Cañete Bravo

Miguel Arias Cañete huye hasta de su apellido, llámenle Arias como hace Mariano, o mejor no le llamen de ninguna manera porque estos días no está para nadie, ni entrevistas, ni debates, ni mitines. Algunos dicen que le han visto plantando tomates o escardando cebollinos en la intimidad pero los responsables de su campaña le tienen prohibido salir a la calle y abrir la boca en público para no apabullar con su superioridad intelectual y su implacable dialéctica a las mujeres que se le cruzan por el camino y a las que siempre cede el paso y la palabra. Desde su exilio interior tal vez recapacite Cañete sobre la condición femenina y recuerde lo que dijo sobre el género hace más de una década cuando comparó a las mujeres con el regadío, que está muy bien pero no hay que pasarse si quieres evitar problemas. Esta vez no se aplicó la receta y se pasó, iba tan sobrado que sobrepasó los límites y esto ya no hay quien lo arregle. Cuando en el curso de su carrera política Cañete vuelva a enfrentarse con una rival femenina, entrará a saco, golpeará sin piedad con el martillo de su elocuencia y el látigo de su retórica. De momento, sus colaboradores le han recomendado que guarde el arsenal y se comporte con discreción aunque la discreción no parezca una virtud de mucha utilidad en una campaña política.

Sin abrir la boca, sin dar la cara y escurriendo el bulto Cañete, sigue protagonizando la campaña en la TDT: sus defensores minimizan su error como un lapsus sin importancia y replican con el “tú más” como en una riña de patio de colegio. En ese “tú más”, los “marhuendas” incluyen a otros contertulios, generalmente periodistas, que identifican con esa izquierda radical que representa la bolchevique Elena Valenciano. Cuando el error es de la derecha, el culpable es uno, cuando es de la izquierda, todos ellos son culpables. Curioso formato televisivo este en el que se multiplican los debates sin que aparezcan en ellos los debatientes principales. Entre las ventajas de este renovador formato está la de dar voz y rostro a los segundos de a bordo y a los representantes de formaciones minoritarias que aspiran a colarse por las grietas del resquebrajado sistema, al parecer para apuntalarlo y no para derribarlo como tendría que ser porque la Unión Europea, necesita más reformas que una obra de Calatrava. Por el momento no se cae, solo se tambalea. Rizando la paradoja los augures pronostican que en los comicios europeos triunfarán los antieuropeístas, nacionalistas y populistas, aunque, en España al menos triunfará por goleada la abstención.

En estos días de mayo, toda la épica se concentra en un estadio de fútbol lisboeta, en el bipartidismo entre atléticos y madridistas, el tripartito con el Barça no ha sido posible, ni Liga, ni Copa, ni Europa. En una Cataluña independiente el Barça no tendría más rival que el Español como en la política y podría jugar la final de la Europa League casi todos los años. Pero estamos hablando de fútbol que es el fermento aglutinador del patriotismo, como demostró la Roja, que daba gusto ver como los aficionados coreaban sin sonrojarse aquello de “Soy españó, españó, españó”. Hoy la emoción está en Madrid, cosas del centralismo pero nadie saldrá a la calle a gritar “Soy de Madrí, de Madrí, de Madrí” aunque Ana Botella e Ignacio González declaren el día del orgullo madrileño que ellos han dejado por los suelos.

Cuando los atléticos se subían a las barbas de Neptuno recordé una anécdota que me contaron del Madrid de la postguerra, cuando un ciudadano anónimo colgó del tridente de la deidad acuática un cartel que decía: “Si no me dáis de comer para que me ponéis un tenedor”. Pan y Circo, pero no se olviden del pan.