular del pasado 15 de agosto han copado la actualidad nacional, mientras que Egipto es absoluta protagonista de  las secciones internacionales, y en los huecos informativos se ha colado el relato diario de la polémica en torno al impacto de la homófoba legislación  rusa en el desarrollo de los mundiales de atletismo.

La noticia de hoy: las declaraciones de una atleta rusa exigiendo que se respete las costumbres y leyes de un país que tiene como identidad nacional, según ella misma ha explicado, "ser normal", ya saben; esa normalidad tan bien expresada por Ana Botella con sus manzanas con manzanas y peras con peras. Y nada de macedonias que esto es un sin dios.

El comunicado posterior que ha emitido la deportista, trata de desmentir  lo dicho y achacarlo a su escaso dominio de la lengua inglesa. Tengo la impresión de que ese comunicado acabará reforzando la pertinencia de  la vieja consigna franquista; usted haga como yo y no se meta en política, ya se sabe que no hay que mezclar el noble deporte con una cosa tan innoble como la política.

Pero hubo un tiempo en el que en este país la política no era el innoble arte de robar lo común para entregarlo a los amigos hasta que la justicia se cruce en tu camino. Hubo un tiempo en el que se entendía que la política era la disputa democrática por el poder entre intereses y visiones del mundo dispares. Vista así la política es innegable  que impera en todos los ámbitos de la vida colectiva  y, por tanto, las competiciones deportivas no están exentas de la influencia de la realidad política nacional e internacional en la que se desarrollan.

En ese tiempo, Hitler se alzaba con la victoria en las elecciones alemanas, y se preparaba para organizar los juegos olímpicos de Berlín con sus equipos nacionales limpios de "razas inferiores"; resultado ese estado de cosas de las políticas de segregación racial que expulsaba a los no arios de sus clubes y federaciones y  prohibían a los judíos  el acceso a las instalaciones deportivas del país.

En ese tiempo, ni los mandatarios de la tantas veces llamada tierra de la libertad se atrevieron a boicotear unos juegos que el régimen nazi utilizaría para tratar de limpiar los horrores de sus prácticas.

A pesar de la polémica inicial en la que deportistas y ciudadanos pedían a sus gobiernos que no fueran cómplices de ese espectáculo amañando, sólo España asumió el reto de enfrentar al fascismo en todos los ámbitos y se negó a participar de las competiciones. No sólo se negaron a asistir, sino que se disponían las autoridades a organizar las olimpiadas populares de Barcelona a la que estarían invitados todos aquellos deportistas que por su condición racial serían excluidos de la cita en Berlín.

Por desgracia, el estallido de la guerra civil impidió la celebración e inauguró un negro periodo de la historia de España del que aún mantenemos la fea costumbre de animar a la gente, especialmente a los líderes deportivos, a que no se metan en política. Una triste costumbre, lejana de la que impulsó aquel conato de olimpiadas populares que fueron el germen de las brigadas internacionales y que quizá explique por qué la cúpula del partido de gobierno no sienta la presión popular necesaria para asumir sus responsabilidades políticas por el caso Bárcenas.

La historia no tiene vuelta atrás e impregna la realidad cotidiana de cada pueblo. Es falaz y poco útil hacer ejercicios de política ficción que imaginen que habría sido de este país si nuestra historia no hubiera sido marcada a sangre y fuego por el golpe de Estado que impuso la dictadura franquista sobre la voluntad democrática del pueblo, pero es bonito saber y recordar que hubo un tiempo en el que España era otra cosa.