Pesadilla de una noche de verano

La cortina de humo nos hace llorar, no hay consuelo ni tregua para los males del mundo que la televisión nos pone cada día al alcance de la vista. Los inicuos bombardeos de Gaza, y las víctimas colaterales del avión derribado en Ucrania abren los informativos con una carga explosiva, las llamas de nuestros endémicos incendios forestales ponen el corolario de la información del día, tierra quemada, hogueras de Sagunto y de Numancia. Las imágenes de los cuerpos tendidos al sol se funden en siniestra conjunción con los cadáveres de las víctimas de Gaza mientras los líderes del mundo tratan de salvar la cara emitiendo comunicados que solo comunican su impotencia.

Mientras la mitad del mundo sestea en la canícula, la otra mitad repta entre ruinas o queda sepultada bajo los escombros. Pero no hay que caer en el engaño, a la sombra y con aire acondicionado, los recortadores del gobierno español actúan como laboriosas carcomas, minando lo que queda del armazón de aquel presunto estado del bienestar, que no fue más que un pasajero estado del buen pasar, un resquicio por el que se coló un espejismo peligroso, se estaban repartiendo demasiadas zanahorias y ahítos y bien cebados los ciudadanos querían más de lo suyo y había que volver al palo para desacostumbrarlos y ponerlos en su sitio. Antes de irse, previsiblemente por la puerta trasera y con una patada en los fondillos de los pantalones, nuestros gobernantes hacen acopio de víveres para su travesía del desierto. El que no les conozca que les vote. Desalojados por el voto popular en 2015 volverán a sus covachuelas y por eso se las están acondicionando, saben que tal vez sea el último expolio pues en año de elecciones no conviene sacar más las tijeras. El runrún de la carcoma no es muy perceptible, ruido de fondo ahogado por la barahúnda de la más rabiosa actualidad, la actualidad está que muerde al otro lado de las fronteras, pero el ministro Fernández se muestra muy satisfecho con el éxito de la valla antitrepa de Melilla. Nos quejamos de vicio, nadie nos bombardea y mantenemos la fiesta en paz. La procesión va por dentro, crece el hambre infantil pero los niños no votan, crece el malestar ciudadano pero los ciudadanos están de vacaciones. Nuestra sangría se bebe. En Magaluf, jóvenes europeos se defenestran en sus ratos libres, se precipitan al vacío como lemmings, esos roedores escandinavos que cuando han superado su población límite se despeñan por los acantilados hasta que su número se equlibra. Sodoma y Gomorra, orgía y bacanal, sexo, violencia, drogas de diseño y barra libre. Nadie pensaba que el Apocalipsis podía ser tan divertido.

Amarrado al duro banco (léase blando sofá) el cronista televisivo navega entre el tedio y el espanto, no le hacen maldita la gracia los programas playeros, ni los espacios gastronómicos ni los escatológicos, se le ha quitado el apetito que no recuperará con nuevas recetas de gazpachos exóticos y desestructurados. Pesadillas en la cocina y en la piscina, olas de calor y de rubor, verano atroz de nuestro descontento.

Menos mal que queda, de guardia, al pie de su cañón, Esperanza Aguirre, incombustible heroína que se foguea atizando el fuego de su auto de fe contra Pablo Iglesias y el eje del mal. Suprema inquisidora por autodesignación y bruja emérita de todos los Zugarramurdis, Esperanza promete sangre en su debate programado, gran velada para animar las pesadillas de una noche de verano.

TVE, lejos de semejantes inquietudes, estrena un programa cultural: Vivan los Bares, para dar a conocer ese mundo ignoto y misterioso y promocionar sus valores. A beber, a beber y olvidar… No pasa nada, pero si pasara algo, TVE no estará allí para contarlo.