Tedetesto

Galas prestadas

Me perdí la noche de los Oscar pero no me la cuenten. Después de la reciente gala de los Goya no quise exponerme a una sobredosis de estatuillas aderezadas con mucho glamour. No hay un gremio que más se premie a sí mismo que el del cine pero pese a lo bien entrenados que están sus miembros, ni en Hollywood, ni en Madrid, consiguen hacer de sus entregas grandes espectáculos, un guión siempre previsible y un ritual forzado no consiguen remontar el vuelo por mucho cómico y mucho chiste que les pongan para pasar la noche. Solo un tropiezo inesperado sobre la alfombra roja, un gag extemporáneo o un ataque de nervios pueden servir en ocasiones para animar la fiesta. Queda la crónica social de los modelos que lucen las estrellas pero ni los escotes palabra de honor, ni los corsés o las fajas en los que se embuten las rutilantes estrellas llegan a satisfacer las exigencias mínimas de un voyeur experimentado.

Y entre galas y tules, los abrigos de Bárcenas en sus paseillos que están creando tendencia a la hora de comparecer ante los tribunales. Uno está a punto de pedir que les vuelvan a poner uniformes a los presos, clásicos pijamas a rayas o sencillos conjuntos color butano como en las cárceles norteamericanas. Entre Bárcenas y Oscars casi no quedó tiempo para las últimas elecciones italianas que ha ganado un señor muy serio seguido a corta distancia por dos tipos muy cómicos, Beppe Grillo, nuevo en estas plazas y el incombustible Silvio Berlusconi que sigue captando fieles para su espectáculo. A Beppe Grillo apenas se le ha visto en las pantallas de la TDT, según cuentan al viejo histrión le han votado los que están hartos de la política convencional, pero ¿quién ha votado a Berlusconi?. No encuentro ni en la televisión, ni en otros medios a ningún paladín berlusconiano explicando las razones por las que había que votar al Cavaliere, probablemente ni el mismo don Silvio sabría dar las explicaciones pertinentes.

Me ha sorprendido la falta de interés de los servicios informativos por las elecciones italianas en España. Italia está a dos pasos, no solo en la geografía, todos somos un poco Italia, aunque nos falte finura, manca finezza, decía de la política española un viejo saurio transalpino. Eran otros tiempos hoy la política italiana también ha perdido finura, esa finura que quizás solo sobreviva en los pasillos del Vaticano también en período electoral. "Vote a Gundisalvo a usted que más le da" recuerdo el viejo chiste de Mingote en los albores de la transición y esa noche tengo pesadillas, sueño que Pedro Ruiz se presenta a los comicios en España y los gana. Me despierto entre sudores fríos y compruebo que mi pasaporte sigue en su sitio por si el sueño llega a cumplirse. ¿Saben de alguna oficina donde expendan carnés de apátrida?. Si así fuera no duden en comunicármelo.

Una de las pocas alegrías televisivas de las que gozo semanalmente es el "Salvados" de Jordi Évole, un tipo que nunca se presentará a unas elecciones y que lleva cinco años al frente de un programa saludable en el que el sentido del humor sirve de colchón para amortiguar los daños de esa catarata de despropósitos que sueltan nuestros políticos cuando les ponen un micrófono delante. En el programa conmemorativo de este primer quinquenio vimos imágenes antiguas en las que Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero recomendaban encarecidamente el programa, por supuesto sin saber que iba la cosa realmente. Son políticos y los políticos obran así y siempre que pueden nos dicen lo que queremos oír, se sabía que los espectadores de "Salvados" estaban a favor de "Salvados" y ellos se pusieron a favor de obra que no les costaba nada y podía suscitar simpatías traducibles en votos. Aunque Évole se ha dedicado sistemáticamente en estos años a demoler los tópicos y los tabúes de la clase política y a desenmascararla con fina ironía y falsa ingenuidad, si a Mariano le preguntaran hoy seguramente seguiría recomendando el programa como si lo que en él se trata con él no fuera. Daría una respuesta política que para eso es político y suscitaría unas risas. El "que hablen de mí, aunque sea bien" sigue siendo una consigna aprovechable. Recomendé y sigo recomendando el programa aunque en sus últimas entregas echo en falta dosis de ese demoledor sentido del humor que no pacta con nadie. Señor Évole, sea usted todo lo serio que quiera pero no desprecie el poder catártico de la carcajada y del sarcasmo. Gracias.