Prohibido hablar de política

Está feo hablar de política en la mesa, una medida sensata para no perjudicar la digestión de los comensales en una comida familiar con el abuelo facha, la abuela monárquica, el padre socialista, la madre del PP, una hija de UPyD, otra de IU y un hijo de Podemos. Política, dinero, sexo y religión figuraban en el protocolo de las familias bien avenidas que preferían la hipocresía a la desavenencia y la tregua al enfrentamiento. Esta costumbre patriarcal y benemérita se ha extendido tanto que hoy no se habla de política ni en las mesas de debate político de las diferentes cadenas televisivas. Hablar de política es hablar de temas que traten sobre las formas de gobernar, y los políticos y los presuntos analistas políticos que copan los platós televisivos prefieren entretener a la audiencia con temas tangentes a la política, cruce de acusaciones en los debates más equilibrados y pura diatriba, libelo y manipulación en las cadenas más derechistas de la derecha, y en los informativos de cadenas públicas del mismo signo, en TVE y en Telemadrid, por ejemplo, algo extensible a otros canales autonómicos que solo sintonizo de vez en cuando. Cuando en los debates políticos no se habla de política se habla de chismes y se recurre a la crónica rosa y sobre todo a la crónica negra. El espectáculo se impone a la información, la audiencia parece más interesada en conocer la vida íntima y los entresijos económicos, sobre todo de esos advenedizos de Podemos que, como libres de pecado, tiraron las primeras piedras sobre el tejado de cristal del frágil edificio de una democracia acomodada en el relevo bipartidista y en el juego de toma y daca con los partidos nacionalistas, presuntamente contrarios al Estado y a los planteamientos de los gobiernos centralistas y jacobinos.

Pero no hablemos de política, no hay muchos interlocutores dispuestos a meterse en esos berenjenales. En este año electoral los políticos se escabullen y no dan paso sin consultar con sus asesores, aunque se trate de Carlos Floriano. Si yo fuera (ni lo sueñen) dirigente del PP, temblaría todas las mañanas pensando cuando, en un arranque de espontaneidad, Floriano o Hernando pudieran arruinar la campaña del partido que les eligió para coordinarla y representarla. Pero la artillería pesada que desde diversos flancos bombardea, impune y alevosa, a los recién llegados de Podemos ha enviado a sus drones para encontrar los mínimos resquicios de su blindaje; comparar a Monedero con Bárcenas es… no hace falta que les diga lo que es para no ser redundante. “Como la falsa moneda que pasa de mano en mano pero nadie se la queda”, la historia fiscal del dirigente de Podemos se impone sobre cualquier otra consideración política. Amplios sectores de la opinión publicada, radiada y televisada por algunos y reconocibles medios de difusión, siempre al servicio de sus amos, reinciden a diario en sus descalificaciones. La delación de Montoro, en abuso de sus funciones, tiene un trasfondo de pura hipocresía. Pero el hecho de que las empresas unipersonales sean una mecánica habitual y muy extendida para desgravar impuestos descalifica a Montoro pero no exculpa a Monedero, que se apoyó en una ley injusta, legal pero no muy lícita. Lo más justo que cabe hacer contra una ley injusta es desobedecerla, no aprovecharse de ella. Lo peor es como el aludido ha gestionado tan vidrioso y espinoso asunto, entre otras cosas porque se ha comportado como un político al uso y ha reaccionado como un político de casta cuando le acusan de cualquier cosa. Si me atacas a mí nos estás atacando a todos. Discrepar y atacar no son la misma cosa y un debate sincero (si tal especie existe) podría aclarar algo que ni el victimismo ni “el tú más” conseguirían dilucidar.