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Esperanza en el ring

La Esperanza es la última que se pierde pues cuando parece desaparecer solo se oculta en su confortable madriguera para sacar la cabeza y repartir algunas dentelladas a su alrededor. En  "El Objetivo" de Ana Pastor Esperanza Aguirre mostró los dientes pasando de la defensiva a la ofensiva para no dejarse amilanar por una interlocutora experta en estos cara a cara literales con pesos pesados, pesadísimos a veces, de la política. En el rincón izquierdo, Ana Pastor "La tigresa de la Sexta", en el rincón derecho Esperanza Aguirre, "La gran Esperanza Rubia". Esperanza no sabe pero contesta, en ocasiones no responde al interrogatorio pero se pone respondona con la periodista a la que acusa de no hacer preguntas sino alegatos propios de la izquierda radical a la que, en su opinión, pertenecemos todos los que no estamos de acuerdo con sus ideas y con sus posturas. No hablaremos de su ideología de neoliberal mutante que le permite, sin sonrojo, desvalijar a la Administración a la que sirve y desmontar el sector público al que dice servir mientras lo desmantela para ponerlo en manos privadas, en manos de sus privados y colegas de expolio.

"Yo destapé el caso Gürtel". Esta desfachatada declaración sirvió de preámbulo a la velada. Para destaparlo, Aguirre debería saber donde estaba la olla y haber olfateado al menos lo que se cocía dentro. Pero ella no sabía nada, no sabía quienes eran Correa, el Bigotes o el Albondiguilla y confiaba plenamente en el traidor López Viejo, "porque organizaba muy bien los eventos" aunque luego metiera mano en la olla podrida buscando los doblones de oro de su comisión. "El dinero no huele", como dijo un emperador romano hablando de los impuestos que cobraba por utilizar los retretes públicos de la urbe. Esperanza Aguirre solo conocía a Barcenas de vista y de perfil y no había olido nada raro en los pucheros de Génova.

Hubo un momento de la noche en el que pareció que ambas, presentadora y presentada, iban a quedar en la calle tras la emisión para intercambiar opiniones de forma más contundente que la mera esgrima verbal que ofreció los mejores momentos del programa; los ataques de Ana y las esquivas de Esperanza, punteadas con algunos golpes de efecto mantuvieron entretenida a la audiencia aunque, al estilo, mal estilo de los debates televisivos hubo momentos muy embarullados en los que las dos rivales hablaban a la vez y pugnaban por quitarse la palabra de la boca. La Aguirre ,que se jactó de su "tirón mediático", no se calla ni debajo del agua pero la Pastor ha practicado el submarinismo en otros mares infestados de tiburones. En mi opinión, Ana Pastor ganó por puntos, pero no me hagan caso ya saben que la objetividad no es el fuerte de los socios de la izquierda radical.

Hubo un tiempo en el que los partidos de derechas de toda la vida se avergonzaban de su denominación de origen para protegerse con etiquetas como centristas, reformistas o liberales pero ya han perdido la vergüenza, si es que alguna vez la tuvieron de veras: Somos de derechas y qué. Un informe reciente del ABC se dedicaba a desmentir con peregrinos argumentos la superioridad moral de la izquierda, la derecha que siempre prefirió la injusticia al desorden invoca sus principios en estos tiempos de caos, la izquierda por su parte solo funciona como tal izquierda cuando está en la oposición. El rearme ideológico y social del PSOE resulta imprescindible porque vienen mal dadas, pero el retorno a los valores invocados por los socialistas  no convence a todos, en particular a José Bono que propone un acercamiento al PP, el giro a una derecha con la que parece encontrarse más cómodo que con Izquierda Unida que reivindica la patente izquierdista.

Al presunto radicalismo del PSOE le corresponde el retorno de José María Aznar en pleno egotrip: "España estaba mejor conmigo porque yo soy el mejor". En un imposible, por ahora, ticket electoral, Aznar y Esperanza Aguirre formarían un tándem muy peligroso para los barones del desnortado Partido Popular que no saben ni quienes son, ni donde están, ni que es lo que tienen que hacer para salir del hoyo aunque sus más conspicuos representantes se empeñen hasta las cejas en comunicarnos que ya hemos salido, aunque solo lo noten ellos .