Nieve o caspa

El mensaje de Navidad se convirtió en discurso, así lo anunciaban en el telediario, reconvertido en incensario, con el que TVE enmarcó la intervención de Su Majestad en Nochebuena. Unos días antes los servicios informativos habían desempolvado, dentro de lo posible, los mensajes anteriores del monarca en un flashback no exento de cierto patetismo. El primer nacimiento cutre con su póster arrugado mostrando el improbable horizonte de Belén, la doliente referencia al dictador superlativo que nos había abandonado recientemente dejando todo atado y bien atado para el retorno de la dinastía borbónica. Con Belén y sin Belén, con árbol o sin árbol, con familia o en solitario se hilaban mensajes previsibles y autocomplacientes, palabras que se deshacían y olvidaban recién emitidas por un personaje infradotado para la oratoria y la prosodia. El mensaje del rey era este año el discurso del rey, el recuerdo de la película británica sobre un rey tartamudo planeaba sobre el telediario, turiferario, donde se pasó revista al último año de la monarquía, annus horribilis, aderezado para la ocasión al gusto del protagonista, recuento de visitas al quirófano, de planos encuentros diplomáticos, reportaje que pasaba de puntillas sobre los malos momentos, mínima referencia a los desmanes de Urdangarin el malo y escamoteo del infeliz elefante de Botswana que hizo doblar la rodilla al monarca.

Pese a los esforzados intentos de los servidores de la cadena pública, que dimitieron una vez más de su papel de informadores, el mensaje real alcanzaría las peores cuotas de audiencia de su historia. Compungidas pero optimistas referencias a la crisis, invocación a la “alta política”, el continente primaba sobre el contenido, el rey  campechanamente sentado al borde de su presunta mesa de trabajo, aderezada con muchos papeles y algunos libros, un ejemplar de la Constitución convenientemente manoseado y entre los libros apilados detrás, como nos aclararían los glosadores de turno, un grueso volumen de comentarios constitucionales, periódicos atrasados y hojas volanderas. Pese a la orquestada parafernalia el despacho real no parecía un lugar de trabajo y concentración, retratos familiares, un belén policromado y escueto, sin buey ni mula pero con un impoluto cordero expiatorio, horror vacui, dorados y maderas barnizadas bajo una luz discreta y escenográfica. El palacio de La Zarzuela, chato y funcional más que palacio parecía garita en la noche, casilla caminera.

La sombra de la crisis de todas las crisis sobrevuela la programación navideña. Este año los reportajes gastronómicos de los deificados chefs se sustituyen por visitas a los comedores sociales y a los recetarios económicos, croquetas y canalones, aprovechamiento de sobras, juguetes de segunda mano, espumillón reciclado y ornamentos de bazar chino. En la programación de Nochebuena también se recicla y se aprovecha. Las empanadillas de Martes y Trece triunfan en el menú que, tras este aperitivo contará con la reaparición de Mari Carmen y sus muñecos y la resurrección de un José Luis Moreno zombi  con su criatura más agreste  que afectada por el Alzheimer se negaba a reconocer a su manipulador pero no renegaba de sus chistes sexistas y cazurros.  Hubo hueco en la televisión episcopal para un mensaje navideño de Rouco Varela, la Misa de Gallo del Vaticano adelantó su horario para que no trasnochara el trasnochado pontífice y en canales autonómicos y católicos pompa episcopal, todo el lujo de esta Nochebuena se concentraba en las iglesias y la nieve de atrezzo de los estudios parecía caspa. Ornato de casullas y mitras, monaguillos de gala, escolanías pedestres y órganos tonantes para reanimar a la feligresía doliente con cara de Semana Santa. Navidad, triste navidad,  karaoke en la primera, que es barato y es hortera y desfile de estrellas incombustibles, Alejandro Sanz toma el relevo de Raphael que también este año tuvo su nicho en TVE (el diccionario del “Word” tan prescindible como ocurrente sugiere “Rápale” por Raphael cada vez que invoco su presencia y tomo nota).

Hastiado en la madrugada me cambio a la MTV que ofrece su programa estelar, una antología de “Vergüenza Ajena”, prehistóricos gags de estacazo y tentetieso encadenados en esta desdichada y desgalichada Nochebuena. “Tengamos la noche en Paz” se llama el previsible programa de Tele 5. “Corramos un estúpido velo”, dice una presentadora que explica el chiste y se ríe ella misma la gracia. Pues eso.