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Isabel la catódica

Isabel y Fernando, el yugo y las flechas. Los escolares aprendíamos nombres, fechas, efemérides ilustres, gestas imposibles, una visión de la Historia superficial y esquemática destinada a construir un pasado perfecto a la medida de un presente impresentable. La reina Isabel, por muchas  galas que la prestaran aquellos historiadores de chichinabo contratados para dar lustre y esplendor a los cronicones, no resultaba un personaje muy atractivo y su señor esposo quedaba reducido a un papel de comparsa, siempre en segundo plano a la sombra de aquél paradigma de rectitud, virtud y majestad. Si alguien me hubiera avisado entonces de que, décadas después, aquél virtuoso estafermo se convertiría en la reina del prime time televisivo, modelo de la pasarela mediática y casi mito erótico, me hubiera dado la risa. Puesto a elegir me hubiera quedado con Juana la Loca y su pasión necrófila itinerante, posible germen de una saga de zombis y vampiros o en su defecto con "La Beltraneja" o quizás con las aventuras adúlteras de Fernando de Aragón que tanto montaba y montaba tanto. A su lado la católica reina parecía una pánfila y una estrecha.

Algunos de los historiadores que perpetraron ese infamante diccionario histórico, en el que Franco aparece como un gobernante "autoritario" pero no un dictador, han seguido contando los mismos cuentos patrióticos de Calleja a las nuevas generaciones que han respondido con la mayor indiferencia pero a partir de ahora, a partir de "Isabel", puede construirse un nuevo modelo didáctico mucho más atractivo, interactivo y tridimensional para enseñar la Historia de España, la historia más grande jamás contada con menos escrúpulos. No respondo de la fidelidad histórica de la serie más vista de la televisión pero como ficción funciona con dignidad, está bien interpretada y bien contada si tenemos en cuenta que las intrigas dinásticas, las conjuras y los diversos tejemanejes de reyes, nobles, clérigos y cortesanos que desfilan por la pantalla forman una trama enrevesada y sinuosa y que la estructura de una serie no da para muchos recovecos ni profundidades.

La aparición de este icono isabelino en el panteón de los héroes mediáticos junto a toda clase de monstruos mutantes y guerreros virtuales me sorprendió el otro día desde la portada de un cuaderno escolar que llevaba un chaval en el metro y entonces me vino a la memoria la primera estrofa de un patriótico y necrófilo canto interpretado por un coro de voces infantiles en un patio colegial: "Isabel y Fernando/ el espíritu impera/ moriremos besando/ la sagrada bandera". Los niños parecíamos estar predestinados para ser héroes o mártires (mejor las dos cosas al tiempo) y morir jóvenes, las niñas tenían ejemplos más longevos y pacíficos, Isabel la Católica y Teresa de Jesús eran modelos a seguir, aunque nadie explicaba muy bien si lo que se les pedía a sus forzadas discípulas, era regir imperios, financiar exploraciones y conquistas o fundar conventos y escribir obras místicas en sus ratos libres.

Cualquier historia de ficción sobre nuestra historia probablemente se acerque más a la realidad que aquellas retahílas y aquellas monsergas que sin embargo han dejado su poso. No hay más que oírles estos días hablando de la impronunciable indisolubilidad de España. Gibraltar y Cataluña , España es más que una marca pero marca muchísimo y lo que es peor marca tendencia entre una banda de patriotas descerebrados como los que irrumpieron hace unos días en la librería catalana Blanquerna con el brazo en alto y el gas pimienta. Cuando oigo hablar de patriotismo echo mano a la cartera para ver si sigue en su sitio y luego recuerdo unos versos de Bertolt Brecht que cantaba Adolfo Celdrán: "Otra vez se oye hablar de grandeza/ Ana no llores el tendero nos fiará."