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Cómo arruinar una noche de viernes

Empiezas asesinando a tus padres y terminas perdiendo los buenos modales en la mesa. Algo parecido escribió Thomas de Quincey, autor de libros tan poco edificantes como las confesiones de un comedor de opio y el asesinato considerado como una de las Bellas Artes. Este tipo de pensamientos me vinieron a la cabeza un viernes por la noche, cuando, movido por mi inquebrantable profesionalidad, dilapidé mi tiempo asomándome al Sálvame de Luxe ( espero que me agradezcan el gesto, aunque por otra parte les confesaré que tampoco tenía muchos planes para esa velada) Sálvame se parece mucho a esos documentales de La 2 sobre la vida salvaje y los métodos de trabajo de los grandes depredadores.

En Sálvame se practica un canibalismo endogámico, Saturno devora  a sus hijos y luego los escupe, a menudo hechos una piltrafa, sobre el mismo plató en el que viven, comen y casi defecan los contertulios de este foro, mentidero, terapia de grupo en la que se combinan el sadomasoquismo y la compasión, los sentimientos y los resentimientos. Chismes, bulos y rumores,  dimes y diretes sobre personajes de tanta relevancia como la exnovia del hijo de una tonadillera condenada a presidio y de un extorero que se prepara para ingresar en una prisión en la que tal vez se encuentre con su hijo adoptivo que cayó con malas compañías y se aficionó a la mala vida. Comprendo que los ingredientes de esa mezcolanza, solo una muestra de los brebajes que preparan en tan exitoso y peligroso programa, pueden crear adicción y el día menos pensado, y sin ser consciente de ello, te encontrarás hablando del matrimonio de Karmele Marchante con tus colegas, poniendo en peligro tu prestigio y tu bien ganada reputación irremediablemente. El hecho de que sea femenina la mayoría de la audiencia es un dato tan irrelevante y superfluo como esos programas deportivos donde un chichón de Cristiano Ronaldo, o una pubalgia de Messi ocupan interminables minutos y  generan debates casi surrealistas entre los machos de la especie. Pero una exposición excesiva a los rayos catódicos de Sálvame no es recomendable, es una droga que crea adicción y destruye neuronas a porrillo. Es mejor la marihuana, usada con fines terapéuticos, nunca lúdicos, aunque puede ser peor porque enrollarse demasiado frente a la pantalla bajo el influjo del cannabis puede crear una dependencia culpable.

Mientras escribo, en el televisor escucho al presentador, domador y  jefe de pista, Jorge Javier Vázquez decir que van a leer un fragmento de un poema de Jaime Gil de Biedma, debe ser un fragmento muy pequeño porque me lo he perdido, aunque, a lo mejor lo han dejado para cerrar el programa, broche de oro entre la más burda bisutería. Luego se lo cuento, ahora estoy escuchando a María José Cantudo disertar sobre los premios Goya y de paso recordar el papel que la hizo famosa. El felpudo de la Cantudo fue un felpudo pionero. La película de Jorge Grau hablaba del Opus Dei y de los sanfermines, una asociación que se explica por el asentamiento de la piadosa institución en Pamplona  (Octopus Dei, pulpo de Dios tituló, en los años sesenta la revista Time un informe sobre la secta)  La trastienda hurgaba en los métodos de la obra divina, en sus medios y en sus fines. No era una obra maestra, pero sí una película honrada, crítica y realista. Eclipsada, y no precisamente en la taquilla donde arrasó en su día, apreciada no por sus valores éticos y cinematográficos, si no por el primer desnudo frontal del cine español de la Transición, desnudo obligado por el guión según la nueva normativa vigente que forzó a muchos guionistas desempleados de entonces a hacer todo lo contrario, se trataba de hilar las escenas de sexo en un guión más o menos verosímil, lo menos importante como en el cine X eran los diálogos y los argumentos.

A María José Cantudo le han regalado un Goya de mentira en Sálvame. Quedan unos minutos de programa y temo haberme perdido el recitado de Gil de Biedma, Mejor así.