¿Borbón y cuenta nueva?

“Si quieres tener un rey/ la baraja tiene cuatro/ Rey de copas, rey de oros, rey de espadas y de bastos”. La vieja copla que le cantaban al rey felón, Fernando VII, el “trágala”,  resuena de nuevo en las calles; las banderas de la República flamean en todas las manifestaciones reivindicativas. La reinvención de la monarquía española se hizo saltándose el orden dinástico,  fundamento de la institución monárquica. Franco dejó atado y amordazado el futuro con un rey amaestrado y educado en la más rancia tradición de la ultraderecha nacional, un legado inasumible, a la última y más longeva dictadura europea no le quedaba más remedio que evolucionar hacia formas democráticas homologables con los países de su entorno.

“El rey acaba de comunicarme su voluntad de abdicar”. Mariano Rajoy comenzaba la jornada mintiendo. La abdicación no era un secreto, ni para el gobierno ni para la leal oposición socialista, a Cayo Lara no le comentaron nada para que no se emocionara demasiado y pidiera antes de tiempo ese referéndum sobre la forma de gobierno que ya está pidiendo. Referéndum que aplazó sine die el Partido Comunista a cambio de su legalización. El Partido Socialista también tiene el alma republicana, afirma en este día de conmoción un diputado del PSOE, mientras el recién abdicado Rubalcaba expresa su gratitud al rey y su apoyo al heredero. El alma republicana del PSOE sigue en su almario a buen recaudo por si fuera imprescindible desempolvarla. Entre los múltiples y reiterativos argumentos que vomita hoy la televisión destacan los que insisten en la formación del príncipe Felipe, tres años de formación castrense, uno en cada academia militar, una licenciatura en Derecho y un master de la Universidad de Georgetown que años después contaría en su claustro con ese fino estadista que es José María Aznar.

Comentarios, debates, comparecencias, biografías hagiográficas, encuestas callejeras, declaraciones políticas… seguir hoy la actualidad televisiva me incita a abdicar del oficio de cronista. La TV es hoy una barahúnda reiterativa y previsible en la que los halagos prevalecen sobre las críticas. La televisión, salvo previsibles excepciones, corea cánticos de alabanza como si el rey hubiera muerto, no abdicado. Otros son los cánticos de la calle, pero la mayor parte de los canales de la TDT prestan más atención a los políticos, a los contertulios y a los presuntos líderes de opinión, generalmente vendidos al mejor postor, que a lo que pasa fuera de sus platós.

Las manifestaciones por un referéndum que en su día nos fue escamoteado ponen fin a una jornada exhaustiva para los periodistas. En la Puerta del Sol, donde celebraron los madrileños el feliz advenimiento de la II República, nuevos y viejos republicanos se manifestaron en libertad vigilada exigiendo un cambio de régimen. Terminó la transición y no van a transigir más, termino la transacción y ahora ya no tienen nada para negociar sino la vuelta de  la destronada república, no hay ruido se sables ni tricornios en el horizonte, no hay más pactos como el que siguen invocando los leales socialistas de alma republicana y cuerpo de político. Entre el aluvión de elogios superlativos, entre despedidas emocionadas y nostalgias anticipadas e imposibles, escucho que las bases socialistas son republicanas, pero la cúpula partidaria, es continuista, oportunista y pactista y sigue creciendo la desafección ciudadana hacia todas las instituciones del Estado, el Parlamento, la Judicatura y por supuesto la Monarquía. Los partidos de la casta se encastillan, se enrocan y al pie de sus murallas se acumulan los sitiadores, más numerosos que los defensores.

No es momento de hacer un referéndum, dicen los defensores del castillo. En tiempo de tribulación no deben hacerse mudanzas. De acuerdo, por el momento vayan poniendo fecha para una consulta ya demasiado aplazada.