Europa hermafrodita

Una vez más, las preguntas de la entrevista eran más interesantes que las respuestas. Estuve buscando las notas que presuntamente había tomado durante el encuentro entre Felipe González y Ana Pastor en El objetivo y no las encontré, solo un papel arrugado con dos líneas con más signos de interrogación y exclamación que palabras. La entrevista había transcurrido entre la placidez y el tedio hasta que González dijo aquello de que si España lo necesita podría producirse una gran coalición entre el PSOE y el PP, y lo que hasta ese momento había sido una pesadilla, oscura y vaga, se volvió una amenaza real. Según los análisis y las encuestas, el electorado español está hasta salva sea la parte del Gobierno popular y de la oposición socialista y aquí tienen la receta para acabar con el bipartidismo; al fundirse los dos partidos en uno para sobrevivir a la debacle conjunta se habrá acabado el problema de ir de Cánovas a Sagasta o del PP al PSOE. Me temo que la España que pudiera necesitar semejante receta no sería esa tercera España de la que habló Esperanza Aguirre, sino la de siempre, la de toda la vida, la gran división entre la izquierda y la derecha, por fin superada para seguir haciendo políticas económicas de derechas con coartada  y repartiendo bálsamos, placebos y guiños a la izquierda (¿?) domesticada. La Merkel ya lo ha hecho y Alemania marca el rumbo de la agenda europea, así que no parece una idea descabellada. No habría mejor manera de demostrar que el PP y el PSOE son lo mismo, como dice la calle desde las concentraciones del 15 M, que fundirse en una gran coalición que recoja los despojos de los dos grandes partidos para construir con ellos una nueva mayoría de desecho explotando al máximo sus agostados viveros de votos para crear un Golem, un monstruo de Frankestein hecho de retales, chapuzas y pastiches.

A la entrevista con Ana Pastor acudió un González más sonrosado que Cañete para no correr el riesgo de ponerse colorado y menos rojo. Por el bronceado, o por el exceso de maquillaje, Felipe parecía al borde de una congestión que desmentían sus apacibles ademanes y sus medidas palabras que ayer hipnotizaban a las masas y hoy duermen a las ovejas. Pero ya se sabe que los lobos más peligrosos son los que se visten de corderos para asestar el zarpazo. González dejó para el final su “patriótica” proclama. Si España lo necesita… Va a ser que no, que no nos representan y desde luego no nos representarán con su nuevo disfraz.

El día anterior a la entrevista me dispuse a pasar la noche zapeando entre dos citas europeas para ponerme a tono: el Festival de Eurovisión y un eurodebate de laSexta entre vicecandidatos de los principales partidos. Acabó  ganando Eurovisión por goleada. Aquello sí que era Europa sobre todo a la hora de las votaciones, intercambio de favores entre vecinos y amiguetes, predominio del inglés sobre las lenguas vernáculas, un fabuloso circo donde no faltaban los equilibristas ni los payasos y que culminaría con el predecible triunfo de la mujer barbuda, un hombre con cuerpo de mujer que un día decidió dejar de rasurarse y llamarse Conchita. Un hermafrodita para la nueva Europa. Triunfó la originalidad de la propuesta artística unida a la sobriedad de su puesta en escena y a una voz educada y poderosa, al servicio de una canción bien manufacturada pero tan previsible como el resto de las que allí se escucharon. La misma canción con diferentes orquestaciones y coreografías. En medio de la vorágine de luz y de color de la eurotómbola fijé mi atención en los “eurofans”, que son los únicos que se toman Europa con un entusiasmo inexplicable. Si algún día dedicaran sus esfuerzos a la política, serían los votantes ideales de cualquier partido ante unas elecciones europeas, agitarían multicolores banderas y corearían cualquier estribillo que les propusieran sus ídolos efímeros. Lo mejor de Eurovisión es que tienen elecciones todos los años, aunque todos canten la misma canción como los políticos. Como le dijo Zapatero a su ministro de Cultura, necesitamos a alguien con más glamour.