El azote de Grey y las colonias de Marte

Este año por San Valentín se han regalado muchas fustas, esposas y otros artilugios para practicar el sadomasoquismo casero, hasta los más pobres han tenido presupuesto para regalar por lo menos un rollo de cuerda. Sale en la pequeña pantalla un ferretero encantado con la nueva moda y dispuesto a dedicar una sección de su comercio a estas especialidades en la estela de las 50 sombras de Grey. Sadomaso light para mujeres liberadas y solo dispuestas a dejarse martirizar dentro de un orden y bajo contrato, sumisas pero contentas y dispuestas a hacer carrera, colocadas en un empleo temporal con plus de peligrosidad y vacaciones pagadas en un spa para reponer los estragos en la piel. Solo las mujeres liberadas tienen capacidad para encadenarse voluntariamente y renunciar a sus derechos y a su dignidad a cambio de unos placeres prohibidos pero menos.

El estreno de la película ha desatado una ola de entusiasmo entre el público femenino y unas expectativas exageradas entre los varones con posibles para agenciarse una esclava por horas, lejos del sórdido mundo de la prostitución, aunque en el fondo se trate de una forma de prostitución consentida. Si no hay dinero para contratar a una esclava siempre se puede recurrir a lo que se tenga más a mano en casa. En el fondo las cincuenta tesis ( con perdón) de Grey coinciden con la doctrina de la Iglesia. Creo que fue el obispo de Granada, antes de que le tocaran los romanones, el que recomendó a sus feligresas un libro que ensalzaba la sumisión total de la esposa al esposo como modelo de convivencia, la flagelación conyugal puede tener un componente penitencial y es posible que dentro de un tiempo en esas ferreterías sex shop vendan cilicios de diseño a módico precio reconvirtiendo el alambre de espino en juguete erótico.

Si la televisión es un indicativo de modas y tendencias sociales pronto veremos una serie y un reality sobre tan espinoso tema, hasta entonces nos conformaremos con el masoquismo para todos los públicos de la enésima temporada de Gran Hermano o acercarnos a “Quién quiere casarse con mi hijo”, mercadillo matrimonial en el que madres dominantes y absorbentes ofrecen a sus criaturas a la venta y se ceban con las candidatas que pretenden arrebatarles a su tesoro, el niño mimado de mamá, criado a su imagen y semejanza y a punto de embarcarse en una arriesgada aventura matrimonial, las madres parecen novias despechadas y sus tesoritos unos críos malcriados que se merecen unos azotes con la fusta de Grey, esos azotes que quizás deberían haberles dado sus progenitoras. Proponer el matrimonio de conveniencia con un idilio crecido en un plató y contemplado por miles de ojos debe ser apasionante. Pero el último grito del celestineo televisivo será sin duda el anunciado “Casados a primera vista” en el que los novios no se conocerán, ni física ni visualmente hasta el momento del sí quiero. Algo casi tan emocionante como una ruleta rusa, ahí va una idea impactante para otro programa de impacto. Vistas así las cosas estoy dispuesto a apuntarme al más espectacular de los programas anunciados, vivir en un plató de Marte una larga temporada, 24 horas al día de reality show interplanetario. El programa espacial se financiará con los ingresos que proporcione la emisión, la vida y el retorno de los colonos marcianos dependerán de los niveles de audiencia. Si el experimento falla tendrán que quedarse allí y comerse los unos a los otros, estupendo si pueden seguir conectados vía satélite hasta la extinción. Habrá vida en Marte pero a qué precio.