La chaqueta del guardia

Marhuenda publica a toda página en la portada de La Razón una caricatura de Charlie Hebdo, defiende en sus múltiples parcelas de la televisión la libertad de expresión y critica veladamente a otros medios que no han hecho tal despliegue. Pasado el primer instante de estupefacción, me someto a la tortura de leer algunos editoriales del diario facha más desfachatado de la actualidad, que aprovecha que el Sena pase por París teñido de sangre para lanzar sus proclamas islamófobas, en las que advierte que los terroristas pueden camuflarse entre los que asaltan a diario la valla de Melilla y propone mano dura contra la inmigración ilegal. El terrorismo islamista ha creado extraños compañeros de cama. En la gran manifestación de París, Mariano Rajoy aparece en primera fila del brazo de algunos de sus colegas, no van del bracete porque sean muy amigos sino para impedir que los advenedizos se cuelen en la primera fila como intenta hacer Sarkozy y ha conseguuido Netanyahu, el premier israelí en víspera de elecciones. Ni Charb, ni Wolinski, ni Cabu hubieran aceptado semejantes compañías, los representantes del Sistema solidarizándose con los más furibundos antisistema, eso sí, a título póstumo.

Para escapar de tanta hipocresía y cumplir con mis funciones como crítico de televisión, un tanto abandonadas, esta noche voy a seguir en la uno de TVE, el estreno de una nueva serie de factura nacional, una serie presuntamente histórica con tintes de folletín policíaco y decimonónico que cuenta las improbables pesquisas de un, no menos improbable, trasunto de Sherlock Holmes en la España de Cánovas y Sagasta, una adaptación de las folletinescas novelas de Jerónimo Tristante. A juzgar por el primer capítulo , de lo que se presenta como una miniserie, el producto garantiza el entretenimiento familiar de audiencias no muy exigentes: la falta de medios queda paliada por la abusiva presencia de las pantallas de “croma” que convierte los telones de fondo en cromos, en postales de la ciudad sobre las que actúan y sobreactúan los protagonistas de una trama inverosímil que acumula en un corto espacio de tiempo todos los ingredientes de un buen folletín con casas encantadas, fantasmas, espiritistas, nigromantes, hipnotizadores malvados, prostitutas muy decentes y asesinos en serie, con un imitador de Jack el Destripador haciendo fechorías y los atisbos de una policía científica abriéndose paso entre los brutales métodos de nuestros tradicionales guardias de la porra.

La serie se completa con un espacio dedicado a glosar la historia de los pioneros de la investigación policial en España. Allí nos enteramos del origen de la expresión, “más vago que la chaqueta de un guardia”, bajamos a las sórdidas alcantarillas de la ciudad, escuchamos a una supuesta clarividente, visitamos a un hipnotizador y hacemos un tour por las casas encantadas de Madrid, entre ellas el Reina Sofía y la casa de las siete chimeneas que hoy alberga dependencias del Ministerio de Cultura. La sede central del Ministerio, que tiene sus duendes malévolos como Wert, está situada sobre los terrenos de lo que fuera el Circo Price, entre fantasmas, payasos y equilibristas. Esto sí que es nigromancia, o al menos geomancia, magia telúrica.

Tras un arranque “dickensiano”, bastante cutre, para presentarnos al futuro detective, Víctor Ros, la serie condensa las primeras aventuras de este Sherlock de andar por casa. Casi no hay escenas de acción lo que se agradece después de haber visto el primer duelo, bastón contra navajas, del superdetective. Los tres malvados que le acosan son extremadamente educados pues se enfrentan uno a uno, sin aprovecharse de su superioridad numérica y guardan turno para ser apaleados por el brillante detective. Resumiendo, un producto de entretenimiento para audiencias que no pueden acceder a las grandes series de los canales de pago.