‘Mammonazos’

Las imágenes del anciano patriarca, retirado de la vida pública por razones biológicas y judiciales, se funden y se confunden en la promiscuidad de las crónicas veraniegas de un estío infernal en el que apenas caben las frivolidades propias de la estación, sumergidas en un caudaloso torrente de infamias y calamidades en todos los rincones del planeta. Las plácidas imágenes de Pujol, del viejo líder decrépito y corrupto paseando por sus fincas, acompañado por los vástagos de su endogámico clan parecen bucólicas viñetas de un álbum familiar de vacaciones. El capo de todas las tramas catalanas parece un inofensivo jubilado que goza de un merecido descanso después de una vida de ímprobos trabajos. Le saludan con respeto a su paso los vecinos, los niños se acercan para recibir su bendición y los periodistas le siguen como un cortejo que implora unas palabras de su boca; no hay acecho, no hay escrache, ni públicos reproches, no hay cárcel en el horizonte de sus últimos días en esta que fue su tierra de promisión, tierra prometida que labró arduamente en su provecho haciendo creer que laboraba al servicio de una nación, en defensa de unos ideales patrióticos y cristianos que se tradujeron en cifras y también en votos que atesoró en sus graneros y en sus cuentas amañadas.

Y cuando todo salió a la luz y hasta los suyos tuvieron que reconocer que sí sabían aquello que decían no saber, cuando se descorrió parcialmente el velo de sus amaños, sus componendas y sus latrocinios, entonces, sus cómplices y beneficiarios, sus acólitos y sus más fieles partidarios hicieron amago de rasgarse un poco las vestiduras (nada que no se pueda remendar fácilmente con aguja e hilo) y Artur Mas, su discípulo amado, su pupilo y heredero, invocó a la piedad y a la compasión, estómago agradecido al que se le indigestó el maná y se le atragantó el menú que se servía en la mesa convergente. Piedad, compasión y perdón, cristianísimas virtudes que no son suficientes para absolver a Pujol e hijos, reconocida firma comercial de esa patria de mercaderes que propugnó el emérito líder. Las barras de la senyera con la que taparon sus crímenes deberían ser los barrotes de su celda. La lanza de Sant Jordi tendría que alancear sus costados y su caballo patearles los hígados a semejantes facinerosos y hasta La Moreneta habría de cerrar sus ojos y sus oídos a sus clamores. El catolicismo y el nacionalismo no han sido sus valores sino sus escudos. No se puede servir al mismo tiempo a Dios y a Mammón (deidad fenicia del dinero y los bienes materiales) dice el Evangelio, ni los Pujol pudieron conciliar ambos cultos. Que Mammón proteja a sus fenicios y que Guifré el Pilós (daba más miedo cuando le decían Wifredo el Velloso) descargue sobre estos mammonazos su justa cólera.

No se retiró Jordi Pujol a la montaña para hacer expiación de sus pecados, ha sido solo una retirada estratégica hasta que escampe la tormenta judicial y mediática. No se arrepintió el patriarca de sus pecados, soberbio y contumaz, denuncia desde su dorado exilio a la banca de Andorra por vulnerar el sacrosanto secreto bancario. No hay contrición, no hay dolor de corazón, ni propósito de la enmienda, no hay absolución posible pues, además de las condiciones citadas, la doctrina católica exige la restitución de los bienes robados y los Pujol han robado algo más que bienes materiales. Los 230.000 voluntarios menos que este año registra la convocatoria de la Diada también han sido robados por el venerable Pujol y su sagrada familia. Quizás (y perdónenme el atrevimiento) antes de decidir democráticamente sobre su destino deberían los catalanes construir una auténtica democracia, o al menos una democracia más auténtica. No nos pregunten cómo se hace, aquí nadie predica con el ejemplo, solo hacemos lo que podemos los que vemos la viga en el ojo ajeno, tal vez solo a medias porque tenemos otra viga en nuestro propio ojo. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra, pero que apunte bien.