Suárez y los dinosaurios

Si quieres que todos hablen bien de ti, muérete y conseguirás la indulgencia plenaria de amigos y enemigos. Un coro de hipócritas redomados, de sapos iscariotes, desfilarán delante de tu féretro, besarán y abrazarán a tus deudos y repartirán sus fingidos elogios fúnebres en todos los medios a su alcance. Adolfo Suárez, minado por el alzheimer, no era un enemigo a batir, su arma más peligrosa, la memoria, había desaparecido y con ella, cuentas pendientes, antiguas traiciones y oscuros  conciliábulos. En todas la cadenas, a todas horas, la memoria del desmemoriado, la película de la transición, con cortes y elipsis. Faltaba la precuela, los inicios en la política de un hombre de acción, sin ideología pero con ideas muy personales sobre como trepar por la escarpada pirámide del franquismo agonizante, tiempos turbios, años en los que medraron tipos como Herrero Tejedor, maestro y mentor de nuestro héroe, conciliador de las dos tendencias irreconciliables del régimen, el Movimiento y el Opus Dei. Experto en componendas y enjuagues, Herrero enseñó a su joven pupilo y secretario a moverse en la jungla putrefacta donde agonizaban los dinosaurios al ritmo de su decrépito caudillo. Una vela al altísimo y otra a los demonios familiares de la camarilla. De la camisa azul a la camisa blanca sin apartarse de la borrosa línea que enlazaría la dictadura con una democracia nueva y cautiva, atada, bien atada y amordazada. La transición era una travesía plagada de escollos y resistencias numantinas. Cuando amaneció la transición los dinosaurios aún estaban allí. El omnívoro Fraga se transmutó también en demócrata para camuflarse mejor entre aquella fauna variopinta y dispersa.

Y Suárez patentó el Centro, un centro de acogida para franquistas tibios y en fuga y demócratas de incógnito. El centro es una entelequia, si el espectro político se desplaza a la derecha el centro se decanta a la derecha, si a la izquierda se mueve hacia la izquierda, sin cargas ideológicas, sin etiquetas, sin marcas, democracia “sin”. Los comunistas para ser aceptados en el juego transigen con la monarquía, los socialistas no tardarán mucho tiempo en renunciar al marxismo, los democristianos se hundirán con estrépito en los primeros comicios y los grupos y grupúsculos de la izquierda radical se diluyen con más pena que gloria. Pero Suárez no es de izquierdas ni de derechas, ni siquiera de centro, Suárez es suarista y siempre lo ha sido, es un solitario y sus compañías no son de fiar, muchos le traicionarán, tienen experiencia en el tema. El “tahúr” del Misisipi se queda sin cartas, no puede seguir jugando de farol y abandona la partida.

Adolfo Suárez fue, en las postrimerías del franquismo, director general de Televisión y durante su mandato desapareció la censura del medio, el censor moral y el censor político que vigilaban todas las emisiones se evaporaron para ser sustituidos por una Secretaría General Técnica (División Final de Contenidos), un eufemismo que encubriría una censura aún más arbitraria, porque las decisiones técnicas no se discuten. Fue un buen entrenamiento para el papel que le esperaba.