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Coser y contar

Puntada a puntada Planeta ha cosido un traje catódico a la medida de su éxito editorial. Desde que salió de las hábiles manos de María Dueñas, El tiempo entre costuras se ha convertido en un tesoro para el grupo editorial y audiovisual y, tras el fulgurante éxito de ventas de la novela, se imponía su mayor aprovechamiento como serie televisiva. Los materiales para el corte y confección del producto eran de primera calidad pero la complejidad de la obra no era precisamente coser y cantar para los guionistas. En El tiempo entre costuras se teje una historia casi folletinesca con ribetes de novela rosa, aire costumbrista y toques de novela de intriga y espionaje. Una complejidad hilvanada narrativamente con todos los ingredientes de un best seller, en el que había que procurar que no se vieran los hilvanes ni estallaran las costuras. Adriana Ugarte, la modelo elegida como protagonista en este cuento de la buena costurera, da la talla con una interpretación contenida, sin aspavientos ni excesos melodramáticos, bien acompañada por uno de esos repartos que empiezan a bordarse con esmero en los castings de las telenovelas nacionales.

Para hacer del texto de María Dueñas algo más que un culebrón o un folletín, el director, Ignacio Mercero y el equipo de guionistas han hilado fino y le han dado convicción y concreción a un relato que corría el peligro de perderse en intrincados flashbacks, vueltas y revueltas. El prólogo a la emisión del primer capítulo, modélico en su género, condensaba con ritmo la enrevesada trama y proponía al espectador el diseño completo de una narración que había de sortear el primer escollo importante, el capítulo inaugural, casi un paradigma de novela rosa: costurera pobre pero honrada seducida por un galán sinvergüenza que la embaraza y la abandona a las primeras de cambio en la ciudad de Tánger, enclave cosmopolita que airea la rancia atmósfera de un Madrid provinciano y enclaustrado. Tánger proporciona exotismo, aromas de Casablanca y postales de documental. A lo largo de la noche de estreno, Antena 3, recalcará que se trata de toda una superproducción de alto coste y alta costura, cientos de actores y cientos de escenarios, trajes a medida, cuidada ambientación de época y mobiliario, atrezzo, moda y complementos a la altura de sus pretensiones que probablemente cumplirá con creces si aguanta el tirón de Isabel su competidora de TVE. La noche de los lunes se presenta reñida.

Entre la información y el autobombo, Antena 3, engarzó la presentación de su joya entre un explícito prólogo, un  nutrido making off y un reportaje documental sobre la época y la coyuntura con datos que confirmaron mis sospechas: El día que murió Madame Curie nació Flash Gordon, que en la España de El tiempo entre costuras se llamó Roldán el Temerario por aquello de la españolización de la autarquía.

De Madrid a Tánger, de Tánger a Lisboa y Estoril, el equipo se ha movido con unos medios por encima de la media de esas series nacionales de ficción que están conteniendo a la audiencia frente a unas pantallas huérfanas de creatividad, trufadas por unos informativos tan reiterativos y pelmazos como la propia actualidad que reflejan. Bucear en el pasado, remoto o reciente es un filón al que aún le quedan muchas vetas que explorar y explotar, aunque sea haciendo "fracking" sobre la dura capa de desmemoria histórica que nos amenaza. Si se cumpliera ese tópico que dice que un pueblo que olvida su pasado está condenado a repetirlo, estaríamos aviados, y avisados estamos.