El ‘Gran Mariano’ y el pequeño Nicolás

Si Mariano fuera populista  sin duda sería más popular y podría dirigir y moderar , seguramente a través del plasma, un programa de televisión de gran audiencia, el Gran Mariano, un apabullante irreality show con la casta de la pradera de La Moncloa, coto privilegiado por el que pulularían esos personajes entrañables a los que el partido del Gobierno no ha sabido sacar suficiente partido mediático. Con un pequeño refuerzo de guion, secundarios de lujo como Carlos Floriano, Martínez Pujalte o Alberto Alonso podrían consagrarse como grandes actores de comedia y descargar de trabajo a Montoro, galán cómico que ya repite demasiado los chistes; a la Cospedal, abrumada de simulacros y eufemismos; a Soraya, que se sigue poniendo colorada cuando la miran y, sobre todo, cuando la escuchan; a Ana Mato, que empieza a apestar en su papel de barbie ingenua, corta de vista y de ingenio, y a todas sus compañeras de equipo. La bancada femenina de nuestro Gobierno supera en todas las líneas a la de los varones preclaros de una formación que cuenta también con outsiders excepcionales como Esperanza Aguirre, capaz de superar a la Milá (incluso en el rictus) y de darle vidilla a este elenco de interinos que se resisten a abandonar el escenario aunque se saben más caducados que los yogures de Cañete.

En el plató de Gran Mariano podrían foguearse las novísimas generaciones del PP; las nuevas ya quemaron sus cartuchos de fogueo disparando con pólvora del Rey. Del clan de Becerril a los becerrillos de Génova, del club de los amiguitos del alma del Bigotes a los colegas del Agag, el penúltimo relevo generacional en las filas del PP ha sido de traca final y parece que ha llegado el momento del pequeño Nicolás y de sus coleguitas. El incendio del Banco de España (se supone que impremeditado) hubiera sido un magnífico fin de fiesta, un apaga y vámonos de lujo por fin a la altura de nuestras posibilidades.

Según el previsible guion de nuestro peculiar thriller judicial, habría llegado el momento de los alegatos finales, pero la nuestra es una  historia interminable, un círculo vicioso, un bucle de nunca acabar en el que torvos criminales en serie conforman una casta endogámica y prolífica, encastrada e incrustada en las raíces.

Nuestra  penúltima vuelta de tuerca explotó como una granada madura, nuestra penúltima guerra púnica volverá a cerrarse en falso. Delenda est Cartago sigue siendo el lema eterno del Mediterráneo, romanos contra cartagineses, odio antiguo, eterna disputa por las franquicias del Mare Nostrum, de Algeciras a Estambul. “Señores guardias civiles/ aquí pasó lo de siempre/ murieron cuatro romanos y cinco cartagineses”, escribió Lorca. La Operación Púnica nunca terminará de desgranarse, es un episodio más de la tragicomedia nacional, un capítulo que hoy se escribe y mañana se prescribe y se olvida, el botón del pánico al servicio de nuestra desmemoria histórica. Cualquier tiempo pasado fue muy parecido a este que desvivimos cada minuto, una infamia tapa la infamia anterior y borra los nombres de los infames para seguir reescribiendo un palimpsesto que se reescribe para hacer sitio a las nuevas camadas de reconocidos y reconocibles canallas.